LA COLUMNA AMARILLA

Obstáculos

El miércoles pasado, antes del inicio del plenario de Diputados, Washington Abdala fue cariñosamente saludado por muchos de sus pares. No sólo colorados, también blancos y oficialistas.

¿Hipocresía parlamentaria? Tal vez. Existe, ¿quién diría que no? Sin embargo, me pareció advertir sinceridad en esos gestos, como surgidos de un sentimiento de compasión por quien, luego de años de servicio a la causa de un hombre, fue desmovilizado de un modo subrepticio e impiadoso, quedando huérfano y a la intemperie.

Es cosa extraña el Partido Colorado en estos días. Los viejos pontífices, arcaicos tótem de algo que fue y ya no será, aún no han dejado de meter la cuchara, agitar en exceso el café y terminar derramándolo. Por otro lado, se dibujan en el horizonte dos corrientes: una, organizada, prolija, sabia, aprovechadora de las macanas ajenas, que encabeza Pedro Bordaberry y que ha cargado sobre sus espaldas el peso de los primeros restos; otra, destartalada, raída, confundida, que es un cambalache donde van despertando inquietos los autodenominados ­quizás lo sean en algún caso, qué sé yo­ renovadores, y donde conviven los señalados a dedazo limpio con los desheredados, los desconcertados y los oportunistas.

Aun de un entrevero semejante puede salir algo constructivo. Sólo que hay a la vista dos obstáculos arqueológicos. Hasta que los ojos saltones entornen sus párpados ­aunque haya quien diga que el hombre en cuestión, el manco, no los tiene­ y hasta que las cejas abundantes y excitadas no se conviertan en una pilosa y amable declinación, caídas sobre algún libro de pintura, cualquier tendencia sincera, verosímil de renovación estará jaqueada, amenazada. Temblará.

Los colorados tienen dirigentes jóvenes y capaces. Sus problemas para convertirse en un movimiento constructivo en medio del despelote son dos: la atomización, que sólo reforzará la posición del dinámico Pedrito, y los dinosaurios todavía activos.

¡Qué desafío!

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