EL CAMINO DE LAS FORTALEZAS Y DE LAS DEBILIDADES DE LA CBI

El pasado jueves 13 se cumplió el 28 aniversario de la fundación de la Corriente Batllista Independiente (CBI), semanas antes del referéndum de 1980 que le dijera NO a dictadura militar. Hoy casi finalizamos una síntesis de la trayectoria socialrepublicana de la CBI, que comenzáramos a tratar en artículos anteriores.

 

La experiencia de gobierno

Llegada la democracia, en 1985, la experiencia de gobierno nos enseñó varias cosas.

La primera es que nuestra generación accedió a las responsabilidades de gobierno siendo muy crítica de los errores de los años 60 ­el desprecio por las libertades formales que en esa década se practicó y cuya falta habíamos tanto valorado en los años oscuros­ pero en el gobierno comprendimos mejor los errores de la década del 50. La idea cepalina a ultranza de desarrollar el país en base al pequeño mercado interno ­aplicando el modelo de sustitución de exportaciones sin reflexión de escala como si el esquema propuesto sirviera tanto a Uruguay como a Brasil o México­ había generado ineficiencia, inflación, grandes bolsones de utilidades para pocos grupos, todo en base a altísimos aranceles de protección no selectiva. A partir de 1955 las carencias del modelo fueron claras.

Tuvimos pues, en la segunda mitad de los años 80, la necesidad de distinguir al Batllismo originario del Batllismo de los años 50 y creamos como categoría de análisis la división entre «primer Batllismo» y «segundo Batllismo» (influyó en nuestra terminología, la lógica entonces lanzada por Alfonsín de lo que denominó en su país «tercer movimiento histórico», para integrar a su favor al radicalismo de Hipólito Irigoyen y al peronismo). Mientras el primer Batllismo creó las empresas estatales (energía, ferrocarriles, seguros, etc.) pero no les dio el monopolio, el segundo Batllismo tuvo una concepción de estatismo monopólico. Mientras el primer Batllismo cuidó su política de cuadros, el segundo Batllismo empezó a colocar en cargos de relevancia a gente no preparada para tal función aunque con buenos antecedentes de actividad partidaria. Las dos ineficiencias acumuladas eran una rémora muy ostensible y urticante cuando se llegó en 1985 a la responsabilidad en la administración del país.

Lo segundo que tuvimos claro, a partir de la experiencia de gobierno, fue que un ortodoxo económico que no elige un campo en el que ser heterodoxo es alguien que no entiende nada. La heterodoxia del primer gobierno democrático pos dictadura, por ejemplo, fue el crecimiento sin par (el doble casi, que el de la presente administración) del salario real y del empleo. La CBI incluso inauguró, en campo de lo político, hacia 1986, la expresión «políticas sociales», hasta entonces circunscripta a lo académico. Se salía ­como en la actual administración­ de una brutal crisis económica (entonces la de «la tablita») que había reducido el Producto Bruto Interno un 15%, tres años antes. Igual que cuando asumió la actual administración tanto en tiempo, tres años después, cuanto en el volumen de la regresión del producido nacional. Heterodoxias posteriores (subsidio forestal, actividades libres de impuestos, etc.) han explicado buena parte de los éxitos producidos. Salvo ese primer gobierno democrático posdictadura, por el contrario, todos los posteriores fueron absolutamente ortodoxos, el actual gobierno tal vez el más ortodoxo.

La tercera cosa que nos enseñó el gobierno es la importancia de la fiscalización de la oposición. Buena parte de lo que pasó ­en términos de irregularidades­ en los 90 no hubiera ocurrido si se hubiera mantenido al Frente en las empresas del Estado como se hizo en la primera administración democrática. No por el Frente en sí mismo, sino porque es necesario todo el abanico opositor fiscalizando. En el mismo sentido, en nuestra opinión, la actual administración pagará muy caro el no haber tenido fiscalización de ningún tipo de oposición en las empresas y entidades del Estado, violando con ello una tradición de 80 años.

 

Las consecuencias ocultas de la ley de caducidad

A fines de 1986 el país se vio de frente a la crisis militar. Una opción fue la Ley de Caducidad, votada por el pueblo 3 años después y mantenida por el actual gobierno.

El contexto era muy diferente al que se suele entender ahora. En primer lugar, en 1986, los dos más fuertes precandidatos a la presidencia para el período siguiente ­Wilson Ferreira Aldunate y Enrique Tarigo­ aceptaron la salida que la ley proponía pensando los dos que (presidentes cuatro años después) les iba a tocar a ellos aplicar el Artículo cuarto de la ley que mandataba «esclarecer» todas las violaciones a los derechos humanos cometidas en el país. La ley llevaba ese verbo esclarecer en la barriga.

Dos factores impidieron eso. El primero es que Wilson Ferreira falleció y Enrique Tarigo perdió la elección interna de 1989 en manos de Jorge Batlle, algo que no estaba previsto para la mayoría del Partido en 1986.

El segundo factor fue que el resultado del referéndum de 1989 a favor de la ley de caducidad produjo un quinquenio posterior de silencio sobre el tema, un quietismo a partir de que la noche misma de la derrota de la hoja verde promodera de la derogación de la antedicha ley. Noche en que los promotores del referéndum declararon que había que dar vuelta la página.

Ni Lacalle ni Sanguinetti ni Batlle (en los años 90) tenían la lectura de Wilson y Tarigo. La idea de ellos era sepultar el tema.

No se sabía entonces, por ejemplo, el caso llamado del «segundo vuelo», es decir que más de 20 ciudadanos uruguayos fueron capturados en Argentina, traídos a Uruguay y asesinados aquí. Según revelara Posdata años después.

Naturalmente el tema de la ley de caducidad ­aunque se ganara el referéndum­ debilitó a los sectores políticos principistas dentro del Partido Colorado, los que más sufrieron el dilema weberiano, entonces bastante citado, entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad.

Ese debilitamiento fue aprovechado por los sectores tradicionales para revertir la lógica republicana en que se había lanzado el partido durante la lucha contra la dictadura y durante el primer gobierno democrático. Eso no lo vimos venir. Habíamos subvalorado el impulso restaurador de las prácticas políticas que, residual y fuertemente, estaba instalado en los sectores tradicionales del Partido. No habían aprendido nada de sus errores de antes de la dictadura. Frecuentemente a los colectivos sociales les resulta más fácil morir que cambiar. Debilitado el aguijón de la CBI, los sectores tradicionales se afirmaron en su concepción de la política sin utopía que hubiera indignado a don Pepe Batlle. Eran sabios manipuladores de una realidad que los conducía hacia la nada.

En los años 90 se dejó de reunir a la Convención colorada durante 12 años de modo de eliminar el engranaje republicano de la deliberación. Se instaló el gobierno de las cúpulas. Se sustituyó la generación de propuesta política convirtiendo al personalismo mismo en el discurso político (tal o cual líder es la propuesta en sí). Se rebajó el programa partidario al punto de que el mismo no cuestionara en nada a los poderes fácticos (los acumulados de poder, sea económicos, sea mediáticos, sea corporativos, que han obtenido privilegios y que quieren mantenerlos y acrecentarlos). Al fin de lo cual, el Partido socialrepublicano, el enemigo natural de los poderes fácticos, se había convertido sencillamente en su representante.

Discutimos estas cosas con las más altas investiduras partidarias y sostuvimos que el modelo de Partido en sí mismo y el camino elegido para el Partido eran totalmente erróneos y conducían a una inexorable catástrofe, de la cual no seríamos cómplices. Rechazamos las generosas ofertas que recibimos, una y otra vez por unos y otros sectores, de participar con beneficios personales en un orden no republicano. Mientras la lógica de los cargos se a
poderaba del Partido nosotros tomábamos, tranquilos con nuestra conciencia, el camino del llano. Escribimos, por ejemplo, previendo la tétrica suerte del Partido a la que lo conducían sus cúpulas, en estas mismas páginas de LA REPUBLICA, el 31 de enero, el 8 y el 20 de junio de 1993, hace 15 años, artículos titulados «El síndrome del Titanic», «Por qué crece Tabaré Vázquez», «Por qué se cae el sistema», entre otros. Era evidente que desrepublicanizado el Partido sólo le quedaba la crisis como agenda. Los amables efluvios del poder no permitían ver a sus adalides algo muy elemental: el abismo hacia donde se dirigían.

|*| Ex senador, director de Jaque y de Posdata

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