El espejo
Ya he usado esta alegoría. Disculpe, lector, mi redundancia. Es la del espejo y la imagen que nos devuelve. Una de las tristezas de la vida: mucha gente se mira y no ve cómo realmente es.
Viene al caso del Casmu.
No echaré culpas al menos no todas sobre las espaldas de los trabajadores, cuya lucha por un salario mejor y condiciones dignas de labor comparto, pese a que, con excesiva frecuencia, postergan al paciente.
Tampoco señalaré con el índice en ristre a los médicos como únicos responsables de lo que ocurre, aunque debo decir, por honestidad intelectual, que de la mayoría de ellos desconfío.
Y no diré que el castigo divino y reparador debe caer sobre el Ministerio de Salud Pública, lo que no me hace desconocer las demoras, imprevisiones y debilidades de las fórmulas que ha propuesto.
El problema sigue siendo el espejo.
Desde hace unos años la más grande mutualista del país, que ha engrosado su padrón de afiliados por la reforma de la salud, está dando una penosa imagen a la sociedad.
Funcionarios, médicos y autoridades ministeriales han pasado, y no me importa si lo niegan o no lo advirtieron, frente a ese espejo. Estoy persuadido de que no se han visto como son en realidad.
La conclusión es desalentadora, porque los perjudicados son quienes, quebrantada de un modo u otro su salud, deben recurrir a los servicios del Casmu, hoy transformados en un espasmódico caos.
El fideicomiso se aprobó en tiempo récord. Nada indica, por ahora, que vaya a facilitar la solución necesaria, definitiva.
¿La mutualista ya no es viable? ¿Sólo se accederá a una suerte de sucesión de pases hacia delante de las deudas y la desorganización, hasta que se estrelle contra el impenetrable muro de la realidad?
¿O acaso, en la mismidad de la crisis, late aún la equivocada actitud de quienes, más allá de sus razones y hasta de la legitimidad de sus reclamos, olvidan el carácter intrínseco de compromiso diario con los demás que tiene su trabajo?
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