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SALVADOS

Wall Street se mudó un rato al Parlamento. Las especulaciones y corridas también lo alcanzaron. Estos agitados días han estado determinados por signos de intervención política dura. En la Bolsa y en las cámaras. La prensa mundial no ha hecho otra cosa que reflejar una abrumadora concentración unificada de la agenda, complementándola con su propia construcción discursiva en auxilio de las estrategias del establishment. Tal vez no hubo un reflejo especular en la versión mediática latinoamericana pero en todo el resto de los medios occidentales, la vertebración de la opinión pública fue homogénea. Podría parecer absurdo aludir a la esfera política en esta semana en la que los titulares anclaron -casi exclusivamente- en el puerto financiero y apelaron a la contundente empirie de los números. Al punto de opacar los debates entre los candidatos demócratas y republicanos, o las discusiones parlamentarias del propio paquete de intervención financiera, a la par que los conflictos e iniciativas en los diferentes países periféricos. Es que de eso se trata la política, particularmente cuando se invoca como férrea defensa del statu quo y de los grandes intereses.

Gramsci utilizó el concepto de hegemonía para referirse a cómo la clase dirigente organiza el consenso entre las clases subalternas. El Estado, además de utilizar la fuerza y la coerción, emplea también la potencia política e ideológica del consenso. La hegemonía se refiere a cómo funciona y se mantiene el liderazgo moral e ideológico de las clases dominantes. Estamos en este caso ante un excepcional ejemplo de construcción hegemónica contumaz, complementaria de la rutina cotidiana habitual de su ejercicio. Su propósito, en esta coyuntura, es tapar el cielo con las manos, naturalizar el desaguisado financiero y absolver a los victimarios edificando la ilusión redentora en las víctimas. Y a la luz del resultado político inmediato, parece haber logrado su propósito.

En tal sentido me refiero a la centralidad de la política en estos días. El líder italiano concebía desde la cárcel que «todo es político, también la filosofía o las filosofías, y la única filosofía es la historia en acto, es decir la vida misma». Esta idea que toma prestada de Croce es resituada en las clases subordinadas, en el hombre común, quien al poseer un lenguaje y participar del sentido común desarrolla una conciencia impuesta por el contexto en que vive y en el cual, por lo tanto, concurren influencias diversas y contradictorias, abandonadas a la espontaneidad.

El proyecto original de intervención nacionalizadora de Bush, Paulson y Bernanke, de solo tres carillas, otorgando un cheque en blanco de U$S 700.000 millones, se apoyó en concisos discursos maniqueos y alarmistas al mejor estilo bushista ya ensayado en otros momentos dramáticos como para cercenar libertades democráticas históricas de su país, o justificar masacres ominosas de ultramar. Por su parte, Obama y Mc Kein dejaron de lado sus notorias diferencias embrionariamente expuestas en el debate televisivo para alinearse con las urgencias de la troika salvadora. La única resistencia significativa provino del Parlamento y en particular del partido republicano!!!

Complementa la idea de hegemonía el procedimiento descrito por el lingüista Roland Barthes de naturalización de los procesos sociales y económicos. En tal dirección, el semiólogo Eliseo Verón acierta en señalar que las construcciones mediáticas no han hecho sino implementar esta receta con cuanto significante natural encontraron a mano. Así, «terremoto», «tormenta», «incendio», «tembladeral», «oscurecimiento», «huracán», «turbulencias», «empantamiento»; «onda expansiva», «erupción», «tsunami»; «marejada», «naufragio», etc., formarán parte del arsenal discursivo ineludible. En consecuencia, el propósito será ir impregnando el sentido común con la impronta de la ineluctabilidad de los cataclismos, de las naturales consecuencias dramáticas como la del recordado huracán Katrina en Nueva Orleans. Luego el propio significante «rescate», «salvataje» o «auxilio» harán lo propio con el proyecto intervencionista. Una catástrofe natural estaría amenazando inminentemente al mundo y el presidente solicita autorización para ir en su auxilio. La naturaleza y la fatalidad así lo han dispuesto.

De aquí no se sigue que el panorama no resulte alarmante y que las consecuencias y perspectivas no requieran intervención. Sólo se pretende subrayar que el proyecto hegemónico instituye a ésta, la pergeñada por el equipo de Bush, como la única posible aún con la segunda versión ampliada con concesiones ya aprobada por ambas cámaras. Por el contrario, la alarma es inocultable. En Europa, han quebrado trece bancos en total entre Alemania, Gran Bretaña, Dinamarca, Bélgica, Holanda y Luxemburgo. La amenaza de una corrida bancaria en Europa está condicionando a los líderes a adoptar medidas similares a las del plan norteamericano, de manera más unificada y colectivamente comprometida. Por de pronto ya Italia, Irlanda y Gran Bretaña extendieron la garantía de los depósitos mientras Holanda está rescatando al principal grupo bancario. Al momento de escribir estas líneas, una cumbre europea está abocada al análisis de la crisis en París. Uno de los principales problemas es la disparidad de políticas intevencionistas de cada país en materia financiera. En Estados Unidos son casi 20 los bancos quebrados o intervenidos.

Una de las concesiones hechas por Bush para la aprobación de su paquete de auxilio fue el incremento de la garantía de los depósitos bancarios de 100.000 a 250.000 dólares. La pregunta es con qué dinero se garantizarían depósitos por 3 billones de dólares cuando el organismo encargado de su garantía, la Federal Deposit Insurance Corporation (FDIC), cuenta sólo con disponibilidades de 49.000 millones, es decir poco más del 1,5% de lo garantizado. Dado que es una institución independiente cuyas fuentes de financiamiento son precisamente los propios 8.451 bancos asegurados, será el paquete el que otorgue la respuesta a este interrogante. Un fantasma recorre Europa y el mundo y no es precisamente el del comunismo. Pero los financistas, o como los llamó el presidente Roosevelt en los años 30, los Banksters, están unidos.

El plan que votó el Parlamento norteamericano no se propone otra cosa que posponer las posibles soluciones y encarar una investigación de las causas creando mecanismos de regulación, transparencia y control como para que no se repitan. No resuelve la ficción oponiendo realidad y sinceramiento con la verdadera contabilidad bancaria. Por el contrario, se la encubre, sosteniendo tácitamente que entidades quebradas son confiables. Respalda a los apostadores de esta timba, las entidades bancarias que, al modo compulsivo del personaje de Dostoievsky reciben más crédito para seguir jugando. Ocultamiento y optimismo son los colores principales de la paleta con la que se pinta actualmente el sentido común. Una construcción hegemónica de efectos inmediatos que resulta una estampita fiscal a la cual rezarle su novena.

Los propietarios de viviendas y los depositantes en los fondos de inversión que incentivados por la confianza participaron del juego, esta vez deben depositar confianza en la solvencia y no menos rezos para recuperar sus ahorros. También el resto de la sociedad norteamericana que comprará activos devaluados a lo que se creía que valían para venderlos en algún momento por lo que se confía que valdrán. Más del mismo juego. El periodista español Joaquín Stefanía lo definió como socialismo para ricos, liberalismo para los demás en tanto se socializan las pérdidas y se privatizan los beneficios.

En el apuro por despachar el plan no se ahorraron otras concesiones demagógicas como la insólita reducción de los impuestos, que no puede sino incrementar las sospechas de emisión monetaria con sus consecuencias de mediano plazo sobre el mercado cambiario y el comercio internacional.

La exportación d
e la crisis al continente europeo irá comenzando a perfilar un panorama polémico y de resistencia completamente diferente al de la subsunción hegemónica de la opinión pública norteamericana. A diferencia de Estados Unidos, en Europa existen las izquierdas y una acendrada tradición de luchas y conquistas sociales que pueden reencender la mecha de la lucha contrahegemónica y reforzar el cuestionamiento a la ortodoxia neoliberal, a la que el Premio Nobel de economía Joseph Stiglitz ya considera sepultada por la caída de su propio muro. El presidente del parlamento europeo, el alemán Hans-Gert Poettering, demócrata cristiano moderado, en un reportaje al diario El País (de Madrid) anticipa su resistencia a cualquier destino de fondos que no se dirija al combate de la pobreza y a solucionar la situación de las víctimas de la especulación y la usura.

De todas formas, desde aquí, en América Latina habrá que ir pensando en algo más que discursos de condena. Nos exportarán un hambre más literal que la propia literatura.

|*| Profesor titular de la Universidad de Buenos Aires, escritor, ex decano.

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