Gobernar
No entiendo qué sucedió con el proyecto de ley de educación, hoy, afortunadamente, en trámite parlamentario. Me anticipo a admitir que mi incomprensión tal vez se deba a limitaciones intelectuales.
Mientras esa patología se comprueba habrá quienes se entusiasmen con la idea haré una recopilación, breve, tal vez simplificada, de hechos y dichos que han caracterizado el azaroso camino del proyecto.
No recuerdo otra iniciativa de gobierno que haya sido sometida a un debate inclusivo tan amplio y enriquecedor. Tampoco viene a mi memoria una cuestión tan relevante que, luego de ser así debatida, haya concentrado, en las conclusiones de un congreso nacional, tamaño consenso. Jamás esperé que, tras ese proceso, el proyecto de marras provocase unas protestas tan enérgicas, radicales, casi histéricas, de gremios de la enseñanza.
Quizás haya que preguntarse qué falló. ¿En la redacción final se incumplió con las conclusiones del congreso? ¿El problema está en la síntesis composición de un todo por la reunión, abreviada, de sus partes del oceánico informe redactado al fin del debate?
Tengo un profundo respeto por los docentes y sus intenciones. Sin embargo, está claro que la oposición sistemática y la tensión permanente como estrategia no logran otra cosa que las familias y sus hijos queden como rehenes de una disputa, y esto es lo peor, que entienden poco y nada.
Pero hay otra cosa: un gobierno debe gobernar; para eso se lo elige. Si de algo está libre este gobierno es de toda sospecha de no haber consultado acerca del proyecto de ley de educación; concluidas esas consultas, que bastante tiempo insumieron, está obligado a presentarlo y, al disponer de mayorías parlamentarias, aprobarlo. ¿Cuál sería la opción? ¿Seguir debatiendo? ¿Hacer concesiones, con las cuales no se está de acuerdo, por la presión sindical o ciertos corcoveos políticos?
Para gobernar, dadas todas las garantías, hay que ejercer la autoridad.
Aunque cueste.
Compartí tu opinión con toda la comunidad