¡Lula, amigo!
La sensación de los uruguayos frente a las incertidumbres del nuevo orden o desorden- mundial es muy parecida a la del individuo que mira un portafolios ajeno, grande y lleno, tratando de adivinar si hallará allí una herencia o una hipoteca a punto de ser ejecutada.
Ojalá Uruguay pudiera ser aquel gusano loco de Wimpi en este mundo aprisionado por la globalización, que es el nuevo nombre con que se describe «el edificio de prosperidad y expansión construido sobre la miseria y el hambre», en palabras de Kurosawa, a quien me ha dado por citar en reiteración real. El gusano loco fue uno que se sintió incómodo en el sitio que a otros satisfacía y se apartó de ellos; sin duda habría querido que lo siguieran, pero lo dejaron solo: «De él fundador de la libertad sobre la tierra- se valió la Naturaleza para culminar su obra en la gracia del sentimiento y en el milagro de la idea».
Pero Uruguay no tiene fuerza suficiente. Inserto en un bloque regional cada día ampliado y cada día más confuso, padece la necesidad de recostarse a alguien. Una elección harto compleja que es un imperativo de la hora.
Bueno, Tabaré Vázquez ha dado el paso. Al menos, el que yo esperaba. Su actitud durante las recientes cumbres no deja lugar a dudas: ya nos estamos recostando a Brasil, dejando a un lado, sin despreciar, el delirio autonomista y autocrático argentino y las excentricidades del hombre que ríe en las fotos, allá en el Caribe.
¡Por fin! ¡Lula, amigo!
Intuyo que ésta es también la línea de Astori. ¿De Mujica? No estoy convencido de que lo sea. Ya veremos.
Algo es claro: nadie, en toda América Latina, puede ofrecernos, en una unión estratégica comercial, aunque con matices políticos, tantas garantías ni posibilidades reales como Brasil.
¿Habrá que tolerarle alguna impertinencia, alguna zancadillita, alguna contorsión? Es posible. Pero hay que buscar refugio cuanto antes. Y, al fin, es una cuestión de simples ventajas comparativas.
Compartí tu opinión con toda la comunidad