URUGUAY ALTERNATIVO

A consecuencia de nuestras carencias energéticas, del agotamiento de los combustibles fósiles tradicionales y de los límites que la biosfera presenta para la contaminación, se ha ido instalando en Uruguay (y en el mundo) un debate acerca de la energía nuclear como opción.

Nuestra posición básica ha sido que ese tema debe ser tratado sin prejuicios en el marco de un debate nacional que busque la máxima participación ciudadana posible para, recién después, tomar decisiones.

Sin desmedro de lo anterior, nos parece ineludible contrastar dicha opción con la de las «energías alternativas» muy poco (o nada) explotadas en Uruguay y que, para colmo, están al alcance de la mano (siempre lo estuvieron).

Constituye un «pecado» (no importa denunciar quiénes lo cometieron) que Uruguay presente en esos asuntos un atraso de treinta años como mínimo.

Porque disfrutamos un país extraordinariamente dotado para eso (a niveles envidiables).

Entonces introducir, como quien dice «en seco», la energía atómica, toma colores parecidos a un escape de gas más voluminoso que el orificio de su salida lo que de acuerdo a conocidas leyes de la Física puede ocasionar rupturas dolorosas y otorgar, de paso, un muy deshonroso apelativo regional y mundial.

Las cosas deben comenzar por el principio.

Somos un país conocidamente pequeño (sólo en lo económico y por ahora) que para poder realizar sus mejores sueños requeriría, en una hipótesis eléctrica de «máxima» (un siete por ciento de crecimiento anual de la demanda), incorporar cada año unos cien megavatios de generación. Y, en doce años, unos mil novecientos al final del período.

Esto quiere decir que no hay porqué «entregarlos» todos juntos. La vida nos da tiempo; nos desafía en cuotas. La solución encontrada a este problema hasta ahora ha sido de urgencia y por lo tanto «bárbara»: comprar de apuro unos motores de avión para usarlos como equipo electrógeno; nos «pasan por el carburador» cada vez que debemos encenderlos porque consumen diesel etiqueta negra.

Las llamadas «energías alternativas», como se viene diciendo, no las hemos desarrollado jamás.

Sólo con pequeñas represas hidroeléctricas (algunas no tan «pequeñas») y el mejoramiento de las actuales (cosa posible) más la energía eólica disponible (hasta lo que sabemos hoy porque nunca se hizo un «mapa nacional de vientos»), Uruguay está en condiciones de satisfacer la demanda de aquí a doce años (período elegido arbitrariamente por nosotros para demostrar lo evidente).

Pero en esta «noticia» no se incluye a saber:

La eficiencia energética (matriz del transporte y la vivienda), la energía geotérmica (la usamos sólo para bañarnos en la termas y, encima, siendo agua potable de excelente calidad, la tiramos), la generación eléctrica en base a biomasa (desperdicios forestales y agrícolas como la cáscara de arroz o el bagazo de la caña de azúcar, basuras urbanas y rurales, leña, etcétera), el calor del sol tanto para calentar agua como para generar energía eléctrica, los paneles fotovoltaicos para aprovechar la luz del sol, la energía de las olas del mar y otro muy largo etcétera que omitimos porque no nos da el espacio. Sobran los recursos autóctonos para resolver nuestras necesidades por muchos años.

Agreguemos los yacimientos comprobados y fácilmente explotables de esquistos bituminosos en Cerro Largo, Tacuarembó y Rivera; los casi seguros hallazgos de gas y petróleo en nuestra plataforma continental, para saber que los uruguayos vamos a ser un país exportador de energía sólo con decidir poner en marcha un buen programa de explotación y aprovechamiento de las que ya están disponibles.

Pero lo mejor y más prometedor de esto, es que dichas fuentes son explotables con recursos propios.

Que dependen nada más que de nosotros, que son indiscutiblemente nuestras, que la maquinaria y tecnología necesarias para sacarles el fruto pueden ser fabricadas y obtenidas en Uruguay, que el dinero quedará circulando dentro de nuestra economía, que aportará impuestos internos, que generará puestos de trabajo y ramas industriales nuevas, y que nos otorgará, autonomía, independencia y libertad.

Habría que hacer muy bien las cuentas, pero la energía nuclear podría ser necesaria en Uruguay recién cuando este bendito país haya agotado posibilidades propias que son muchas.

Bien sabemos que la variedad de «oferta» es virtuosa por sí misma, y también que debe haber una cuidadosa proporción entre energía firme de base y potencia de respaldo para emergencias «naturales».

Pero si hablamos de exportar energía (como ya ha sucedido) reconocemos que también podemos importar (como sucede) por lo que la interconexión con la región es un reaseguro estratégico. Además…

|*| Escritor, senador de la República.

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