LA PELIGROSA ELECCION DE LA REELECCION
El corto desarrollo del siglo XXI en América del Sur, vino trayendo consigo experiencias novedosas, de cierta elocuencia y significación. Algunas largamente esperadas, otras más abruptas y sorpresivas. Las hay tanto estridentes, cuanto apocadas y tibias. No obstante, parecen venir dibujándose a pulso las primeras líneas, aún sinuosas, que comienzan a teñir el mapa de la región con una difusa pigmentación progresista.
La generalización resulta siempre inexacta y simplista, ya que también hay claros ejemplos para desmentirla como la Colombia de Uribe o el Perú de García. Se trata, desde una perspectiva económica trazada a brocha gorda, de la incipiente realización de un giro con mayores o menores matices heterodoxos (por oposición a la ortodoxia neoliberal) sin que logren siquiera emerger en todos los casos, como expresiones neokeinesianas. Son, antes bien, híbridos irregulares, enclaves experimentales sui generis en plena contorsión traumática, en un contexto de rearme de las derechas montadas estratégicamente sobre la reprimarización extrema de las economías del sur y, políticamente, en la confrontación -salvaje en ciertos países- por la reapropiación de los sillones. El paisaje político-institucional de la región, inversamente, no da muestras de líneas directrices de grandes cambios (a excepción de la introducción de un instituto de revocación en algunos países) y en ocasiones supone retrocesos.
Sin embargo, del conjunto, sólo dos de estas experiencias resultaban esperables, a la par que deseadas y deseables, al menos para quienes le suponemos alguna consecuencia virtuosa al proceso de construcción política desde abajo, a la decantación y experiencia de articulaciones de izquierda originales, novedosas, con bases sociales reales, forjadas en la fragua de las luchas, de la compleja convergencia pluralista, del paciente realismo político de experiencias locales de gestión transformadoras y embrionarias. Aludo obviamente al PT brasilero y al Frente Amplio uruguayo. Ninguno de ellos son fenómenos meramente mediáticos y circunstanciales, sino inversamente, arduas construcciones históricas. Ambas encarnaciones políticas son bien diferentes, tanto como lo son sus países, con su desigual morfología geopolítica, económica y social. También lo son sus tradiciones republicanas y las proporciones de dominio alcanzado en cada caso en la arena parlamentaria. En el resto, las emergencias resultaron sorpresivas, improvisadas y signadas por el fulgor personalista.
¿Quién esperaba diez años atrás que un actor del golpismo del siglo XX como Chávez, deviniera inventor del «socialismo del siglo XXI»? ¿Quién que el peronismo neoliberal salvaje y represivo del siglo pasado, reemergiera -a través del dedo mafioso de Duhalde- travestido de progre en el diunvirato kirchnerista, a la sazón antiduhaldista? Morales, Lugo o Correa no escapan a esta tendencia amasada con la prisa, la desesperación de las masas ante el desamparo y la levadura del culto a la personalidad y la videopolítica más allá de sus inmejorables propósitos y rumbos. El caso chileno, inversamente, parece signado por una opaca estabilidad y lánguido continuismo.
Sin embargo, si bien la propia experiencia de poder puede ayudar a contrarrestar las debilidades inherentes a la ausencia de construcción colectiva, iniciándola y organizándola, acortando potencialmente tiempos, el centro de la mirada crítica debiera volver a enfocarse en los dos procesos históricos inicialmente aludidos como de larga trayectoria. Por un lado, por la contribución que realizan a la ruptura y superación de los arquetipos organizativos de las izquierdas políticas (tanto del leninismo omnipresente en todo grupo revolucionario, cuanto de la impotencia socialdemócrata); por el otro, debido a la importancia que sus éxitos o fracasos tendrán para la construcción de alternativas contrahegemónicas en el resto del mundo. Salvo que por alternativas se entienda el «milagro» de una inesperada insurrección o la emergencia casual de algún oculto líder carismático advenedizo.
Poco antes del triunfo de Lula y Tabaré, en mi libro Olla a presión, que conoció también una edición uruguaya, sostuve que la insurrección popular argentina del 2001/2 contribuiría a la ineluctabilidad de los triunfos de la izquierda en Brasil y Uruguay y que con ellos se iban a poner en juego no sólo sus propios destinos sino los de una posible nueva izquierda internacional. Curiosamente, de todos mis críticos, los más escépticos resultaron los uruguayos, hoy protagonistas. Cierto es que el tamaño del país y el silencio casi absoluto de la prensa mundial ayudan a minimizar el lugar que ocupa el proceso político uruguayo para las izquierdas y la mirada internacional. Pero sigo creyendo que, efectivamente, el oriental es uno de los dos laboratorios de transición que definen las mayores o menores perspectivas de las izquierdas del mundo (al menos el occidental) trayendo, ya sea impulso, ya desazón, según sus resultados cualitativos. Sospecho que la resistencia a asumir este papel objetivo, que creo que la historia le concede, procede de las entrañas ideosincráticas mismas de esta sociedad.
Las distancias de estos dos proyectos de transformación social puestos en juego con el resto, no son, sin embargo, estancas ni absolutas. El transcurso de las experiencias brasileña y uruguaya no dejaron de acrecentar la figura, influencia y centralismo de sus dos líderes presidenciales por sobre la estructura política, los horizontes programáticos y la dinámica de lucha y movilización que les dieron origen y les allanaron el camino al poder. Las recientes encuestas le otorgan a Tabaré nada menos que un 57% de intención de voto, cosa celebrable si no produjeran con ella una seducción hacia el atajo político y el forzamiento institucional. El peligro se instala allí donde impide transferir este capital político hacia su propia organización, donde contribuye a abrir una brecha entre el sujeto y la estructura, donde corroe y debilita las fuentes de una legitimidad y eficacia transformadora de largo aliento que deriva de la naturaleza institucionalmente colectiva del poder.
Una parte significativa de estas experiencias de cambio en el sur, introdujeron, tempranamente, proyectos de reforma constitucional en los que la reelección formaba parte de su propósito vertebral. Resulta alarmante constatar que el progresismo sostenga un instituto político de semejante potencia regresiva sólo en nombre del realismo oportunista. Desde un punto de vista doctrinario reproduce el caudillismo y el paternalismo, construye el imaginario de dirigentes insustituibles, facilita la perpetuación y concentración de poder, además de las desventajas funcionales que origina. Inversamente, la rotación es el instituto tal vez más eficaz para erosionar ese personalismo, la reproducción de jerarquías y la burocratización (y, con ella, la corrupción).
El reeleccionismo refuerza los roles jerárquicos, consolida la división dirigentes-dirigidos, organiza la red de cooptación y resguarda a sus usufructuarios y sólo parcialmente puede limitarse introduciendo un nuevo instituto como es el revocatorio. Es obvio que estas consideraciones no atañen sólo a los cargos unipersonales sino a todos los elegibles, tanto en el Estado como en los partidos y también en las organizaciones civiles. La problemática desborda los límites de la reelección presidencial, aunque es ésta la que está en el centro de la agenda actual del debate político.
El mayor peligro que acecha a las izquierdas es el entusiasmo y encandilamiento ante la oportunidad. No porque no deba celebrarse alguna coyuntura puntual, como lo hace, correctamente, desde esta misma contratapa, el senador Michelini en el día de ayer. Sino porque el éxito de un proyecto de transformación político, económico y social no puede atarse al carro de la encuestología o al éxito mercantil del poroto de soja y la salud del eucalipto.
Afortunadamente, quien parece
comprenderlo cabalmente es el propio presidente Vázquez.
|*| Analista
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