Sonrisas y susurros
¿Qué es lo que pasa? ¿A qué viene este cambio de actitud, estos jeribeques en el aire, esta música de flauta? Vamos, hombre, cuánta gente ahora sonríe, organiza asambleas y reuniones, reparte papelitos y susurra: «Mírame, que yo he de llevar de la mano al país a la felicidad».
El verano preelectoral no sólo se adelantó, sino que llegó excitadísimo. Y la política, en general, ha vuelto a introducirse al resbaladizo terreno del cinismo, la impudicia y la mitomanía, con la pretensión, en su loca carrera, de tomarnos de rehenes.
Esa política, a lo largo de décadas, no ha madurado. Más bien al contrario. Quien hasta ayer te observaba por sobre el hombro, hoy te abraza; quien preguntaba desconfiado a qué partido pertenecías, hoy te cabecea invitaciones y te hace guiños.
Los aspirantes a candidatos se multiplican como el pan y los peces del Señor, mientras nadie es capaz ni entre los blancos, ni entre lo colorados, ni entre el mismísimo Frente Amplio, lo que es más doloroso- de explicarte cuál es su programa de gobierno para el próximo período.
Tengo la sospecha, molesta como un incordio anal, de que hasta último momento el ciudadano común logrará saber muy poco sobre tan relevante cuestión. Ojalá me equivoque. Como siempre digo, prefiero que los otros tengan razón.
Hay un recurso que, bien usado, ayudaría a levantar esta cortina: los debates entre quienes hoy sólo sonríen y susurran. Lamentablemente, ya en la campaña anterior ese recurso fue desechado. A nadie o a muy pocos- importó debatir acerca de las cuestiones que al votante interesan.
Todos los políticos deberían reflexionar sobre esto. Quién sabe. Tal vez acepten un cambio que les permita ofrecer honestidad intelectual al contribuyente, para que éste ejerza su deber cívico con más información y responsabilidad.
De paso, se despegarían de aquel apodo humillante que les han endilgado: «carne de exportación».
Porque lo mejor está en los cuartos traseros.
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