Libertad
La libertad individual basada en la capacidad de pensamiento crítico es uno de los derechos esenciales en una democracia real, no impostada ni hipócrita.
Desde ese punto de vista, la decisión del presidente Vázquez de renunciar al Partido Socialista es respetable.
Claro, nada es completamente blanco o negro. La vida del hombre, igual que la de las sociedades, está matizada por una gama variada de grises.
Es posible que Vázquez pase a la historia como un mandatario cuya gestión apruebe la mayoría de los ciudadanos. Eso, al menos hasta ahora, está fuera de cualquier discusión razonable.
Pero su renuncia, a mi entender y una vez más preferiría estar equivocado-, va, por decirlo metafóricamente, en otro circuito. Da la impresión de que a Vázquez le cuesta aceptar que se le discuta y, apenas esbozada una contradicción, tiende a una actitud radical.
La decisión de los socialistas de insistir con el proyecto de ley de salud reproductiva, que incluye la despenalización del aborto, no es una cuestión política. No se puede comparar la renuncia de Vázquez con la de Frugoni en su época, entonces por discrepar con la unión electoral de su partido con el grupo de Enrique Erro. Ese sí fue un asunto estrictamente político; el aborto, el veto presidencial y los entredichos en la izquierda por esto no lo son: ahí se ingresa al campo de la filosofía, de la ética profesional, de la moral y hasta de las convicciones religiosas.
Repito: puedo estar equivocado. Pero resulta extraño que el presidente de todos los uruguayos renuncie a su partido, diciendo que se sigue sintiendo socialista, porque hay gente muy cercana que no coincide con los fundamentos del veto que interpuso. La discrepancia tampoco es política: va en igual dirección que tales fundamentos. Esa gente está en desacuerdo filosófica, ética y moralmente, y por supuesto no está presa de los mismos dogmatismos confesionales.
Vázquez, un hombre inteligente, debería comprenderlo.
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