LA BUROCRACIA SUBVERSIVA

Hubo una vez un país contrabandista de contrabandistas que, para serlo (país), fundó en plena guerra por su independencia, una Aduana.

Dominado por un Imperio que le prohibía el comercio, la esencia de su conspiración preparatoria fue comerciar sin que el Rey (que vivía lejos) se diera cuenta.

Dotado con hermosas y hospitalarias, cuanto recónditas costas marítimas, lacustres y fluviales que lo conectaban al mundo y al Continente disfrutaba, a la vez, de extensas y apenas onduladas praderas de exquisitos pastos y cristalinos arroyuelos mansos y puros (incluso, a veces, calentitos), salpicadas por el refugio de pequeños bosques pletóricos de pájaros pintados, entre los que pastaban, rumiaban y galopaban vacas y caballos salvajes en multitudes fantásticas.

El primer gran contrabando introducido allí fue el de hombres, mujeres y niños perseguidos: indómitos indios, africanos que lograron escapar de los negreros, piratas abandonados, presos huidos, desertores de muchos ejércitos, náufragos, locos, condenados a muerte, fugitivos políglotas…. Domando baguales en base a caricias, pronto se transformaron en los mejores jinetes de la época y, mucho después, en la mejor caballería militar vista por veteranos oficiales napoleónicos que emigrantes del invierno ruso tuvieron la malísima suerte de conchabarse en Brasil para pelear contra ellos. No les faltaba ver nada pero lo vieron.

Por allí pasaba oliendo a pólvora, eludiendo ergástulas, cepos, patíbulos y enchalecamientos, todo el mundo. En realidad, aquel país mostraba envidiables ventajas comparativas para el contrabando mundial que daba entrada y salida a una vastísima zona del Continente. Contribuía de tal modo muy poderosamente a la pujante expansión del globalizador capitalismo naciente. Muchísimo más que las feudales instituciones desahuciadas y moribundas que, sin embargo y por eso, tornaban horriblemente agresivas.

Por todo eso, y mucho más, su Caudillo fue jinete, contrabandista, acordeonista, corsario, encantador de indios, arreador de vaquerías homéricas, amigo de jesuítas comunistas, franciscano, creador de ciudades, Jefe de Caballería, libertador, fundador de Partidos y naciones, enamoradizo y exiliado.

En cruda realidad: tanto las guerras por la independencia como las de Caín, fueron por apoderarse de las «rentas aduaneras». E incluso después, esa tierra purpúrea sobre el verde de sus pastos, hubo de seguir peleando contra todos los Imperios y otras intervenciones habidas y por haber en la región. Por ello estalló también guerra entre los puertos y en los puertos que fueron varias veces bombardeados, sitiados, asolados, vencidos y reconquistados. Pudo verse en sus aguas, escupiendo fuego, mercaderías, e ideas más incendiarias todavía, a flotas de mil velas abigarradas, embanderadas con todos los colores vecinos y lejanos del arco iris, muchísimos de cuyos tripulantes, cansados de guerras ajenas, decidieron quedar acá al ver tanta carne, caballos y horizontes disponibles. Para en todo caso, hacer guerras por cuenta propia.

Porque a no dudarlo: la otra gran ventaja comparativa de ese país fue, es, y seguirá siendo la Libertad. Un activo «intangible».

Pero ella no fue otorgada por nadie: fue creada por ellos. Y después de así alumbrada, no hubo ni habrá nadie capaz de detenerla. Siguió su marcha creciendo a pesar de todo victoriosa y, por ese imán en otros lares prohibido, siguió llegando a ese país gente fugitiva de todos lados. Por culpa de guerras ajenas, odios implacables, hambres inconcebibles, explotaciones insoportables, pobrezas interminables.

Llegó a tanto esa gente que un día, por no ser esclava, decidió irse en masa de su propio país invadido y acampar en sus orillas para volver a reconstruirlo una vez alcanzada la sangrienta victoria.

Entonces le nació en sus vientos otro «activo intangible»: la conciencia de ser. Simplemente eso que pronto tomó cuerpo en escrituras y demandas por las que luchar y vivir.

Antes le había nacido un Ejército, enseguida una Armada guerrillera y corsaria y al mismo tiempo una Aduana que por lo tanto no sólo nació con la patria sino que la fundó.

¡Qué triste entonces lo que hoy le está pasando! ¡Qué vergüenza! ¡Por cincuenta pesos!

¿Cuándo fue que una larva de burocratismo fue cagada por un mosquito atroz en esas praderas? ¿Cuándo tomó vuelo sin que nadie lo advirtiera? ¿Cuándo y cómo engordó y se reprodujo al extremo actual de tenerlo casi inerme en sus garras?

¿Habrá sido cuándo Discépolo y otros Profetas avisaron que el amor se ahogaba en sopa?

¿Habrá sido cuándo Real de Azúa profetizó el Freno como tumor latente en el Impulso de los mejores sueños? ¡Si supiera que hoy el freno inadvertido creció multiplicándose y ya es viga de acero en la rueda de aquel país!

¿Cuánto hace que sus habitantes saben que se les había «privatizado» la Aduana? Que la habían extraviado. Que para entrar y sacar debían pagar rigurosos «aranceles» paralelos. Que su comercio y su industria podían contar y contaban con el pulgar para arriba o para abajo para «competir» o para fundirse.

Porque el burocratismo es eso: una subversión del orden producida en base al lugar que se ocupa. Al principio y siempre, subrepticia para que nadie se vaya dando cuenta hasta que por fin, usurpando la autoridad legítima (política, administrativa, moral o intelectual) toma en sus manos el poder real. Deja que otros ocupen los puestos del nada más que aparente mando. Incluso procuran hacerles creer a los que deberían mandar, que mandan. Todo con tal que no se den cuenta de lo contrario.

Al mismo tiempo van consolidando su dominación con una densa tela de araña de estatutos, garitas, barreras, reflectores, pitos, semáforos arbitrarios, calles flechadas, cometas, reglamentos, Decretos, Resoluciones, Leyes y hasta normas Constitucionales que luego harán muy difícil, lento, y casi imposible, desarraigar su plaga.

Porque para ello y para mucho más, el burocratismo fue extendiendo sus largos, millonésimos, imperceptibles, pero fortísimos tentáculos, a la inmensa mayoría de las actividades políticas, sociales, culturales, financieras y «económicas», públicas y privadas, de aquel pobre país, apoderándose de una inmensa y creciente parte de su renta (no sólo la aduanera).

Un fenómeno físico de ósmosis y uno biológico de simbiosis parasitaria. Al que luego, casi impalpablemente, se fueron plegando, derrotados, rendidos y encadenados, todos.

Por aquello de que «si todos lo hacen no voy a ser el único Cristo»; o lo otro: «si no lo hago no compito y si no compito me fundo».

Por eso pueden verse hoy en aquél mágico territorio «empresas privadas» que no son ni empresas ni privadas y empresas «públicas» que van dejando de ser empresas y públicas.

Sobreviven parasitando por ósmosis y simbiosis la «teta» del Estado y demás rentas ajenas (en tal sentido podría decirse que muchas «empresas privadas» son en realidad del Estado sin que el Estado se entere y muchas públicas son privadas sin que tampoco se entere). Bancos que no lo eran ni lo son (incluso off shore). Sociedades Anónimas inexistentes pero enriquecidas. Zonas Francas que no lo fueron, no lo son, pero son cosa indefinible…

Quedan, por aquéllas feraces praderas, islotes de gente libre que por lo tanto trabaja: comercios que comercian, talleres que manufacturan, moldean y mecanizan, servicios que se brindan, médicos que atienden y, en fin, gente normal. Ese archipiélago entre naufragios es el que produce la renta que tragan los otros. Si será rico ese país que durante un tiempo pasó desapercibida tamaña confiscación. ¡ Si será rico!

|*| Senador nacional, escritor

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