Adivinos
Hace unos días difusa expresión que admite exquisitamente mi olvido de la fecha varias personas inteligentes discutieron sobre la supervivencia del libro, el viejo y querido libro ajado y oloroso, ante el avance, calificado por algunos de irrefrenable, de la informática.
No quiero el papel de adivino, lo que no significa que me desentienda del futuro, aunque se me ocurre que el fatalismo de ciertas predicciones sumerge en lo inverosímil a quienes las propalan.
Es cierto que los siglos por venir convertirán la unión de tecnología y capital en un poder dominante; en realidad, esto pasa desde la época del imperio de Saigón. Sin embargo, y me remito a Elio Gaspari, «nunca fue tan falsamente presentado como una fatalidad de la naturaleza». Es interesante uno de los ejemplos que cita este intelectual brasileño: «La IBM tenía toda la tecnología y el capital y un muchacho llamado Bill Gates la doblegó apostando a la idea (de otros) de que los programas de computación serían más importantes que las computadoras».
El mundo que la informática más subvierte es el propio mundo de la informática. Así que, ¿es posible certificar que el formato electrónico, gracias a la democratización de su acceso y su gratuidad, reemplazará, aunque no se sepa en cuántos años, al libro que sale de una imprenta?
Yo no me animo. Prefiero pensar en una complementación.
Pero hay algo más que esas personas inadvirtieron, de tanto entusiasmo puesto en la polémica acerca del futuro del libro: la capacidad de las futuras generaciones para leer y aprovechar lo que lean.
Si las madres de este país van a ser cada día más jóvenes y genéticamente más vulnerables parirán hijos con menores posibilidades intelectuales. Introducidos en la pobreza y la mala alimentación, esos niños correrán riegos verdaderos de acercarse demasiado a la discapacidad.
¿Qué puede importar entonces si el libro sigue siendo impreso en papel o sólo puede hallarse en una computadora?
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