Otro whisky
El individuo dejó el vaso de whisky en una mesita, a su lado. Miró la botella, de la que ya había bebido la mitad. Echó un fugaz vistazo a las encuestas divulgadas esa semana, se quitó los lentes, suspiró y se sintió atado por un cansancio abrumador.
¿Cómo ha ocurrido esto?
Allá abajo, ya en el sótano de las probabilidades electorales, escasamente visible, había visto a su querido Partido Colorado, el partido de su padre y del padre de su padre, con la apariencia de un muñeco de aserrín aplastado por un contenedor.
Volvió a calzarse los lentes y releyó las había subrayado prolijamente, tras superar su perplejidad las declaraciones de un famoso deportista, colorado como él, decidido a encabezar una campaña «no política» de «regreso a la casa familiar», o algo así, como un aporte que, se le diera la vuelta que se le diera, no podía tener otro objetivo que recuperar votos. Le pareció tan ingenua que lo conmovió hasta las lágrimas. «¡A lo que hemos llegado!», se dijo.
¿Cómo ha ocurrido esto?
La pregunta le resonaba en la cabeza, despistada por la bebida, y a cada minuto se sentía más cansado porque no aparecía la respuesta.
Cerró los ojos, a ver si se producía el milagro del entendimiento. De a poco se fueron formando dos imágenes en su mente, al principio borrosas, luego espeluznantemente claras, definidas: Julio María Sanguinetti y Jorge Batlle.
Abrió los ojos de pronto, sacudido por semejante verdad revelada, y estuvo en un tris de lanzarse por la ventana del apartamento.
Se contuvo, trató de recordar hechos, actitudes, decisiones. Cada pequeño detalle, que significaba algo más de comprensión, le estrujaba con tosquedad las pocas neuronas que mantenía en funcionamiento, mientras crecía su desesperación.
Lloró como todo un hombre.
Al fin, se calmó. Miró la botella a su alcance y se sirvió otro whisky, abundante, y enseguida encendió la televisión.
Mejor no pensar exclamó en voz alta Total, ahora viene Tinelli…
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