¿Cómo dijiste?
Los especialistas tienen un problema que parecen no advertir. Suelen usar un lenguaje raro el rastreo de cuyos orígenes puede tener interés arqueológico básicamente caracterizado por el abundamiento de palabras y por hacer compleja hasta la cuestión más sencilla.
Es tan así que uno, a veces, siente que entre todos los planes de salud bucal que se han organizado, para bien de la sociedad, falta uno: aquel que impida que algunos puedan abrir la boca.
Ese problema es más notorio cuando se comunican diagnósticos a la gente.
Por ejemplo, y recientemente, se han reunido varios profesionales con el ponderable objetivo de debatir acerca de la reducción de la pobreza infantil. Fue entonces que reaparecieron vocablos y conceptos, simples y compuestos, del tipo de «sustentabilidad social», «mantenimiento de políticas que contribuyan a la formación de capital humano», «universalización de las ofertas de centros de atención a la primera infancia», «balance entre las generaciones para que los niveles de pobreza de niños y adolescentes sean similares a los de los adultos mayores», e «incremento de la inversión pública en la infancia, sin descuidar a las otras franjas de población».
¿Sería posible traducir todo esto a menos palabras y un concepto central?
Sí, se puede, a fin de que el ciudadano común entienda: todo es cosa de redistribución de la riqueza y de cuánto el Estado decida poner en la canasta.
Voy a recordar una frase ajena: «Las formas de hablar vagas e insignificantes y el lenguaje abusivo pasaron durante tanto tiempo por misterios de la ciencia, y palabras duras o mal empleadas han tenido por precepto tal derecho a ser confundidas por profunda sabiduría y suma especulación, que no será tan fácil persuadir ya sea a los que las dicen, ya sea a los que las escuchan, que no son sino disfraces de ignorancia y un estorbo al verdadero conocimiento».
La dijo John Locke hace tres siglos. Es dura y conmueve su vigencia.
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