Gratuidad
En ocasiones, no siempre, las buenas intenciones y hasta los proyectos más benéficos quedan presos de una paradoja.
María Simon, ministra de Educación y Cultura, fijó con claridad su idea de la enseñanza del futuro: «más obligatoria y más gratuita». Aunque no soy especialista en esto me limito a reflexiones sobre asuntos que deben preocupar a un ciudadano responsable- descreo que alguien contradiga, racionalmente, la esencia de esa idea.
Pero, claro, hay que decir que la enseñanza, sobre todo la escolar, la del comienzo de todo, puede hacerse más obligatoria si su gratuidad es real, absoluta, y no, tal cual pasa hoy, una suerte de sofisma mal disimulado.
Quizás no me expliqué con claridad; sin embargo, abundan ejemplos diáfanos: por un lado, el gobierno creó el Plan Ceibal, una formidable herramienta para ampliar los horizontes comunes de alumnos y docentes, permitiéndoles un acceso gratuito; por otro, es común la protesta de padres y madres cuando los maestros, al inicio de cursos, les piden «material para sus hijos», necesario, sí, y vaya que costoso especialmente para miles de familias de escasísimos recursos.
Nadie puede negar esta realidad. No es nueva. Tampoco ha sido resuelta ahora, y es evidente que condiciona ese concepto de «mayor gratuidad», inherente a uno de los derechos constitucionales de la niñez.
He allí la paradoja.
Ignoro si el proyecto de ley de educación, que la ministra defiende con tanta convicción, incluye recursos para desarmar esa paradoja. Me resulta difícil de creer que no se la haya advertido, tras un proceso en el que la educación fue -¿lo sigue siendo?- una de las asignaturas pendientes más estudiadas y debatidas por la izquierda durante esta administración.
Dijo Sábato que «a veces los ideales se degradan en su ejercicio». No permitamos que suceda con el precioso valor de la gratuidad. Si una computadora no cuesta un peso, tampoco debería costarlo lo demás, que también se necesita.
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