LA CRISIS COLORADA

La experiencia nos inclina hacia análisis exentos del juicio sobre las personas y nos dice que de ellos se obtienen mejores conclusiones.

 

El fin de un orden partidario

Es claro, por ejemplo, que el resurgir republicano del Partido Colorado, que se dio con la recuperación de la democracia, fue luego abolido por la dirección del Partido en la década del 90. Los trabajos en el sentido republicano como, por ejemplo, por el NO a la dictadura de 1980, la victoria abrumadora de los sectores anti proceso militar en 1982, el decisivo acto del Obelisco en 1983, los espacios plurales de formación de opinión democrática y republicana (como los semanarios más leídos, Jaque u Opinar, medios colorados donde escribían ciudadanos de todas las tendencias democráticas), la incorporación de una generación nueva al Partido con esa demanda republicana, el alto grado de debate interno en ese período (sistemas colegiados de poder legitimados en una actividad muy regular de la Convención), etcétera, fueron sustituidos posteriormente por un gobierno bicéfalo residente en las personas de los doctores Batlle y Sanguinetti.

¿Qué los llevó a ellos a eso? Debe descartarse, en cualquier análisis serio, que la causa fue la mala voluntad. Es más sensato observar que se dio un escenario de alta competitividad entre ambos en un partido de débil institucionalidad. No era un partido de afiliados, de estructuras fuertes de abajo hacia arriba, donde las diferencias puedan ser vehiculizadas por los mecanismos de la institucionalidad partidaria. No. Fue una puja por cooptar cuadros hacia la chacra chica en abandono de la gran chacra del Partido y, sobre todo, de la concepción de un partido como una plataforma permanente de propuesta de país.

Por qué el Partido había devenido en esa estructura institucional débil cuando su éxito había dependido, en su apogeo, de su fuerte institucionalidad (durante una docena de años del ciclo de Don Pepe, por ejemplo, la Convención se reunió promedialmente 40 veces por año) es una pregunta que debe responderse. Tal vez, una explicación pase por que la disputa de ideas -que derivara del funcionamiento institucional del partido- fue sustituida, desde los años 60 y la hipercompetitividad sin instituciones partidarias, por una mera disputa de poder que encontró como un arma clave entre los contendores las prácticas clientelares.

Los años 90 fueron, por otra parte, particularmente agudos en el fenómeno desinstitucionalizador del Partido porque en realidad el pensamiento político en la región de esos años era desinstitucionalizador de los partidos en el gobierno. Como respuesta a las crisis hiperinflacionarias de los años 80 en América Latina se dio en los años 90 un hiperpresidencialismo que trajo como nuevas figuras institucionales tanto la reelección presidencial inmediata (Menem, Fujimori, Fernando Henrique, etcétera, figura que hoy rige en seis países de la región, mientras la reelección no inmediata rige en 8 y la prohibición de reelección para nunca más en 4 países) cuanto el balotaje que le da al Presidente resultante la mayoría popular absoluta (en 10 años lo adoptaron 13 de las 18 democracias latinoamericanas).

Esa cultura regional hiperpresidencialista ­el mundo visto de arriba hacia abajo­ coincidió con el fenómeno de la segunda presidencia del Dr. Sanguinetti. Diversos argumentos se hacen contra esa figura de la reelección aunque no sea inmediata, como por ejemplo, la concentración excesiva de poder que ella estimula. También, que en una segunda presidencia el Presidente suele ser más presidencialista y ello marca una mayor distancia con la conducción detallada y cercana del gobierno. Delega mucho más, y el sistema de «Presidencia-fuerte-con-delegación-extrema» puede ser más fácilmente utilizado por capturadores intermedios de rentas ilegales. Por razones parecidas, antaño, muchas más constituciones latinoamericanas prohibían cualquier tipo de reelección presidencial.

Lo cierto, en suma, es que el Partido no reunió su Convención por 12 años. La cultura resultante, aunada al personalismo campeando en un ambiente hiperpresidencialista, derivó en que se hicieran posibles fenómenos nocivos de alto impacto popular que llevaron al Partido a su debacle. Por otra parte, asimismo, el cultivo de una cultura no republicana determinó que el Partido republicano del país se volviera, en la práctica y contra natura, en un partido defensor de algunos poderes fácticos. Un partido republicano sabe que sólo con un acerado sistema de pesos y contrapesos de poderes, del cual resultan las garantías del ciudadano, el Estado logra arbitrar de modo que los poderes de hecho, los poderes fácticos no les confisquen a los ciudadanos condiciones materiales y calidad de vida.

Lo cierto también es que ese orden partidario acaba de morir por estos días. Había dos resoluciones de las últimas semanas de los doctores Sanguinetti y Batlle. La del Dr. Sanguinetti era que el Sr. Hierro fuera candidato del Foro Batllista. La del Dr. Batlle era que el Dr. Amorín NO fuere candidato de la lista 15. Nominado que fue hace unos días el Sr. Hierro, de inmediato el Dr. Abdala y los referentes de 5 departamentos abandonaron el Foro. Dos de ellos, además, se decidieron por Amorín.

Descontamos que las decisiones de los doctores Sanguinetti y Batlle hayan estado animadas de las mejores intenciones en cuanto a su concepción de lo que consideraban el mejor camino. Lo cierto es, sin embargo, que el peso político de ambos se ha visto dramáticamente disminuido porque la realidad de estos días va en contra, muy rotundamente, de lo que habían decidido. Lo que decidió uno, por carambola, desautorizó a los dos. Más allá de la consideración que se les pueda tener en el futuro, su tiempo de conducción partidaria se ha acabado. Tal vez hubiera sido mejor ­y más lógico­ que este proceso se hubiera producido hace tres años.

 

La nueva realidad

Quien esto escribe detectó tempranamente, a principio de los años 90, el debilitamiento republicano del Partido, advirtió privada y públicamente las consecuencias fatales que ello acarrearía, rechazó explícitamente por ello generosas ofertas de los sectores mayoritarios del mismo que lo hubieran sumido en complicidad, y no fue candidato a nada por el Partido ni en las elecciones de 1994 ni en 1999. Combatió ardorosamente, sí, durante ese tiempo, a través de los órganos de prensa que generó, tanto lo que antes hemos llamado «fenómenos nocivos» cuanto a los poderes fácticos. Y, desde luego, también en Posdata, por una visión del pasado de los derechos humanos diferente a la predominante entonces y equivocada en el Partido.

Mantuvo pura su lealtad al Partido pese a las feroces respuestas que generaban sus actitudes republicanas y pese a las ofertas ocurridas desde otros partidos. Con el único fin de ser electo convencional ­cuando estaba claro que venía la derrota abrumadora del Partido, es decir que iba a ser necesario trabajar luego por su reconstrucción y el relanzamiento del republicanismo (siempre la prioridad republicana)­ se presentó en las elecciones internas de 2004, sin tener siquiera sede partidaria, publicidad alguna y repartiendo las listas a los amigos el viernes anterior al domingo electoral, pero logrando el objetivo de llegar a la Convención de manera independiente de cualquier sector partidario, con la libertad que ello supuso. Siempre nos ha parecido prescindible estar presentes a la hora de la victoria pero imprescindible no faltar a la hora de la derrota.

Nuestra acción en la Convención fue muy activa y, mediante nuestras propuestas, logró incorporar a la Carta Orgánica la realización regular de Congresos Ideológicos y Programáticos, el primero de los cuales se realizará a fin de año. Logramos incorporar, asimismo, a la Carta Orgánica que, a partir del próximo período electoral, la Convención sea integrada por 400 convencionales más, no elegidos a padrón abierto, sino a padrón cerrado en
tre los afiliados al Partido. Volver, como en la época de Batlle y Ordóñez y como en casi todo el mundo civilizado, a los partidos de afiliados.

Ahora se trata, por comenzar, de que el Partido recupere su esencia cual es la de proponer al país la reingeniería institucional republicana. El país ha conocido simultáneamente la crisis del pensamiento socialista (ha caído el muro), la crisis del pensamiento nacionalista (la comarca debe pensarse ahora en la globalización) y del pensamiento republicano. El país precisa que todas sus vertientes de ideas mejoren. La tarea de los republicanos es producir propuesta republicana siglo XXI. El Partido se redujo cuando dejó de ser republicano, desaparecerá si continúa así y volverá inexorablemente a ser grande y, sobre todo, útil al país si vuelve a ser republicano. El Congreso Ideológico de fin de año es la gran oportunidad.

|*| Ex senador, director de Jaque y de Posdata.

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