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DE ESPALDAS

En la contratapa del domingo pasado, luego de señalar que la prensa mundial no tenía otro tema que la crisis económica instalada, insinuaba que tal vez los periódicos latinoamericanos no reflejaran el desmoronamiento con idéntico énfasis y magnitud. Durante toda esta semana, aquella insinuación dio lugar a cierta confirmación y, en el caso de los medios uruguayos, a la más plena perplejidad. No es el propósito establecer mediciones de centimetraje o análisis de las estrategias comunicacionales, por cierto desiguales según los diferentes medios, sino llamar la atención respecto al hecho de que las transformaciones en curso del capitalismo internacional no están instaladas en el debate político, no interpelan la discursividad circulante. Como si los países latinoamericanos y el Uruguay en particular, pudieran quedar indemnes respecto a ellas, como si las inminentes discusiones en torno a programas y candidaturas pudieran prescindir de los acelerados y aún inciertos cambios económicos en curso a nivel global.

Hasta podría parecer auspicioso que los diarios El País o El Observador obviasen la publicación de recomendaciones de las calificadoras de riesgo y asesoras de inversión, que propalaban sus catastróficas predicciones sobre el futuro de las economías latinoamericanas llamando siempre a la liberalización de los mercados, a la libre circulación de capitales y mercancías, a los tratados de muy libre comercio y a la exaltación del salvaje paradigma neoliberal. Para eso están, así como sus amplificadores mediáticos. Por ejemplo, cuando la recesión y las dificultades financieras ya estaban instalándose en el país del norte, el diario El País reprodujo acríticamente en un artículo del 29 de mayo las predicciones y calificaciones del Banco Morgan Stanley, hoy en riesgo de bancarrota si no fuera por el auxilio recibido con el paquete nacionalizador de Bush, que no tiene empacho en aceptar el salvataje de buen grado, a pesar de su carácter heterodoxo e intervencionista. El informe citado, luego de reconocer que la inflación mundial es la mayor desde 1991 (no casualmente durante la Guerra del Golfo) por efecto del incremento de los precios del petróleo y de los alimentos anuncia una tendencia hacia «la falta de crecimiento, mayor inflación y una compresión múltiple». Sin embargo, considera «improbable» una recesión mundial y menos aún una crisis capitalista. Lo cierto es que unos pocos meses después asistimos a una baja acentuada de los precios del petróleo y de los alimentos, a una desaceleración inflacionaria y al despliegue de la crisis más profunda desde los años ´30. Todo un ejemplo de eficaz asesoría científica y ajustada prognosis.

Pero el hecho de que se hayan acallado por obvias razones de decoro las recomendaciones de los gurúes de Wall Street, verdaderos documentos de control político y de chantaje, que requirieron respuestas defensivas por parte de las fuerzas alternativas latinoamericanas, no conlleva mecánicamente la ausencia de nuevos y mayores peligros y una consecuente respuesta también defensiva. Al contrario, ya no se trata de resistir consejos suicidas, sino del probable efecto «bola de nieve» que la caída de los propios jueces y antiguos guías traerá consigo.

De esta forma, la opinión pública no parece instar a los líderes, precandidatos y dirigentes locales a desarrollar reflexiones sobre perspectivas que incluyan los inmensos movimientos económicos fronteras afuera, ni tampoco éstos se sienten obligados a incorporarlos en las propuestas y los debates, con lo cual la prensa tampoco los incluye. El efecto de conjunto es una vuelta de espaldas a los riesgos inmediatos.

Hemos tenido ocasión de señalar desde aquí la indubitable magnitud de las transformaciones en el funcionamiento de la economía mundial que no paran de sucederse día a día, ni tampoco el vuelco cualitativo en materia de construcción hegemónica y las insólitas piruetas ideológicas a las que el establishment se ve obligado. En este acelerado proceso habrá tensiones que requerirán de la instrumentación de políticas nacionales en los diferentes países de la región, a tiempo para morigerar las consecuencias económicas y sociales de la debacle. Probablemente, de todas las aristas posibles para América Latina, la más vulnerable es la del comercio exterior.

Aquí se centra la amenaza inmediata más previsible en virtud de que la propia recesión en los países centrales generará una inmensa competencia por la colocación de excedentes con riesgos ineludibles para el empleo en las economías periféricas, sobre todo las más débiles y menos competitivas, tanto por la posible disminución de exportaciones como por el incremento de las importaciones. Las balanzas de pagos se verán seriamente amenazadas.

Curiosamente, cuando el libro Imperio de Toni Negri y Michel Hardt se convirtió en un best-seller socializando así un debate en torno al debilitamiento del Estado-nación, las consecuentes limitaciones regulatorias y la hegemonía militar basada en él, la invasión a Afganistán y a Irak contrapusieron una desmentida empírica insoslayable. Es que la idea de una transición desde el derecho soberano de los Estados-nación (y el derecho internacional que provino de allí) hasta las viscosas figuras globales posmodernas de lo que definen como derecho imperial no se expresaron sino en un reforzamiento del rol gendarme de los Estados Unidos luego del 11-S.

Sin embargo, actualmente los esfuerzos de los países centrales para coordinar y ejecutar políticas de rescate como la -no muy eficaz- reunión europea de la semana pasada o la incipiente del G7 en estos días, reflota la vigencia de las tesis del llamado autonomismo italiano en cuanto a la imposibilidad de fijar políticas, al menos monetarias y financieras como en este caso, sin una coordinación y regulación global.

Mientras más se organiza la distribución regresiva de los esfuerzos a favor de los responsables de la debacle -tal el carácter de la iniciativa fiscal pergeñada por Bush- en este otro extremo del mundo, se sigue demorando una estrategia regional ante la coyuntura para evitar transferir los costos en esta dirección.

Será el único aspecto en el que coincida con los eslóganes «a la mode», según los cuales, se concibe a la crisis como una oportunidad. Aquella de acelerar los plazos y los mecanismos institucionales de articulación económica y política entre nuestros países. No sólo cualitativamente el pensamiento único ortodoxo está en retirada sino que por primera vez en América del Sur hay un conglomerado de países desigualmente progresistas (a excepción de Perú y Colombia) cuyas líneas de acción requieren coordinación y estrategias de mediano y largo plazo. Tal vez sea hora de que al modo borgeano nos una el espanto.

Desde un punto de vista económico los impactos se harán sentir inmediatamente por los bruscos movimientos consecuentes con los reflejos defensivos. Las monedas de Chile y Brasil se depreciaron algo más de un 30%. Las de Argentina y Uruguay menos del 10%. La velocidad de respuesta que los presidentes tuvieron frente a la amenaza golpista convocando a reunión de la Unasur ante la asonada racista boliviana, no la tienen para el Mercosur ante este revuelo económico sin precedentes. Tampoco ayudarán las fanfarronerías de la Presidenta Fernández de Kirchner o del Presidente Lula poco antes de la Asamblea General de las Naciones Unidas enfatizando el carácter exclusivamente imperial de la crisis porque tienden a soslayar los riesgos de impacto local y de la dependencia.

Al interior del Mercosur, por razones de magnitud en primer lugar, será clave el nivel de coordinación y previsibilidad que se logre con Brasil, dados los efectos de sus tácticas. En segundo término porque ello se combina con el nivel de ortodoxia financiera de su política económica que lo ha hecho más vulnerable a la inestabilidad global. El gigante del Sur conoció el constante ingreso de capitales especulativos, los llamados capit
ales golondrina durante los últimos años (ingreso ­digamos de paso- recomendado y elogiado precisamente por las calificadoras de riesgo) que hoy están en retirada afectando la tasa de cambio con una devaluación muy pronunciada. Tanto el ajuste violento del tipo de cambio como el menor ritmo de crecimiento puede provocar un incremento de las exportaciones brasileñas con destino al Río de la Plata, incrementando la desigualdad en los términos de intercambio.

Cualquier tentación hacia un atajo o salida nacional ante una coyuntura semejante en la que los autores del desaguisado reciben la premiación de un inédito auxilio, coordinando acciones osadas con desembolsos descomunales, no sólo pondrá en cuestión la estrategia defensiva sino que obstaculizará la de sus aliados y vecinos. A falta de Lord Keynes, tal vez sea hora de apelar a José Hernández.

(*) Profesor titular de la Universidad de Buenos Aires, escritor, ex decano.

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