Un pedido
Les he pedido a los Reyes Magos con anticipación necesaria para que no haya trabas burocráticas la desaparición inmediata de tantos sacerdotes y pitonisas que nos han invadido.
La muerte súbita de los multiplicados oráculos.
Pocas veces se ha visto tamaña pululación de adivinadores de la suerte política perorando, con la convicción de quien se cree portador de la verdad revelada, acerca de qué pasará.
Pero no es todo el drama.
Se han añadido adivinadores de la suerte económica, probablemente mejor preparados o con más información acumulada, con la pretensión de explicar qué efectos habrá aquí de la crisis de los países desarrollados y de los emergentes más poderosos.
¿Me he convertido en un intolerante?, se preguntará el lector.
Tal vez, pero es por las personas comunes.
Sobre todo en los recientes días festivos, obviamente despejado de la influencia a veces furtiva pero desequilibrante del alcohol, he tenido ocasión de charlar con unas cuantas: don Arturo, que se sigue levantando a las cinco de la mañana para oír a Gardel, del mismo modo que pellizca a las vecinas que se descuidan; Margarita, que nunca pudo usar zapatos de tacón, se mantiene soltera y virgen y enloquece por los teleteatros caribeños; María Cristina, que canta y baila flamenco, adora a Luis Miguel y no fue a la facultad porque había que aportar a la casa, a como diera lugar; Merceditas, mujer de mediana edad y poco agraciada, a la que, curiosamente, no le gusta Ramona Galarza ni el chamamé, pero no se pierde algún informativo matutino; Agustín, el Agu, muchacho robusto, astuto y militante del trabajo, que tanto arregla un lavarropas, hace el asado para los amigos, pone inyecciones o sale en murgas de segunda; y, en fin, varias otras de un ver semejante. Lo común no desprecia a la diversidad.
Todos ellos, pobrecitos, están al borde del colapso por culpa, precisamente, de tantas adivinaciones.
No hay derecho a confundir de este modo a la gente.
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