Intransigencia
¿Puede un país enfermar de intransigencia? Cómo no, en la medida que se hagan comunes actitudes de trabar lo que se cree justo, razonable o verdadero para concluir una disputa, o de no ajustar algún punto dudoso o litigioso que impide acordar un medio que componga las diferencias.
Si nos ajustamos a esta definición estamos enfermos de intransigencia; peor aún, nos enfrentamos a una epidemia.
Claro que hay distintos tipos de esta patología. Diferenciarlos puede ser un arte y una estrategia imprescindible para sanar la cosa. Por ejemplo, Ruedita es un intransigente alcohólico; el Negro Collazo es un intransigente patotero; Epifanio es un intransigente vasco; el Chiquito Otegui es intransigente con el dinero que dice que le deben; y el Facha Ruiz es sólo intransigente para lo que caiga cerca- cuando le sale un grano en el culo.
Quiero ser honesto. Hay otras categorías que me resulta imposible siquiera pintar una aproximación.
Por ejemplo, la intransigencia de los trabajadores del taxi que agarraron a puntapiés la puerta del Director Nacional de Trabajo, luego de pintar las paredes adyacentes y armar un lío que debe haber asustado hasta al Espíritu Santo.
Por ejemplo, la intransigencia de Leadgate, la joya de socio que se buscó el gobierno para sacar a Pluna del marasmo en que se hallaba y del cual luego ha descubierto facetas poco estimulantes.
Por ejemplo, la intransigencia de Sindicato Médico del Uruguay y de la directiva del Casmu en aceptar su responsabilidad respecto de la situación de la mutualista y de sus trabajadores.
Por ejemplo, la intransigencia de algunos sectores del Frente Amplio en ampliar lo más posible la base de análisis de las candidaturas a la próxima elección, democratizando el proceso.
¿Puede vivir bien un país enfermo de intransigencia? No. ¿Se puede construir un país mejor con tanta intransigencia? Tampoco. Hay que curarla.
Bien vista, la peor, para meterle mano, puede ser la del Facha.
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