Un paso
Las circunstancias determinan las emociones, las reacciones, las opiniones y, en fin, el comportamiento humano.
Bergson decía que la distensión era el presupuesto para la comicidad, sentencia que Maneco Flores Mora ilustró con este precioso ejemplo: «Nadie se ríe de un chiste si se lo cuentan en el momento en que le pegan un martillazo en un dedo». Tomándome la licencia de parafrasearlo, diría que nadie creerá a pies juntillas en la honradez de la política, y hablo en términos generales, si la advierte enmalezada de sospechas por el misterio de su financiación.
El Parlamento ha dado un gran paso hacia la transparencia, al presentar un proyecto de ley dirigido, precisamente, a la regulación del financiamiento de los partidos políticos; es un proyecto bienintencionado aunque tal vez insuficiente. Pero es un avance que busca resolver, al menos, el porcentaje de aportes anónimos y la obligatoriedad de presentar rendiciones de cuentas sobre ingresos y egresos. Va en la dirección de un objetivo muy bien descrito por Giovanni Sartori: «La escoba de la antipolítica -o sea de la vigilancia y de la regulación, añado yo- es una escoba necesaria; sus ventajas superan a sus desventajas. No obstante, no debemos acabar con la política al acabar con la corrupción».
Es que tal forma de corrupción ha sido señalada hasta el hartazgo como uno de los males que más enferman a las sociedades: se pierde la ética del servicio público, sobre todo porque hay mucho, demasiado dinero en los alrededores, justo cuando el costo de la política parece estar fuera de control.
¿Quién sabe hoy lo que, directa o indirectamente, aportan las corporaciones, ya sean legales o ilegales, a la política? ¿Quién está en condiciones de asegurar que esos aportes no serán devueltos en favores de la política desde el Estado?
Se está haciendo muy bien al enfrentar la realidad y sanear una actividad absolutamente necesaria al funcionamiento de una democracia sana.
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