Rentas
Los empresarios están siendo vistos por muchos ciudadanos, y por dirigentes políticos de la izquierda, como unos soberanos egoístas.
Se dice que no dejan de quejarse por la presión sindical a la búsqueda de aumento de salarios, ni por la «excesiva regulación del Estado» ni, sobre todo ahora, por los cambios que les impondría a su futuro la crisis financiera global.
Es verdad.
Se dice que durante años, aquellos de la bonanza creada por un escenario internacional diferente y medidas apropiadas del gobierno, enriquecieron de modo exuberante sus arcas y acumularon riqueza en proporciones inusuales.
Es verdad.
Y se dice, además, que con su actitud de hoy no hacen sino negarse a compartir esa torta que tienen en la mesa, y que fue creada junto al aporte de sus trabajadores, pese a que bien podrían hacerlo sin perjudicar sus arcas y aunque se les admita la estrategia de la cautela que las circunstancias imponen.
También es verdad.
Si uno buscase un parecido un tanto caricaturesco quizás lo hallara en el personaje de «La colmena» al que toca «un premio de la pedrea» en el último sorteo. Cada uno que se le acerca le hace un guiño:
-Ha habido suertecilla, ¿eh?
Y él responde siempre lo mismo, porque parece que lo tiene aprendido:
-¡Bah! Ocho cochinos durejos.
Y al otro le queda la ironía: -No, hombre, no explique, que no le voy a pedir a usted nada.
Pues pedir, no; hay que exigir, si se quiere equidad.
Los dineros absorbidos por los empresarios son renta. Esta administración hizo una de las reformas más abarcadoras y profundas sobre la renta, precisamente para que la distribución de la riqueza fuese más justa.
Entonces, ¿por qué no nos ha dado la solución?
Es que todavía el ochenta por ciento de la recaudación sale de las rentas del trabajo y de las pasividades y sólo el veinte por ciento de las rentas del capital.
En fin. Se ha dicho que la reforma es flexible, que irá por etapas.
Veremos.
Mientras tanto el capital sigue muy protegido.
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