Actitud sospechosa
Un forense a quien conozco, y lo sé un hombre preocupado por usar el conocimiento y la razón para mejorar la sociedad en que vivimos, hizo un comentario que me dejó, tal cual se dice vulgarmente, pistoneando.
El sustantivo «actitud» y el adjetivo «sospechosa», unidos en el discurso para aclarar un supuesto concepto, no hacen sino oscurecer. Lejos de una definición inapelable son, más bien, una expresión imprecisa que puede calificar cualquier cosa. Después aparecen los problemas.
¿Qué es una actitud sospechosa? Apenas reflexiono para hallar ejemplos que no dejen resquicio a la contradicción, me vuelvo loco. Ciertamente, cualquiera puede poner algún caso extremo. No se trata de eso hablemos con honestidad intelectual sino de calificar sin dudas razonables un comportamiento que puede terminar con alguien en un calabozo o, es triste admitirlo, hasta en la morgue.
Este forense contaba que en muchos países hay especialistas en la conducta humana que enseñan, tanto a policías como a los propios ciudadanos, incluyendo a niños y adolescentes, cómo comportarse en las más diversas circunstancias, cómo pueden comportarse los demás, a fin de hacer una correcta interpretación, y cuáles son las reacciones más adecuadas en situaciones confusas.
Es una cuestión social relevante. Y, al contrario de lo que puede pensarse de buenas a primeras, tiene más contenido cultural que de otra cosa. Por tanto merecería, aunque al lector le parezca excesivo, una política de Estado.
Si dejamos las cosas en la ciénaga de la imprecisión y la ambigüedad todo se hará más dramático.
Porque una actitud sospechosa sería, entonces, la del Chiquito Otegui, encorvado detrás del mostrador, sacando cuentas de las copas con un ojo en el papel y otro en los parroquianos. Una capacidad de dicotomía visual como la de Kirchner; sólo que él no padece de una desviación ocular. Es una habilidad que le dio la naturaleza y la usa de puro pícaro, nomás.
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