Contraseña

MUCHO MAS QUE PAPELERIO

Así como la crisis financiera internacional sigue un derrotero del centro hacia la periferia, trayendo consigo muy penosas –y hasta el momento soslayadas– consecuencias sociales, la conmoción política uruguaya de esta semana pareciera hacer exactamente el camino inverso aunque también con imprevisibles resultados e incalculables costos. Lo que originalmente fue una iniciativa de algunas bases expresando un deseo reeleccionista contrapuesto a los firmes obstáculos constitucionales, devino prácticamente una cuestión de estado al contar ahora con firmas de medio gabinete, cosa imposible sin –al menos– la aquiescencia presidencial. No es objeto de estas líneas evaluar la gestión del Presidente Vázquez, ni mucho menos dudar de las encuestas que le otorgan una intención de voto muy superior a las de cualquier otro líder, tanto del Frente Amplio como de la oposición. Lo es, por el contrario, reflexionar en torno a la naturaleza institucional de la iniciativa y a las posibles implicancias de su práctica con total independencia de guarismos, de la tentación compulsiva ante la oportunidad y de la indudable estatura política del propuesto candidato reelegible mediante este enredado gambito jurídico-político de tres artículos en siete líneas de texto.

Como tuve ocasión de desarrollar en alguna otra contratapa dominical, la morfología y desarrollo del Frente Amplio, al igual que del PT de Brasil, deben ser escrutados con la más detenida mirada, sobre todo por las izquierdas y el progresismo del mundo entero. Sus aciertos, experiencias, limitaciones y posibles errores delimitarán campos de juego político fronteras afuera, y fundamentalmente, arquitecturas organizativas. No es que el resto de las experiencias latinoamericanas deban soslayarse pero solo en estos dos países se forjó una compleja expresión política, inédita en la historia pasada por su pluralismo, su articulación con las luchas sociales y las demandas populares, luego de tres décadas de arduo trabajo y experimentación parcial en las organizaciones de base y las gestiones municipales. No son fenómenos políticos fulgurantes, recientemente incubados al calor de un liderazgo carismático y de una acertada estrategia massmediática, ni adaptaciones localistas de los modelos leninista, populista o socialdemócrata que hegemonizan los arquetipos organizativos pretendidamente contestatarios en el resto del mundo. El hecho de que sus políticas de gobierno tengan un sesgo socialdemócrata, no puede inducir a confusión respecto a las profundas diferencias en el plano organizativo.

El Frente Amplio no es una estructura política de autor, aunque tampoco un colectivo anonimizado. Las páginas de este diario suelen traer a la memoria decenas y decenas de nombres señeros en la construcción de esta resultante. El Uruguay izquierdista no remite nominativamente a personalidades fundantes. Esto es prerrogativa de la derecha. Y convendrá preservar esta tradición despersonalizada por la propia performatividad del lenguaje. No existe el «tabarismo» ni el «pepismo» como contrapartida del batllismo o el herrerismo. Es la derecha la que necesita líderes y referencias personales. Es quien cree que la historia es la resultante de grandes personalidades y no de procesos sociales colectivos, de acciones de masas, de conflictos. Por eso se autodenomina en función de un liderazgo personalista, de una biografía, aunque la degrade en el propio acto de mediación referencial.

El personalismo le es inherente y constitutivo. En el Frente también hay dirigentes, líderes o referentes, solo que no producen una plena personalización de la actividad política. Por eso es correctamente connotado como progresismo y no como fulanismo. El Frente Amplio no es un mero agrupamiento de líderes o grandes personalidades, sino un colectivo político de gran heterogeneidad y complejidad con bases de masas organizadas o en proceso de organización en desigual relación respecto a los liderazgos.

Sin embargo, no se sigue de esta caracterización que las izquierdas, tanto en el mundo como las propias uruguayas, partícipes y constructoras de la experiencia aludida, compartan esta valoración. Antes bien, me expongo enfatizándolo a la crítica de los actores ya que me parece que el culto a la personalidad permanece enquistado en buena parte del imaginario contrahegemónico. Aquí, allá, y en todas partes. Posiblemente esto contribuya a explicar la muy débil atención que la esfera político-institucional le ha merecido a la izquierda (también uruguaya) en contraposición a un denodado interés por la vida material y económica. Y la anécdota de la papeleta reeleccionista parece venir a confirmarlo rotundamente.

Este reduccionismo determinista auxilia teóricamente al sostenimiento de una ideología oportunista que trágicamente se encarna en la historia como recurrente frustración del protagonismo masivo, de la participación ciudadana, de la movilización social. En la izquierda, hay quienes han concebido el poder como un fetiche instrumental equivalente al de la posesión de la riqueza, por lo que sólo cabe apoderarse de él, aunque no ya para socializarlo, en virtud de que ­determinismo económico mediante­, será simplemente el que permita la redistribución de los bienes. De eso solo -que nos es poca cosa, sin embargo- se trataría un programa de esta izquierda.

Para ponerlo en términos más simples, en el mejor de los casos, las tradiciones de izquierdas y/o progresistas tienen cierta claridad y consecuente voluntad para la distribución de la riqueza material, aunque inversamente, la más mínima intención, tanto reflexiva como política, para la distribución del poder decisional, es decir del poder. No es que deba renunciarse a una distribución racional y conciente de la riqueza. Todo lo contrario. Tampoco desconocer los estragos subjetivos que comporta la división del trabajo manual e intelectual. Sólo señalar que en la múltiple imbricación de la resolución de las desigualdades de todo tipo, entre las que se cuenta prioritariamente la desigual distribución de poder decisional, reside la posibilidad de dotar de contenido real el propósito de colectivizar la gestión social del trabajo en todos los ámbitos. Parte de las consecuencias del desprecio por esta temática se verifica en el debilitamiento (y en algunos casos hasta vaciamiento) de las instancias de bases que a su vez repercute sobre la posibilidad de apelar al consenso, tal como se demanda para diciembre. El Frente actual, siendo gobierno, está mucho más desmovilizado y reducido que el de cuatro años atrás.

Por ello no es casual que el debate respecto a la constitucionalidad de la iniciativa y la particularidad de los institutos propiamente dichos esté siendo sostenido por la derecha. Menos aún que lo haga en defensa de la Constitución vigente. La oportunamente reformada por blancos y colorados para incorporar el balotaje como solución pragmática y oportunista frente al doble descubrimiento del crecimiento geométrico del FA y de la insignificancia de sus diferencias en materia de tácticas defensivas del statu quo.

Las constituciones no deben ser estáticas. Por el contrario, deberán ir perfeccionándose para garantizar más y mejores derechos, para incorporar institutos que propicien una más fluida socialización del poder y ejercicio de una ciudadanía tendencialmente plena. Si hay un actor político que tendría interés en promoverlo es precisamente el Frente. Claro que para ello deberá hacerlo en un momento muy alejado de los cálculos electorales, pensando en los institutos y no en los sujetos. La propia cuestión político-institucional y en consecuencia, constitucional, debería formar parte de la discusión del programa en el próximo congreso Zelmar Michellini. Pero con el objetivo de mejorar la calidad institucional, no de acomodar la cancha según las características (reales o figuradas) de sus jugadores.

La iniciativa reeleccionista en cuestión viene a embrollar más aún una encrucijada ya compleja y de muy
difícil desembocadura. Porque por un lado ya el consenso resulta una figura muy poco verificable en el contexto de debilitamiento participativo citado. Por otro, porque la figura constitucional vigente de la elección interna plantea problemas de intromisión extrapartidaria que el espacio aconseja dejar para otro análisis.

Y por último porque no resuelve los problemas antedichos, sino que le añade la insólita doble candidatura según el resultado de la simultánea elección constituyente, o bien la candidatura única biconstitucional, según se desprendería del art. 3 de la papeleta, o el papelón, según el tamaño del formato en que se imprima.

|*| Profesor Titular de la Universidad de Buenos Aires, escritor, ex decano.

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje