HOMENAJE
A Mauro Costa-Mattioli, el joven investigador uruguayo de 33 años oriundo de Tala (y amigo del «Cala»), recién galardonado por la revista «Science», con el Premio de Ciencias «Eppendorf» en Neurobiología, por haber descubierto una proteína llamada «elF2″ que funciona, según dice la prensa especializada, como un «interruptor» que bloquea los olvidos (¡!).
Este pibe nos ha hecho a todos un gran regalo de Navidad.
Porque tan grande hazaña no ha merecido la atención nacional que a nuestro juicio merece (proverbialmente no la merecen en Uruguay las ciencias «duras») y también a modo de festejo por sus logros, transcribimos lo dicho en el Senado el 8 de agosto de 2000 con motivo de una Ley que ahora no viene al caso.
Va dedicado también al inmortal Don Irineo Funes (alias «El Memorioso») quien, según nos informara Borges (en «Ficciones», 1944) fue ilustre vecino de Fray Bentos.
Y a la inmensa minoría que lucha para que en nuestro país se atienda lo importante.
«Dicen que la ciencia, toda la ciencia, se basa en un postulado: postula la inteligibilidad de lo real.
Con tan sólo esa arriesgada apuesta como arma, y como armadura, gran parte de la humanidad se lanzó un día a la temeraria aventura de la ciencia que quién sabe a dónde va a ir a parar. Porque un postulado es apenas eso: algo que se pide aceptemos generosamente y sin compromiso alguno, por las consecuencias que de esa aceptación se van a desprender. Es de la especie del cheque diferido. Aceptarlo por la demostración que vendrá a partir de la aceptación. Algo así como aceptar las caprichosas costumbres del alfil para lograr las maravillas del ajedrez. O como aceptar la caprichosa y anglosajona ley del «orsai» que, dicho sea de paso, algún día este Senado debería derogar para alcanzar la maravilla del fútbol.
Pienso, señor Presidente, que la vida se basa en un postulado mucho más aventurero y arriesgado. Se sostiene día tras día, prácticamente en nada. O peor aún: en una apuesta suicida a priori. Por lo menos hasta hoy, y que sepamos, esa apuesta viene siempre acompañada por la muerte. Timbeamos para perder. Con la única absoluta certeza disponible de que al fin de esa timba vamos a echar barraca, por usar términos del «seveleven» que, como es sabido, son mucho más senaturiales que los de la taba.
Para el tratamiento del tema que nos ocupa no tengo más remedio entonces que pedirle al cuerpo que, por lo menos por un momento, acepte un loco postulado. Vaya la redundancia, porque sostener a pie firme que lo real es inteligible fue locura insuperable.
Postulo, por lo tanto, que aprender es refrescar la memoria. Pero que siempre es una conquista… Da trabajo. Cuesta. Postulo que sólo el olvido es un hecho positivo. Lo que se agrega es olvido. Segregamos olvido.
La memoria es el fondo permanente de las cosas. Y se olvida mucho más el pasado que el futuro. Del futuro todos tenemos los ideales en una cierta forma de la memoria. Del presente ni qué hablar porque es lo más olvidado de todo y, al decir de Lennon, «la vida es eso que transcurre mientras estamos ocupados en otras cosas».
Tenemos un raro aparato de olvidar, así como tenemos uno, o varios, de recordar.
Cuando evocamos, sacamos el olvido que pusimos y cuando no logramos evocar es porque pusimos demasiado. O poco, pero muy bien puesto, como lápida, sobre la memoria. Tal vez, sin darnos cuenta… Por descuido, se nos vuelcan a veces tazas de olvido sobre el mantel de la memoria. Hay montañas de olvido.
Y si quien olvida no fuera yo, no diría: «me olvidé de tal cosa»; diría: «me olvidó tal cosa». Me mojó una garúa de olvido. Se me llenó de arena el recuerdo. Algo ajeno como el mal tiempo. Sólo puedo olvidar lo que es mío. ¡No hay olvido que no tenga dueño!, señor Presidente. Los únicos que podemos olvidar un recuerdo nuestro somos nosotros. El olvido lo ponemos. El olvido no está ahí, como un océano indiferente y colectivo adonde se van a suicidar los recuerdos de todos…
El frío, eso dicen señor Presidente, es ausencia de calor. Lo positivo es el calor.
La memoria es ausencia de olvido. Los hechos existieron aunque no los recordemos y ellos, como hechos pasados, tozudos, son manantiales de la memoria están allí y, por lo tanto allí, con ellos, está el recuerdo.
En la memoria tenemos lo que evocamos, lo que se nos viene por su cuenta sin llamarlo, incluso a perseguirnos cuando pretendemos huir de su presencia, a resucitar cuando pretendemos mil veces matarlo, a secarse cuando pretendemos ahogarlo, a levantarse cuando lo derribamos…
En la memoria tenemos también lo que evocamos con esfuerzo; lo que reconocemos cuando lo vemos, o cuando una melodía o un perfume nos lo trae y tenemos también lo que «no es».
¿Cómo se llama el canto de las palomas? Sé que en el idioma castellano hay una palabra para él. La usé mucho en mi juventud, cuando viví en un mundo lleno de palomas. Pero, no sé por qué, le puse mucho olvido encima. La olvidé. La tengo en la punta de la lengua, pero no me sale. Tengo que pensar en el canto de las palomas usando palabras de repuesto: arrullo, gemido, murmullo, susurro… Me propongo varias. Me las tengo que arreglar sacando olvido.
Pero hay una cosa que recuerdo sin dudas: las palabras que «no son» las que busco; que no son el canto de las palomas.
El lugar de ese canto está guardado en un recuerdo reservado sólo para ella y yo sé, tranquilamente sé, que ella, la palabra, está allí, dormida, tapadita con un tenue cendal de olvido. Ya vendrá.
Puede no haber, señor Presidente, memoria para un «sí», pero haberla para un «no» rotundo.
(…) Antes de terminar, debo informarle, señor Presidente, que por fin me salió de la punta de la lengua la rara palabra castellana que describe el zureo. El canto de las palomas viene con zeta. Espero que me comprendan y gracias.»
|*| Escritor, senador de la República.
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