Noticias
Hubo a quien, alguna vez, se le ocurrió exponer al modo de un dogma de fe la idea de que hay noticias buenas y malas. Intuyo que haya sido un moralista exacerbado. Eso de la bondad o maldad de la información, o de su carácter estimulante o desalentador, es, en última instancia, nada más que la respiración, a la que se tiene legítimo derecho, dígase ya, de la sensibilidad del receptor.
Lo que hay son noticias. Ni buenas ni malas, noticias y punto. Un periodista no puede decir otra cosa, si se precia, ni ejercer su oficio sin comprenderlo. Diferente asunto es la reacción emotiva que ellas puedan despertar en cada uno.
Quizás porque somos no tenemos una cultura emocional se añora las «buenas» noticias y es impresionante el disgusto que causan las «malas» noticias. Por ejemplo, la confirmación de un aumento salarial o de que la violencia doméstica, pese a todo, sigue creciendo.
Si tengo razón, es lógico que la noticia acerca de ciertos hallazgos, que alientan la esperanza de que haya gas y petróleo en aguas uruguayas, haya despertado general entusiasmo.
Está muy bien, pero, paradójicamente, ese entusiasmo puede haber sido inducido a cierta desproporción indeseable. Según se maneje la información, los consiguientes resultados pueden dar certeza a la alegría tanto como provocar una desazón dañosa. Me parece que recién hemos despertado a la necesidad de noticiar en este caso sobre los hallazgos con serenidad y precisión; lamentablemente, se ha llegado a esta especie de vigilia intelectual luego de que, entre otras inconveniencias, se le hiciera incurrir en un error al presidente de la República ante la prensa internacional.
Por supuesto, hablando de responsabilidades, en este caso, a mi juicio, sólo atañen a integrantes de la propia administración; no parece de recibo cargar la culpa, antigua costumbre, a la prensa mensajera.
Decía mi abuela Juanita: «Siempre contá hasta diez antes de abrir la boca, por las dudas».
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