EL AUTOBUS QUE SE COMIO AL HOMBRE
Nos permitirá el lector que, visto que ya hay un clima navideño, enfoquemos temas de modo menos trascendente de lo que intentamos hacer cada semana.
Tal vez el tema de hoy venga a raíz de un cuento que escuché hace unas semanas, en Lima, en un cumpleaños algo académico. De labios de la señora de un destacadísimo y veterano intelectual peruano, oí el relato de como su marido entrado en años y presente con pícara sonrisa se había enamorado de una joven en el ómnibus que se tomaba todos los días. Día a día le comentaba a su esposa las cualidades de la joven del ómnibus con la que nunca jamás habló. No es que fuera linda pero su rostro y mirada espiritual le inspiraban sentimientos que no dudó en definir como de enamoramiento. La platónica imaginación, sin embargo, sufrió un golpe abrupto cuando simplemente ocurrió la señora lo contaba entre risotadas que la joven dejó de subir a ese ómnibus vaya a saber uno por qué cambio de trabajo, fin del período de estudio y nuestro prócer del pensamiento peruano quedó sólo en el resto de los ómnibus de su vida.
Me vino allí a la memoria la historia de un amigo muy apreciado que, cuando éramos jóvenes, se subió a un ómnibus y se sentó al lado de una joven de su edad, muy hermosa. Ella leía. Miró y el libro era de Sartre, tema en el que mi amigo estaba involucrado con exagerada pasión esas semanas. Miró el resto de los libros y había allí algunos de poesía, Vallejo (creo recordar), y una novela la «Educación sentimental» de Flaubert que eran exacta y justamente admiradas por mi amigo. Al cabo de algunas paradas se animó a hablarle sobre el libro que leía y los otros. Ella sonrió de un modo que mi amigo consideró perfecto. La conversación, al principio amena, se fue internando en sobrentendidos intelectuales primero, luego respecto a la sensibilidad común, luego sobre el semejante abordaje moral de la vida. Las mutuas y virtuales antenitas comunicaban espléndida y febrilmente. El viaje era de 45 minutos y mi amigo sintió que el mar se abría y la providencia había colocado, en aquel asiento, a la mujer perfecta.
Se bajaron en la misma parada. Y allí nomás, mi amigo le propuso matrimonio. Ella lo consideró algo apresurado y… fin de la historia.
El tema del transporte, claro, ha sido siempre una coartada para la vida y para la literatura. Y para describir no sólo las almas sino también cómo funciona una sociedad. Cortázar, en «Autopista del Sur», relata toda la peripecia que se genera en el espontáneo colectivo que se forma a causa de un embotellamiento de tránsito de larga duración. Entre nosotros, el muy talentoso Alfredo Mario Ferreiro, con sus poemas futuristas y ultraístas, escribió «El hombre que se comió un autobús. Poemas con olor a nafta», en que el ómnibus es vida misma.
«El autobús desea con todo su árbol y todo su diferencial, a la linda voiturette de armoniosas líneas./Poco a poco logra acercarse a su lado para arrullarla con la moderación del motor poderoso./ La voiturette, espantada por aquel estruendo, pega un legítimo salto de hembra elástica y huye./» (leer el final en www.archivodeprensa.edu.uy/alfredo_mario_ferreiro/textos).
Transporte y sociedad.
Bajando un poco a tierra voy a recordar algunas experiencias propias sobre el transporte. Hace más de un par de décadas estaba en Bogotá, entonces brutalmente insegura (tráfico de esmeraldas, drogas y guerrilla), y fui a salir del hotel. El portero me lo impidió y me dijo que era muy arriesgado salir, que no se salía de a una sola persona. Pedí un taxi y me dijo que tampoco se viajaba en un taxi de a una sola persona pues podía ser asaltado por el taxista. Entonces me conseguí a alguien que fuera en mi misma dirección y pedimos el taxi. Ocurre que en el mismo venían dos personas. Porque los taxistas no se animaban a viajar solos si había dos pasajeros. De modo que los dos de atrás y los dos de adelante, adentro del taxi, se iban mutuamente vigilando. Allí nacieron mis primeras y pobres reflexiones sobre sociedad y transporte.
En Santiago de Chile, hará 10 años, aprendí otra cosa. Los ómnibus de la misma línea tienen diferentes precios. Pongamos viene un 105 de diez pesos el boleto y viene repleto. Viene un 105 de veinte pesos el boleto y viene con lugares libres. Uno elige, si puede, cómo viajar. Lo mismo con los taxis. Un cartel en el parabrisas indica cuánto vale cada ficha. Los caros son mejores automóviles y los baratos son peores, obviamente. Teóricamente se trata de una mayor libertad de opción para los que no tienen automóvil. La libertad en la esquina, me dijo alguien. El mercado chileno en dinamismo.
El transporte en Argentina, por su parte, es como los argentinos quieren. La idea de cortar las calles es un arma legítima y usual de movilización política. Sus promotores organizados juegan un papel central en la vida política argentina: los piqueteros. Y en la vida regional, pues hace dos años que tienen puentes internacionales bloqueados. El jefe de los piqueteros oficialistas el caballero D’Elía fue subsecretario de Estado del presidente Kirchner. El jefe de los piqueteros opositores puso a su mujer a bailar en el programa de Tinelli y le fue bien con el caño para seducir, pero no tan bien como cuando lo usa para intimidar. La Argentina bloqueada de siempre.
La modernidad, por su parte, ha barrido con algunas ideas preexistentes. En el Uruguay donde hace medio siglo que se ama la pavada se criticó siempre que los ferrocarriles fueran a los mismos lugares que las rutas, como si tuviese sentido que los ferrocarriles llevaran sus cargas y su gente a otro lado. Las dejaran en el medio del campo, por ejemplo. Por esas ideas fue que un día se desarmó el ferrocarril al mismo tiempo que se lanzaba la ley forestal, la que determinaría la mayor necesidad de ferrocarril en la historia del país. Las élites, por veces, gotean bobera.
Ahora el mundo desarrollado no sólo tiene los ferrocarriles en recorrido similar a las rutas, sino que las rutas son dobles. Uno puede ir por la autopista pública gratis o puede ir por la autopista privada, pagando, que tiene más vías, puede ir a mayor velocidad y matarse, incluso, más fulminantemente. La modernización liquida, pues, a los monopolios.
Si uno se toma un taxi en Bolivia o Perú, por ejemplo, tiene que discutir el precio antes. No tienen aparato marcador como tampoco en otros muchos países del continente. Latinoamérica informal. En Bolivia (o en Nicaragua), el taxi recoge a otra gente por el camino salvo que uno al subirse haya negociado un precio individual, llamado «expreso». En Bolivia aymara todo es comunitario salvo que se aclare lo contrario.
En esos dos países y en Venezuela, los pobres bien pobres andan en autobús. Pero quien tiene un pesito más anda en «Kombis» (así le dicen en Perú), que son camionetas de una decena de asientos con recorrido fijo. Un adjunto al conductor, igual que en los ómnibus, va voceando el recorrido que hará el vehículo, pues mucha gente no puede leer el mismo ya que no sabe leer. La ciudad se puebla así de gritos con nombres de barrios y parajes que la autorrefieren.
Incluso, las Kombis ha dado nacimiento a un nuevo oficio: los apuntadores de Kombis. Hay unos peatones instalados todo el día en el mismo lugar, que le van diciendo a las Kombis a cuantos minutos y segundos pasó la Kombi anterior que va al mismo destino. Para que pueda apurarse y pasarla para ganarle clientes o para retrasarse un poco y dar tiempo a que se junte más público: reguladoras de mercado, pero privadas e informales.
El Uruguay de la rosca
Como se sabe, el presidente de Cutcsa como otros (presidente de los taxis, el Paco, etc.) pertenecen a uno de los círculos cercanos al poder de turno. Con el actual, particularmente, relaciones muy estrechas. Salen en la foto, literalmente, si no se mueven.
Entonces los autobuses de Montevideo están favorecidos por dos subsidios: uno, fideicomiso nacional (el impues
to al gasoil) y otro municipal. ¡Mi Dios, quién controla un fideicomiso! Le reportan 4.000 o 5.000 dólares por mes a cada ómnibus antes de ponerse a funcionar. El boleto más caro de todas las épocas, si se toma en cuenta que el fideicomiso nacional lo paga la gente que consume mercadería transportada en gasoil y el subsidio municipal lo pagan los montevideanos con sus impuestos.
Pero, además, se arregló que los dueños de ómnibus son los únicos que no pagan IRPF ya que aportan por un ficto mínimo (si lo pagan los guardas, paradójicamente). Además, el BPS tiene poca noticia de las horas extras que sólo pueden hacer los patrones, y no los obreros, que no se pagan de acuerdo a la ley ni se computan para otros derechos. El problema de transporte y sociedad en Uruguay pasa, en suma, por ser amigo del presidente de Cutcsa. Parece haberse acabado el tiempo de los amores platónicos dentro de los ómnibus. Los amores omnibuseros de ahora son más metálicos y están afuera.
|*| Ex senador, director de Jaque y de Posdata.
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