Gato por liebre

A veces las palabras terminan formando su propia cáscara, y después la cáscara sustituye a las palabras, de manera tal que algunas expresiones más o menos ingeniosas se cuelan por las hendijas de nuestro entendimiento para sabotearlo y oscurecerlo.

Cuando se habla de seguridad pública, pocos son los que en realidad se refieren a esa enorme constelación de derechos y obligaciones que constituye el contrato social de una nación. No se trata solamente del respeto a la letra de la Constitución y las leyes, sino de la comprensión y apropiación de un complejo sistema jurídico y moral, que termina por formar una red de acuerdos entre las personas y sus instituciones. Hoy por hoy, cuando se habla de inseguridad pública en verdad se habla (aunque no se dice) de policías y ladrones, y casi siempre de ladronzuelos de baja estofa, pillos de vida triste y gatillo fácil que son capaces de matar por unos pesos.

Los usan a ellos, y con ellos quieren hacernos pasar gato por liebre. Entonces, como al desgaire, se intenta destapar al gorilita que todos llevamos dentro y se clama por más protección. Se pide a voz en cuello que haya más cárceles, más policías, más rejas y más vigilancia. Palo y palo. Como si la memoria fuera de pronto olvido y nadie recordara la paz de sepulcros que instauró la dictadura militar. En aquella época los robos y las rapiñas de a pie disminuyeron de forma sensacional. Claro que fue a puro garrote, a balazos, a fuerza de conculcar derechos individuales. Ahí no había rapiñas, ni graffitis ensuciando los muros, ni peludos en la calle, ni marihuana. Había, sí, grandes negociados, turbiedades gubernamentales que le costaron al país cientos de millones de dólares. Había muertos y desaparecidos. No se consumía tanta marihuana, ni existía la pasta base. En general los impunes le daban con entusiasmo a la cocaína de excelente calidad, que en no pocas ocasiones era traída por destacadas «personalidades» afines al régimen, vía Buenos Aires, en avión de línea.

Así que en estos días, con cierto desparpajo, se plantea como cuestión de Estado la «inseguridad pública» por la que supuestamente todos padecemos, y se mezclan datos, cifras, noticias y opiniones, ideas y ocurrencias, tanto de reputadas autoridades como de simples vecinos. Entonces, de ese entrevero que no tiene nada de ingenuo, surge una especie de estado de ánimo colectivo, no verificable, momentáneo y manipulado. Es la famosa «sensación térmica».

Cabe preguntarse si tiene sentido (en la más honda acepción de la palabra) colocar en la misma página o en la misma sección informativa, una rapiña, un accidente de tránsito, una denuncia por fraude y una muerte por mordedura de crucera. Parece claro que no, pues ello se presta, quizá de manera involuntaria, al transvase emocional del público, que termina con un compendio violento aunque no necesariamente delictivo de lo que acontece en la sociedad.

Para poner ejemplos recientes, a nadie se le ocurrió incluir en las páginas o capítulos policiales de diarios, revistas y noticieros los graves episodios de violencia deportiva acontecidos en Montevideo tras un partido de básquetbol. No parecía conveniente semejante inclusión. En general, las pendencias en ámbitos deportivos van en la portada y en la sección Deportes. Es obvio que en ese proceso periodístico hay un gesto editorial para descriminalizar un hecho que muchas veces ha terminado de forma criminal, pese a lo cual nunca ha sido tratado como un suceso de la llamada «crónica roja».

Por otra parte, es dudosa la legitimidad como información «policial» de un accidente de tránsito. En la práctica, la inclusión de ese tipo de noticias en ese convoy sangriento no hace más que incrementar el volumen y el color de la violencia. Por supuesto que esa violencia está instalada entre nosotros y nos golpea día a día. Pero es incorrecto establecer vínculos directos entre la violencia, el delito y la inseguridad de las personas.

La violencia se expresa a diario en las calles y de muchas maneras. La preponderancia absoluta que tienen los automovilistas sobre los peatones es una forma de violencia, que además genera resentimiento. La prepotencia del más grande sobre el más chico también. La incitación permanente e irresponsable al consumo desenfrenado es otra forma de violencia, pues muchas son las personas que reciben ese bombardeo de imágenes y promesas en absoluta indefensión. La intolerancia y el fundamentalismo con los que se abordan algunos asuntos como la despenalización del aborto, o el alboroto mendaz a raíz de los derechos conquistados por las personas homosexuales, también son formas más o menos explícitas de la violencia.

Vivimos en una sociedad que día a día incrementa sus niveles de violencia. Basta detenerse a analizar la oferta de juegos de computación para niños. Que pruebe a hacerlo cualquier lector, nada más que para entender algo de lo que ocurre: comandos que desembarcan en Bagdad disparando poderosas ametralladoras que hacen saltar la sangre de unos enemigos de turbante que gritan y se retuercen en el suelo, bombardeos aéreos sobre ciudades y pueblos, juegos «retro» que recrean la lucha en Vietnam con napalm incluido, etc. Podíamos seguir con la televisión y su oferta para chicos y grandes, tanto en aire como por cable. O la publicidad con sus ingeniosas creaciones (por ejemplo la de esa joven estrella del rock que empieza tirando una tele por la ventana y termina dejando de propina un chicle mascado). O las consignas políticas de algunos sectores, o hasta sus nombres, santos y señas, para no recordar algunos episodios parlamentarios con insultos, empujones, piñas y amenazas.

En fin, hay momentos en que la violencia parece ganar la cuereada. Contra eso cada día se libra una batalla invisible. En el seno de cada familia, en el corazón de cada uno de nosotros, a toda hora y en todo lugar. La verdadera inseguridad pública la gestamos en esos ámbitos, y es allí donde hay que poner el acento para desestimular las conductas agresivas y sus expresiones más llamativas.

Establecer un vínculo directo entre esta sociedad que se relaciona entre sus integrantes en clave cada vez más violenta, con los episodios delictivos que acontecen en ella parece, cuando menos, excesivo. Y suplantar la una por los otros en la información es, sin duda, un despropósito que termina creando una «sensación de inseguridad». Son comprensibles los apetitos políticos de unos, los celos de otros, la atropellada de ciertos futuros posibles candidatos, el oportunismo de este, la desvergüenza de aquel, en fin, las linduras de (como se dice ahora) todas y todos. Lo que no resulta bueno es tratar de pasarle gato por liebre a la población. La llamada «agenda del miedo» es en realidad una agenda política, central de cara a las próximas contiendas electorales.

No podrán ser parte de esa agenda, como ya está visto, ni el desempleo ni el desorden financiero ni la falta de atención a los problemas de los más necesitados. No será la dejadez de la educación pública, ni la falta de inversiones o de obras, ni la postración del campo. Esas estrategias están condenadas de antemano al fracaso. Será, entonces, ese confuso coctel de miedo y excitación que bebemos a diario, legitimado y refrendado con diversas jugarretas, al que pomposamente se le ha dado en llamar «inseguridad pública».

|*| Periodista y escritor

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