SANDALIA Y MOCASIN

Hace muchos años, también en verano, estábamos enterrados vivos en ciertas catacumbas que además de hondas y estrechas tenían un bajísimo techo de chapa quemante. A fin de soportar derramábamos el agua disponible (una taza) en el piso sucio y, desnudos, susurrando canciones de Charles Aznavour como si estuviéramos en Portezuelo, nos adheríamos a él como ventosas.

Paradojalmente, y vaya uno a saber por qué capricho burocrático momentáneo y pasajero, estábamos autorizados a dibujar (para lo que permitieron lápiz y papel).

Pensamos mucho. Al fin decidimos que para poder lograr enviar un mensaje de esperanza hacia «afuera» (esa «cosa» de la que luego de tantos años sospechábamos inexistencia) debíamos sortear feroces «aduanas» inquisitivas de algún sargento y varios oficiales. Nada más… Como es sabido, en verano y en Uruguay, hasta las peores tiranías aflojan.

A nuestro favor militaba eso y, además, la segurísima y previsible falta de imaginación (y demás luces por el estilo) de la citada «aduana».

Por lo tanto dibujamos con destino a nuestra pequeña hija una «tira cómica» de doble propósito respetando el más trillado estilo del género para tratar de pasar desapercibidos en el «peaje» pero muy apercibidos si llegábamos a ojos inteligentes.

En ella relatamos que cierta noche (no se supo jamás por qué), los zapatos del país cobraron vida y salieron a caminar por la ciudad dejando a la humanidad descalza. Proponíamos otra Revolución del único modo que para proponerla era posible en tales circunstancias. Si pasaba: bien. Si no pasaba: íbamos a recibir tanta madera que iríamos adquiriendo el olor del cajón. No se perdía nada.

Había en el argumento (y aún hay) un romance entre Sandalia y Mocasín. Omitimos detalles de tan apasionante historia cuyos dibujos fueran usados por algunas organizaciones de las que lucharon por la Amnistía General e Irrestricta.

Porque tal como fue previsto, la «tira» logró salir de las catacumbas y gritar al aire libre, jodiéndolos en todo cuanto desde ahí se pudo.

Hace poco, entregamos a cierta murga una «letra» para el próximo Carnaval, que también incluye a Sandalia y Mocasín.

Y hace unos años en las afueras de Porto Alegre (San Leopoldo), durante un Congreso del Movimiento de los Sin Tierra, pudimos ver que en sus larguísimas caminatas usaban como bandera y a guisa de crucifijo, duras cruces en las que en lugar del Cristo venía clavada una de sus tantas zapatillas rotas.

Pero lo del periodista iraquí Muntazer Al-Zaidi arrojando sus dos zapatos como proyectiles justicieros contra la inhumanidad de Goliat Bush ha colocado definitivamente a toda la zapatería imaginable del mundo, incluyendo chancletas y alpargatas bigotudas, como símbolo de los pisados de la Tierra pero también de la lucha y el camino.

Hace dos años se moría Hugo Cores y en esta misma página comenzábamos nuestro homenaje diciendo «Recuerdo sus zapatos rotos». Y más adelante: «Todo a lo largo de esa época intensa y trágica, hasta hoy, hubo entre nosotros muchas más coincidencias que discrepancias.

Pero nunca, jamás, las discrepancias afectaron el compañerismo.

Y ese éxito, que lo deben haber gozado todos en el Frente Amplio, se debe fundamentalmente a una bandera del corazón y del cerebro que ahora, sin él, debemos seguir enarbolando y defendiendo. A pesar de nuestros vicios; el compañerismo y la solidaridad se ponen a prueba cuando se discrepa. La discrepancia leal, la discusión de frente en busca del mejor camino, son imprescindibles para el avance del conjunto mancomunado.

La descalificación del otro compañero, con generosos y apurados, cuanto agresivos adjetivos, no pertenece a la izquierda. Es del fascismo. O del stalinismo; valga la redundancia.

Marcan el paso en las columnas reaccionarias aunque vengan bajo la piel de un cordero.

Forman la Quinta Columna.»

Luego de un año de negociación y porque no pudo llegarse a un acuerdo en otros ámbitos, el martes pasado por la mañana votamos en el Senado la Ley de Ocho Horas para el Trabajador Rural. Una enorme injusticia (que para los peones rurales uruguayos duró siglo y medio) fue aniquilada por fin hace cuarenta y ocho horas.

Pocas veces levantamos nuestra mano con tanta unción y sentido de la Historia, dedicando expresamente nuestro voto «a todos los muertos, presos, torturados y desaparecidos que en este país lucharon por la aprobación de una norma de este tipo.»

También señalamos, para dejar constancia en actas, que las barras estaban casi totalmente vacías (apenas tres dirigentes obreros). Deshabitadas. Quietas. En silencio.

No estaban tan siquiera, en tamaña hora, en condiciones de ser desalojadas.

Algo, o «alguien», decidió desertarlas. Tal vez la simple indiferencia. O la confusión que nos invade y coloniza entre lo banal y lo importante. Esa plaga.

No le podemos tampoco esta vez (y otra vez) echar la culpa a «la derecha» o, menos, «al imperialismo».

Debemos reconocer que anegaba los ojos cierta llovizna y que la voz temblaba porque sin embargo del silencio matinal en el Senado, resonaban por el barrio de la nuca, detrás de los ojos y entre las orejas, allí donde realmente vivimos, los pasos interminables de zapatillas y hasta incluso los de las suelas agujereadas de Cores jovencito…

Eran familias enteras (hasta alpargatitas niñas) que otrora bajaron y subieron cuatro veces desde Bella Unión reclamando en pleno siglo XX y en plena «democracia», que se les pagara con moneda nacional (y no con «cartones» para «la Cantina del patrón») y, ya en un alarde de radicalismo audaz, la Ley de Ocho Horas que hasta el mismísimo Capitalismo, no sin cobrar sangre, había capitulado en este y otros confines.

Fueron meticulosamente apaleados y baleados (incluso las niñas) por las fuerzas del orden vigente entonces.

Hasta le decretaron con nombre y apellido, en uno de esos cuatro viajes, a ese puñado de gente, Medidas Prontas de Seguridad que la Asamblea General no levantó porque también le resultaban incómodas (las Marchas Cañeras).

No cabe duda: todo fue hecho en hora oficial uruguaya, con los timbres y el papel sellado correspondientes y, en un todo de acuerdo con hartos dictámenes de hordas implacables de abogados también debidamente pagos (los «otros» apenas contaban con un Procurador gratuito). Asunto que la Gran Prensa, y en especial El País, demostraron palmariamente al pueblo.

Y es probable que tuvieran razón: porque hoy mismo un niño que se muera de hambre en la calle tampoco viola la Constitución.

El «hecho», si viene certificado por el Forense de Turno, en papel sellado y con los timbres para la Caja Profesional (la del Forense) pagos, es absolutamente legal pero si no, no. Y en ese caso la ilegalidad flagrante estará dada por la falta de los timbres….

|*| Escritor, senador de la República.

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