Campo solo
El otro día iba campo afuera. Por cuestiones particulares hice un viaje a Sarandí del Yi, apenas doscientos kilómetros de Montevideo.
A partir de cierto punto de la ruta, a un lado y otro, sólo tierra, algunos cultivos, vacas; pensé entonces en sensaciones incorporadas de viajes anteriores a otros sitios: Treinta y Tres, Paysandú, Tacuarembó. Fue el mismo desánimo.
Enormes extensiones de campo sin casas, sin gente. El despoblamiento de la campaña no sólo es una realidad irrefutable, sino que sigue creciendo a igual ritmo que los amontonamientos de miseria en los cinturones urbanos.
Sé con certeza que este problema preocupa a quienes hoy tienen la responsabilidad de administrar el país. También sé que hay más de un proyecto en el Parlamento a la búsqueda de resolver, o al menos disminuir, semejante situación. Pero debo decirlo otra vez: si en unos pocos años no regresa al campo al menos dos terceras partes de la población nacional, no habrá futuro digno posible.
Por supuesto, no existen soluciones sencillas; esto forma parte de un proceso que comenzó hace décadas y se fue acentuando en los últimos tiempos. La gente emigra de su tierra porque cada día entre las grandes concentraciones, la producción extensiva, la tecnología y la falta de servicios esenciales para que la familia se mantenga donde está se le hace más difícil quedarse. Algunos ven la permanencia como una condena y sueñan que esa huida a las ciudades, o a sus barrosas, miserables cercanías, les arrimará a la salvación.
Craso error, aunque ellos no son culpables.
Debe hallarse con urgencia modos productivos, y la instalación de la tecnología y los servicios necesarios, para que las familias rurales lo sigan siendo: tambos, granjas y criaderos en pequeña escala pero unidos para los negocios.
Uruguay no tiene un objetivo de mayor urgencia, si dejamos de pensar sólo en mañana o en pasado mañana.
¿Imperativo político? No sólo político, también moral.
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