TRES DESAFIOS PARA LA CONTINUIDAD DEL PROYECTO DEL PT EN BRASIL
Brasil se encuentra hoy en uno de los mejores períodos económicos y sociales de su historia reciente, especialmente después de que el Plan Real acabara con una inflación endémica, que, en su momento, llegó a representar más del 30% mensual.
La nueva política económica que acompañó al gobierno de Fernando Henrique Cardoso, en 1994, si bien no produjo una tasa de crecimiento espectacular, fue acompañada de un mejoramiento general en todos los indicadores sociales.
Pero con la instalación del gobierno del PT se inaugura una era distinta en la política brasileña. Y es que sin desmerecer algunos méritos del gobierno de Cardoso, por primera vez en la historia de este país la concentración del ingreso comenzó a disminuir.
Macio Pochman, presidente del Instituto de Pesquisa Económica Aplicada, divulgó recientemente una investigación producida por esta institución que muestra que entre 2003 y 2007 el aumento de ingresos del 10% más pobre fue del 22%, y de 30% entre los otros diez que le siguen en la escala. En cuanto a los más ricos, el aumento de sus ingresos sólo fue de 5% y en el 10% que le sigue, del 6%. Quiere decir que, durante la actual administración del PT, el ingreso de los más pobres creció mucho más que el aumento de ingreso de los más ricos. Y esto es inédito en la historia política brasileña del último medio siglo.
El artículo que reseña esta investigación señala que no hay un «estrangulamiento» de la clase media, ya que en realidad, todos se beneficiaron de los frutos del crecimiento: sólo que unos se beneficiaron más y otros menos. El estudio muestra también que la retomada del crecimiento económico, marcadamente desde 2004, tuvo efectos benéficos sobre el mercado de trabajo. Creció el empleo, aumentó asimismo el empleo formal y hubo crecimiento de la masa salarial. La recuperación del ingreso de los más pobres fue casi cinco veces mayor que la recuperación del ingreso de los más ricos. Ello contribuyó a disminuir la distancia entre los ricos y los más pobres. «Hasta el fin del mandato del presidente Lula, el índice de Gini, que mide la desigualdad del ingreso, debe llegar al mejor nivel desde 1960″, señala la reseña. Por eso, dice el artículo, una «parte de la élite blanca está afligida». «Porque los números del gobierno Lula demuestran la fragilidad del programa de los conservadores brasileños».
Actualmente, el gobierno Lula está implementando el PAC, el Programa de Aceleración del Crecimiento Económico. La expansión de los biocombustibles, el reciente descubrimiento de nuevos yacimientos de petróleo y su afianzamiento en el escenario internacional, junto con potencias continentales como India y China, han transformado a Brasil en un «jugador global», como se estila en la jerga de la geopolítica contemporánea. Un jugador que aspira a las ligas mayores.
Sin embargo, hay tres problemas serios a los que Brasil debe dedicar toda su atención en estos días.
El primer problema es el de la inflación. Aunque la inflación se haya transformado en un problema que se verifica en casi todos los países de América Latina, los informativos brasileños no cesan de dar la voz de alarma todos los días. «La vuelta del fantasma de la inflación», titulan diarios, revistas y noticieros de todos los canales. Y claro está que el gobierno Lula, al igual que la mayoría de los del «giro progresista» en América Latina, no las tiene todas consigo desde el punto de vista de su relación con los medios. No existe ningún medio, de los poderosos (la gran prensa, los canales de televisión), que esté «del lado» del gobierno (ya no hablemos de una «prensa oficial»). Mas bien, Lula enfrenta una prensa antipática y una conformación de agenda por parte de los medios que no lo beneficia. Es inútil explicarle a un brasileño cualquiera que la inflación es parte de un proceso global. La prensa lo muestra como el «retorno del fantasma» de la inflación, que casualmente no fue derrotada por el PT sino por el más importante partido de la oposición al PT, el Partido de la Social Democracia Brasileña. En especial, el aumento del precio de los alimentos muestra tener bastante sensibilidad en la opinión pública. Si la comida se hace cara para la clase media (los noticiarios muestran el aumento del precio de la comida «al kilo» tan habitual en los restaurantes brasileños), ¿qué pasará con los más pobres? Así, si hay inflación, existe el riesgo de que los medios la muestren como parte de la «irresponsabilidad» en el manejo macroeconómico, propia de todos los populismos de izquierda (en el caso de Brasil no le llaman «populismo» sino «pobrismo»). No dirán que es un problema global; más bien dirán que la izquierda, al fin y al cabo, «no sabe manejar la economía».
El segundo y endémico problema es el de la corrupción. No hay día que no salte un escándalo nuevo de corrupción: últimamente fue el de las «tarjetas corporativas», a saber, las tarjetas que usaban directores de empresas del Estado sin límite de gastos, y que luego fue comprobado se usufructuaban para fines personales. Pero este escándalo se mezcla con el uso (y abuso) de influencias y dinero para que los políticos ganen una elección (como en el caso del escándalo del Morro da Providencia) y con otros procesos iniciados por la Justicia. De hecho, son tantos los juicios iniciados y las sentencias pendientes, que existe una iniciativa tendiente a determinar si quien tiene un juicio iniciado puede o no candidatearse a un cargo público.
Los escándalos de corrupción no tuvieron el impacto esperado sobre la popularidad del gobierno de Lula, que de hecho se encuentra ahora en su mejor momento. Pero sí impactaron decididamente sobre el Partido de los Trabajadores, que durante muchos años fue considerado el único partido «limpio» del sistema político. Y claramente tienen impacto sobre la confianza en las instituciones políticas. El escepticismo y el cinismo para con la política no van de la mano con la consolidación de una cultura democrática, sino todo lo contrario. Es la democracia el régimen de gobierno donde prosperan los políticos «corruptos». De hecho, en Brasil las Fuerzas Armadas tienen más prestigio que los políticos. Y todos sabemos las consecuencias que tiene esto. Por eso, en general, las denuncias de corrupción están siendo siempre explotadas por los mismos medios, y con la misma finalidad: minar la autoestima de los brasileños sobre su propia vocación democrática. A pesar de ello, la satisfacción de los brasileños con la democracia y la preferencia por la democracia como régimen (antes que un régimen autoritario), luego de un punto de inflexión en el año 2001, continúan aumentando.
El tercer y último problema que atraviesa el gobierno Lula es el de la propia sucesión presidencial. La distancia entre Lula y el resto de los candidatos posibles del PT es demasiado amplia. A ello colaboran al menos dos cosas (más allá del carisma personal de Lula y de la coherencia de su trayectoria de vida): en primer lugar, los escándalos de corrupción afectaron a casi todos, menos a Lula. Así que poco resta en materia de alternativas de candidatos sobre los que no pesa ninguna sospecha. En segundo lugar, colaboran las reglas electorales y las características del sistema de partidos, que tienden a privilegiar el desempeño de los candidatos sobre el de los partidos.
Como consecuencia, los candidatos son mucho más visibles que los partidos, y dado que recién hace veinte años se reimplantó la democracia, los partidos que además son muchos tienen escaso arraigo popular. Y así, aunque Lula es del PT, la gente vota en Lula, en mucho mayor medida que en el PT.
En el mediano plazo, el gobierno Lula deberá luchar con estos tres problemas: la corrupción, la inflación y la sucesión presidencial. De cómo los logre conjugar, dependerá la continuidad del proyecto del PT.
|*| Politóloga. Universidad de la República.
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