Tecnología
Lo viví en carne propia. También le pasó a una de mis hijas, a varios amigos y a un conocido que me comentó, montado en la cólera, su peripecia.
Las maquinitas expendedoras de boletos de los ómnibus se rompen o las rompe el mal uso que de ellas hace cada guarda- demasiadas veces como para que sean simples hechos aislados.
Pero éramos pocos y parió la abuela.
Se ha agregado una contradicción entre la norma municipal, o sea que el ómnibus afectado igualmente lleve a cada pasajero a su parada, y las reacciones de los conductores; éstas van desde una conmovedora y casi siempre frustrada pretensión de arreglar la maquinita, seguir el recorrido sin ella unas cuadras más o, lisa y llanamente, parar el coche e instar a la gente a que espere otro.
De tal cuestión ciudadana, que se está haciendo insoportablemente común, se podría decir muchas cosas.
Sin embargo, me ceñiré a tres interrogantes que me incomodan casi como un cólico nefrítico: la primera refiere a la pertinencia o necesidad de incorporar esta tecnología cuando se ha planeado el uso de una tarjeta magnética en breve plazo; la segunda se vincula a una realidad quizás no advertida en la etapa promocional: la maquinita no elimina al guarda y sólo escupe el boleto con el único supuesto beneficio de que ninguna mano humana salvo la nuestra- lo tocará, arrugará o romperá; y la tercera tiene que ver tanto con las pruebas a las que se supone fue sometido este modesto sistema, como con la preparación de conductores y guardas para repararlo cuando se tranca, igual que Astori con su pretensión presidencial.
No hay caos a la vista, pero la picazón se hace cada día más intolerable entre los contribuyentes. Alguien tendrá que resolver algo inteligente, pronto.
Con humildad, prefiriendo que los demás tengan razón y yo esté equivocado, me parece que, hasta que haya, nomás, una tarjeta que nos dé garantías, no habría que certificar la defunción de la vieja y querida boletera.
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