Escrito por: Tercera época Por Antonio Pippo
¿Por qué es más importante un programa de gobierno que un candidato? La razón esencial es biológica.
Un candidato es un ser que ha nacido y crecido, se ha alimentado, ha copulado y por tanto se ha reproducido bueno, a veces- y va a morir en cualquier instante. Esto debe entenderse bien: quiere decir en quince segundos, un par de días o algunos años, pues nadie tiene comprado ni siquiera un pedacito de inmortalidad. Los seguros de vida sirven a los que quedan, no a los que se van.
Los candidatos, ya aspirantes, ya confirmados, pasan. A veces rápidamente.
Un programa de gobierno no muere. Puede ser más o menos flexible, enriquecerse, cambiar o crecer en tamaño y en sus objetivos, pero no hay cáncer, cirrosis, infarto ni accidente de tránsito que se lo lleve. Si fracasa, o se tranca, es posible mejorarlo o empujarlo para que vuelva a andar hacia la meta establecida. Y eso lo pueden hacer muchos, sin que sean necesariamente unos iluminados o personas que carguen pesadas bolsas de votos.
Los programas son, tomándome cierta licencia para decirlo, inmortales.
¿Por qué entonces los dirigentes supuestamente más ilustrados de la izquierda siguen emperrados en desenredar la madeja en que se ha convertido, y no por obra y gracia del Espíritu Santo, la elección de la fórmula presidencial, enterrando, al menos de momento, los necesarios esfuerzos por un programa que aproveche la experiencia del gobierno y los desafíos del porvenir?
No quiero ser ofensivo, pero esto me hace recordar la frase que Wimpi llamaba la mejor definición de la palabra cementerio: “El lugar donde están todos los que creían que sin ellos el mundo no iba a andar”.
Si quienes hoy se exhiben como los principales aspirantes fueran iluminados por la razón, desplazando al ego, quizás se evitase esta patología política.
Pero me parece que están muy concentrados en admirar su propio ombligo, mientras el resto se divide, boquiabierto, entre la admiración y el cálculo.
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