Equidad
A riesgo de provocar el hartazgo del lector y, tal vez, mi ajusticiamiento, insistiré en que la cuestión central del futuro es la educación; lo hago persuadido de que si no hay un cambio de los programas de enseñanza no habrá nueva ley alguna que se convierta en tabla de salvación.
Hace cincuenta años Aldous Huxley dijo: «Damos conocimientos y mandatos morales, pero no adiestramos (…) para que se puedan aplicar. Es una de las fallas graves de nuestros sistemas éticos y educativos». En tal concepto, cuya vigencia se mantiene, coinciden la enseñanza de valores, el acceso al conocimiento y mecanismos para que ese encuentro dé el resultado requerido por la sociedad, o sea que puedan aplicarse; hay que respaldar igual a niños, jóvenes y docentes, sin exclusiones, más allá de cualquier diferencia que pueda existir.
Esto es vastísimo. Pero quiero usar la licencia de referirme, a manera de ejemplo, a un único aspecto.
Creo que el Plan Ceibal ya es un nuevo programa de la enseñanza, en el sentido de lo que dije antes. Parece fuera de discusión igual que sus virtudes, que superan a sus limitaciones. La educación primaria, incluyendo a niños y maestros, va camino de estar totalmente cubierta. No ocurre lo mismo con los liceos, entre otras cosas porque para ellos no se previó un plan similar; se advirtió tarde y se ha debido aportar algunas fórmulas, con otras características de acceso, a fin de resolver un descuido que, bien visto, sorprende. El camino hacia los nuevos conocimientos y los mandatos morales, y el adiestramiento para que sean aplicables, debe abarcar, de forma coordinada, a Primaria y a Secundaria.
Es el único modo de que haya una línea pedagógica coherente y sostenible, iniciada a la más temprana edad, que forme mejores personas capaces, luego, de aprovechar ofertas para crecer, universitarias o no.
Sólo así, según pensó Huxley, «aprenderemos a percibir claramente qué es ser lo que somos y dónde somos».
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