PROPIETARIOS
La semana internacional se mostró tan exultante de signos políticos como desafiante para el ejercicio semiótico. La debacle económica estadounidense con sus nocivos efectos allende Wall Street no fueron eludidos en la ristra discursiva de la Asamblea General de la Naciones Unidas, logrando superarse -en algunos casos- los gambitos diplomáticos y distracciones galantes habituales en estas cumbres.
La magnitud de la caída de Wall Street ya no puede encubrirse con el indulgente término recesión, sino que probablemente se sitúe, después de la recordada crisis del ´30, en la competencia por el segundo puesto de la historia de las crisis capitalistas. Sólo le haría sombra el incremento del valor del petróleo a comienzos de los ’70 (hoy redivivo) que dio comienzo a la hegemonía de la ortodoxia neoliberal y el terrorismo de estado.
No es que hasta hace dos semanas el mundo se encontrara en un equilibrio entre la armonía y la prosperidad. Por un lado porque la guerra preventiva de Bush, luego de reducir a escombros Kabul y Bagdad, perpetúa su ocupación humillante, amplía su campo de acción militar en la región, amenaza con guerras a otros estados, entretanto participa alegremente de cuanta intervención diplomática desestabilizadora o golpista se le presenta en nuestro subcontinente. Ya tuvimos ocasión de referirnos a esta exportación de la barbarie desde este mismo lugar. La dinámica diplomática y bélica del imperio, lejos de despejar el horizonte de la humanidad, lo ha oscurecido de muerte, tortura y destrucción.
Por otro, porque algo igualmente macabro venía aplicándose en la economía con la utilización de verdaderas armas de destrucción financiera que luego de arrasar América Latina no pudieron evitar sus efectos en casa. La recesión estaba instalada al menos desde hace un año en la economía norteamericana, profundizándose sin poder detener el actual derrumbe. Desde entonces vinieron aplicándose recetas específicas sin beneficio de inventario como la baja de tasas, la capitalización de bancos o las líneas de liquidez. También el estímulo a la compra de las empresas comprometidas del campo especulativo por las más grandes, produciendo concentración de capital y tendencias oligopólicas, entre otros parches menores de ocasión que no lograron superar la recesión, ni tampoco evitar la precipitación final del derrumbe con la caída de Lehman Brothers y AIG mientras asistimos a la quiebra de otros más en estos días.
Ora por las armas de destrucción física, ora por las de destrucción financiera, el imperio asfixiante pasa a sentirse asfixiado y reclama oxígeno.
El epicentro del estallido hay que buscarlo en la timba y no en la producción o el desarrollo de la demanda ¿Quién despreciaría contar con acceso a la vivienda mediante créditos de larguísimo plazo, prácticamente sin anticipos ni presentación de ingresos y garantías? Millones de personas compraron sus viviendas con hipotecas de muy fácil acceso generando un boom inmobiliario, una burbuja que al pincharse hizo descender abruptamente el valor de las propiedades. Los bancos hipotecarios y de inversión incluyeron estas hipotecas en turbios «bonos hipotecarios», tomando dinero prestado para expandir aún más sus osadas colocaciones sin respaldo de capital propio y a cambio de ladrillos (plásticos tratándose de la arquitectura del norte) hoy totalmente devaluados. Se constituyeron así en bancos basados en inversiones especulativas de altísimo riesgo en un entramado crediticio de gran diversidad, complejidad y volatilidad.
No deja de constituir una ironía de la historia que los fondos y bancos de inversión derrumbados fueran además calificadoras de riesgo que hasta hace semanas exportaban sus catastróficas predicciones sobre el futuro de las economías latinoamericanas, en proceso de expansión. Elaboraban verdaderos instrumentos de control político y de manipulación de la opinión pública y particularmente del lobbismo empresario, a través de los medios de comunicación hegemónicos que reproducían dócilmente sus recomendaciones. Sus «informes» sobre la economía mundial y las sugerencias a los inversores, contribuyeron a implementar las políticas de libre mercado en nuestras latitudes, precisamente las que proponen revertir en las suyas mediante un pedido de auxilio al Estado con dineros públicos.
La onerosísima solución ideada por Bush de realizar un «rescate» de 700.000 millones de dólares comprando la cartera hipotecaria quebrada requiere un análisis, tanto cuantitavo como cualitativo. En su magnitud resulta descomunal. Dividida esa cifra por los 300.000.000 de habitantes del norte arroja un saldo de 2.333,33 dólares por habitante. Si a los efectos comparativos aplicáramos ese valor a la población uruguaya nos dará una cifra de intervención de 7 mil millones de dólares. Es decir, un tercio del PBI uruguayo de 2007 y algo muchas veces superior a la viscosa «ayuda» del FMI durante la crisis de 2002 bajo el gobierno de Jorge Batlle. A la vez, esta nacionalización de las hipotecas incobrables, tal como correctamente la define Boaventura de Sousa Santos, se realiza por un monto caprichoso, indeterminable. Luego de la endogámica e intrincada ingeniería financiera aplicada por los bancos durante los últimos años, nadie sabe con certeza el valor de esos papeles.
Cualitativamente, supone una enorme transferencia de ingresos públicos hacia el sector especulativo que pone a salvo su continuidad parasitaria, cuando los inmediatamente perjudicados son los más de cuatro millones de trabajadores que perderán sus viviendas luego de haber pagado parte de sus deudas. Los bancos, las financieras y fondos de inversión, las aseguradoras y calificadoras de riesgo que lucharon por la reducción de los impuestos y el achicamiento del estado y del déficit fiscal reclaman ahora el auxilio de la recaudación impositiva para su propio beneficio y continuidad. Son esos propietarios reales los que requieren auxilio, a riesgo de quedar en la calle y profundizar aún más con ello la dinámica recesiva.
El mientras tanto de estas horas refleja la continuidad especulativa y la presión por el rescate. Como la estampida de ahorristas ante la crisis los induce a reducir riesgos y tratar de anclar en puertos seguros, aún en desmedro de la rentabilidad, se produjo un auge de atesoramiento de dólares y compras masivas de títulos públicos estadounidenses. De forma tal que se incrementa el valor de estos títulos llevando a disminuir la tasa de interés implícita. En consecuencia, se agranda la brecha con los títulos de los países latinoamericanos y sube el dólar (desde Frankfurt pasando por Tokio hasta Montevideo) y más insólitamente aún, lo hace también el riesgo país latinoamericano en general.
No resulta incoherente que el congreso norteamericano, que consideró necesario invertir la misma cifra en las aventuras bélicas orientales, tanto como la negó para incrementar la protección social, la salud, la educación, contemple hoy la posibilidad de asistir al capital especulativo dándole la espalda a millones de pequeños propietarios desahuciados. En cualquier caso, será el pueblo norteamericano el que deberá extraer las lecciones de esta historia y encontrar los caminos políticos para su solución y para la mejor inversión de sus ingentes recursos.
En América Latina, esta crisis insinúa una doble perspectiva. Por un lado, permitirá reforzar la salida del modelo neoliberal tímidamente ejercitada en buena parte de sus experiencias actuales. Las instituciones internacionales de crédito (FMI, BM, etc.) quedan completamente desacreditadas tanto como sus históricas recetas ortodoxas. Con ellas también las presiones privatistas y liberalizadoras de los mercados y debilitadoras de los estados. Reforzará posiblemente las tendencias centrípetas hacia una mayor integración y complementación tanto económica a través del Mercosur o política mediante la Unasur.
Sin embargo, no es deseable una crisis capitalista en ningún
sentido. Aún no se ha logrado aquí siquiera salir plenamente del modelo neoliberal, por temor o incapacidad, y no se está en condiciones de aislarse de las consecuencias de una muy probable implosión del patrón de acumulación internacional. Las tareas pendientes de esta etapa no van más allá sin que esto sea poca cosa- del inicio de una construcción neokeinesiana, aún en ciernes, ya que cualquier otra alternativa más radical carece de proyecto y encarnadura social. Toda simplificación supuestamente izquierdista del «cuanto peor, mejor», así como de la exaltación mecanicista de la simetría de las alternativas políticas norteamericanas, no contribuirá a preparar las bases para el avance de un reformismo cierto y efectivo. Por el contrario, en una involuntaria alianza con los gurúes de la banca internacional, contribuirán a asfixiarlo.
|*| Profesor Titular de la Universidad de Buenos Aires, escritor, ex decano.
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