Filosofía
Está la filosofía a secas, que trata de la esencia, propiedades, causas y efectos de las cosas naturales. Luego hay un conjunto de doctrinas que, con ese nombre, ayudan a construir la actitud frente a la vida.
Esta es la filosofía que nació en los mercados de las ciudades griegas. Y es la que nace también, según Jostein Gaarder, filósofo noruego, en los jardines de la infancia.
En ambos casos es posible que nos invada la imagen de Sócrates, «el partero», cuya tarea era ayudar a la gente a dar a luz el pensamiento correcto.
Pues bien, lamento decirlo y preferiría estar equivocado, pero se ven entre nosotros pocos maestros con esa concepción filosófica de su tarea: quizá deberíamos ayudarlos a que el niño que llevan dentro nazca de nuevo para beneficio de los demás. Está claro que en ese intento suponiendo que se haga con convicción hallaremos la interferencia grande, deformadora, de los envejecidos programas ejecutados a rajatabla por más que carezcan de lo esencial: interesar al alumno, dejarle participar de la invención y el descubrimiento y estimularle la imaginación.
Gaarder suele repetir una bella frase: «Asombrarse ante la existencia no es algo que se aprende, es algo que se olvida». Si sabemos leer la esencia de esta afirmación, todo lo dicho antes, tal vez confuso, se aclara bastante.
Los maestros que al menos yo quiero para el Uruguay que viene obviamente bien pagados y trabajando en condiciones dignas son quienes encaran su responsabilidad con espíritu filosófico, «que no se entregan, que buscan incansables la idea, que no cesan de hacer nuevas preguntas».
He sentido la compulsión de hacer estas reflexiones porque el proyecto de ley de educación sigue ahí, a punto de cerrarse y ser aprobado, y deja la idea de que no ha incursionado lo suficiente en estos ámbitos.
Los niños, hoy, se aburren con facilidad pero son frescos, desinhibidos: Che, maestra, ¿por qué no te dejás de joder y te ponés las pilas?
Compartí tu opinión con toda la comunidad