AGONIZA LA DOCTRINA DE LOS DOS DEMONIOS
Desde un tiempo a esta parte ha proliferado en Uruguay una pandemia peligrosísima: la narcótica debilidad generalizada en ámbitos políticos por «lo que diga la prensa».
Trastocando los términos de la realidad (síndrome «televisión»), existe sólo aquello que sale en ella. Los hechos concretos, si no salen, no existen. Es una maravilla de la ontología contemporánea.
Instalado tal fatal equívoco, los hombres públicos se van transformando, incluso mal que les pese, en especialistas sofisticados de crear realidades virtuales en sustitución de las otras. Por lo que así podemos observar cómo y cuánto se vive en un mundo de ilusiones, espejismos y colosales mentiras.
Es más: dado que el mundo «real» actual es ese, hay muchísimos que han renunciado definitivamente a protagonizar cualquier cosa en el otro, incluso a vivir en ese otro y, por ejemplo, producir noticias con sus manos, sus decisiones, sus logros.
Es el mundo de la butaca. Todo transcurre, sea ficción o no, detrás de la pantalla. Nos queda ser espectadores muy cómodamente pasivos, o artistas.
Esto, aunque usted no lo crea, proviene de la abogacía: lo que no está en el Expediente, no existe. O sea: proviene de un «país» que creyendo fervientemente en ello construye realidades de papel y tinta a cambio de físicas y químicas; moleculares y atómicas.
Y, cuando en un país, el Poder Judicial y el Poder Ejecutivo tienen que sudar la gota gorda para demostrar lo obvio, parece evidente que están pasando cosas muy extrañas (por lo menos eso), costosas e incomprensibles.
Cuando por fin ello se logra, recién entonces, no hay más remedio que dar cuenta de la imponente realidad en la prensa. Pero poquito.
En Uruguay (y en el resto de la región) se había construido respecto al pasado una portentosa «realidad virtual»: la culpa de todo la tenían por un lado un puñado de guerrilleros locos y por el otro un puñado de militares más locos todavía. Ello quedó transformado en Doctrina: la Doctrina De Los Dos Demonios. Mediante esa mentira quedaban exentos de culpas y responsabilidad todos los demás pero en especial los principales.
Se despachaba rápida y cómodamente el espinoso asunto. Era esencialmente confortable.
Si bien ya venía muy «cascoteada» (aunque costó años hacerlo), en estas horas, con la detención de Bardesio, asistimos a su agonía. El comienzo de su tan previsible final.
Ya en julio de 2003, en pleno gobierno de Jorge Batlle, fue conocido en Uruguay el documento Confidencial recién desclasificado por el Departamento de Estado de los Estados Unidos titulado «Airgram A-17″, fechado el 2 de febrero de 1972, en el que se registra una charla del embajador de EEUU en Uruguay, Charles Adair, con Jorge Batlle, quien durante su transcurso le informó al embajador que «como lo había hecho en anteriores conversaciones con nosotros, Batlle repitió que apoya atacar el problema terrorista con un nuevo, pequeño, secreto grupo que pelearía a los tupamaros en sus propios términos. Dijo que tal grupo tendría que ser establecido fuera de las autoridades legalmente constituidas.» (El subrayado es nuestro).
Esto lo publicó Búsqueda en su edición del jueves 17 de julio de 2003 (pág. 12).
Luego fue publicado en el libro de Clara Aldrighi «El caso Mitrione (La Intervención de los Estados Unidos en Uruguay)». (pág. 254).
Y, finalmente, el jueves pasado en Brecha.
Pero solamente cuando nosotros lo dijimos por radio y televisión, Jorge Batlle reaccionó violentamente acusándonos de demencia senil y de canalla. Lo primero es posible (y agradecemos el diagnóstico proveniente de tal especialista insuperable), y lo segundo una simple muestra impotente del nerviosismo que lo aqueja y de un proverbial y famosísimo libertinaje de la lengua larga que muy a menudo termina en desamparados e inconsolables llantos de dimensión internacional.
Porque claro: si es citado Bardesio, deberá serlo Jorge Batlle (y también Charles Adair). Las consecuencias políticas y sociales son claras.
El tétrico «Escuadrón de la Muerte» no fue cosa de sórdidos y corpulentos sicarios bigotudos con lentes negros capaces de matar por placer como en las películas (y en la realidad) sino, y muy fundamentalmente, cosa de gente pretendidamente fina, culta, políticamente correcta, y muy disfrazada hasta hoy.
Ahora bien: la culpa de que Jorge Batlle haya sido «buchoneado» tan alevosa y gravemente por Estados Unidos no la tenemos (de paso queda meridianamente claro que aquel lejano y poderoso país lo sabía. En realidad los organizó sistemáticamente, con la invalorable ayuda cipaya, a lo largo y ancho de América y el mundo).
¿Por qué Jorge Batlle no se «la agarró ni agarra» con el Departamento de Estado? ¿Por qué no lo insulta? Todo Uruguay sabe desde hace muchísimo tiempo por qué.
Debemos reconocer sin embargo que en su discurso del 1º de marzo de 2000 en la Asamblea General tuvo la valentía de reconocer la falsedad de la Doctrina de los Dos Demonios y aceptar que en aquel pasado hubo muchas y muy diseminadas responsabilidades y culpas. También reconocer que rompió las barreras políticas puestas acérrimamente por sus correligionarios en la entrada del camino que conducía a la posibilidad de investigar algunas cosas extremadamente graves del pasado.
El penoso, deshilachado, y a esta altura inútil velo que se le quiso poner a la tenebrosa historia del Escuadrón de la Muerte, ya no oculta nada. Todo va quedando a la vista y, muy especialmente, la responsabilidad ineludible del gobierno colorado de aquellos años.
Es más (y como dato curioso): los militares, una vez dueños de la situación (mucho antes de la disolución del Parlamento), desmantelaron el Escuadrón de la Muerte. No admitieron «tercerizaciones»: la muerte pasó a ser asunto total y exclusivamente suyo.
|*| Senador nacional, escritor
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