Escribir bien
Hay un chiste que circulaba entre madrileños de medio pelo en los cafés baratos, hace bastante tiempo.
Entre copas, uno, delgado, le dice al otro, gordo: -¡Usted es un cochino!
Y el gordo, muy digno, le contesta: -Oiga, oiga ¡a ver si se cree usted que huelo siempre así!
Vaya malentendido. La respuesta nada tiene que ver con la intención de la pregunta. Tal como si hubiese creado una confusión.
De eso se trata, lector. Pues ya que tenemos una ley de educación que se precia, llena de aportes diversos, qué bueno sería aunque no tengo esperanza de que por ella circule algo que nos resuelva esto- un programa para enseñar a los legisladores a redactar mejor sus benditos proyectos.
En otras palabras, a escribirlos bien, para que se entiendan.
La legislatura que ha concluido fue una de las más provechosas precisamente en la aprobación de leyes, dirigidas, en su mayoría, a resolver cuestiones que mucho importan a la sociedad. Lo malo es que algunas, sobre todo aquellas que todavía carecen de su reglamentación, han sido tan mal escritas que suelen causar luego tropiezos muy poco elegantes.
Ha predominado una redacción afectada por desportilladuras, por el espolvoreo en su acepción de desvanecer o hacer desaparecer lo que se ha hecho o se tiene- y, también, por simple burrez. Y va dicho así sólo por adjetivarla de un modo bien castizo, alegórico casi, pintado de cierto espíritu de brillo que nos enciende el ánimo por estas fechas.
No sé si el problema nace en el trabajo de las comisiones, que conozco poco, o se crea en los zangoloteados plenarios en que particularmente se introduce la Cámara de Representantes. Tal vez, si la cosa anidara en esos plenarios, habría que sugerirles a todos, para la legislatura venidera, entrar en bureo con otro talante. Digo, más sereno, abundoso en meditación y cuidado por la forma.
En fin, de últimas bien podría echarse mano de alguna correctora de estilo. ¿Afectaría mucho el presupuesto?
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