El grito
Sospecho que usted, lector, como yo, alguna vez grita. En realidad, es un hábito usual en determinadas circunstancias: un partido de fútbol, una asamblea sindical donde cualquier grito siempre arrastra consigo el sustantivo «compañero»-, una manifestación de protesta, una jornada en la Bolsa de Valores, una despedida de soltera en un club de desnudistas, una comida bien regada de un club de Toby o cuando nos pisan un callo en un ómnibus.
Nadie se sorprende. Nadie se plantea si está bien o mal, si se está infringiendo alguna norma pagana o sagrada.
Pero cuando se grita en el Parlamento a uno le vienen unas ganas locas de atarse los genitales y, por ahorcamiento y paro cardiorrespiratorio consiguiente, intentar el suicidio.
Entre los legisladores, la costumbre de gritar sus exposiciones tiene hoy el rango de cultura. Ha sitiado al argumento y a varios recursos retóricos que otrora hicieron las delicias de los demás: el humor, la ironía, la sátira, la metáfora, la alegoría. También ha dejado atrás a una actitud y un gesto que ayudaban a dar la imagen de que se estaba construyendo algo: la serenidad de ánimo y la contención gestual.
Ahora es posible ver a unos flacuchos micrófonos doblados por el vozarrón intimidante de ciertos parlamentarios, temblar los vitrales de la augusta bóveda de la sala y hasta disolverse el sistema auditivo de los pocos periodistas que, estoicos, aguantan toda la sesión.
Lo curioso es que esos gritos nunca son el último, el que estaría propalando una novedad sorprendente, ni son elevados al cielo para clamar a quién sabe qué divinidad, ni adquieren el carácter de queja por causa de un dolor agudo e incesante.
Son gritos alzados, erectos, exasperantes e inútiles, que enmalezan la comprensión de cualquier ser humano normal, sea de lo que fuere que se esté hablando. Es decir, en mi modesta opinión no convencen sino confunden.
Muchachos, está brava la cosa.
¿Y si echan mano de un buen ansiolítico?
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