Encuestitis
-¡Hola! Tiempo que no te veía. ¿Cómo estás?
-Bien, bien… Sigo en lo mismo… Como tú ¿no?
-¡Sí! A muerte con las encuestas.
-El problema es que cada día somos más…
-Lo tengo claro. Pero la experiencia cuenta, nosotros venimos trabajando el mercado desde hace años…
-Seguro, qué ventaja. Igual que echar datos a la calle con la mayor frecuencia…
-¡Precisamente! Me tengo que ir, hay que sacar otra muestra. ¡Felices fiestas!, te veo en cualquier momento.
-¡Casualidad! Yo estoy publicando la de esta semana… Espero que la zafra política nos siga dando platita fresca. ¡Felices fiestas para ti también!
Este diálogo me lo he imaginado yo, claro, pero, aun con los agujeros negros de mi mente, ¿estaré tan alejado de haber dibujado, al menos toscamente, una epidemia que afecta a los uruguayos?
Vamos, lector, confesémonos. Estamos todos un poco loquitos con esto de las encuestas y sus idas y venidas; o, mejor dicho, subidas y bajadas: un mecanismo absolutamente legítimo, en tanto se utilice con rigor científico y se acepte su relatividad, es hoy amo y señor de las emociones políticas de los uruguayos.
¿Cuál es el problema, si acaso lo hay?
Para quien tiene capacidad de pensamiento crítico, ninguno. Ese aluvión pegajoso de porcentajes será, apenas, un dato más entre tantos que analizará al momento de entender el escenario político y asumir, con la mayor responsabilidad, su deber cívico.
Pero para aquel que carece de esa capacidad, o de esa libertad y hay demasiados para la salud de una democracia seria-, el problema será grande: allá irá, al cuarto oscuro, verá multitud de boletas desparramadas y sentirá la terrible, incómoda compulsión de revisar las últimas encuestas que las normas vigentes hayan permitido publicar.
Sé que doy un grito en el desierto. Sé, además, que al darlo me ganaré algo más que una rabieta de los encuestadores.
Pero es de pura honestidad intelectual. Vecino, vecina, amigo, amiga, querido lector: no les dé pelota.
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