Escrito por: Por Fernando Butazzoni |*|
La construcción de nuevas ideas es hoy más importante y más urgente que la construcción de nuevos edificios. Sin embargo, el mundo apuesta con entusiasmo a la industria inmobiliaria, pero desprecia con énfasis lo que pueden ofrecer la filosofía, la política y aun la ciencia.
La elaboración de nuevas ideas puede sacarnos del atolladero. Para que así ocurra es necesario que los gobiernos y las sociedades en general sean capaces de abrirse a ellas con espíritu crítico. Por estos días se cumplen veinte años de la primera comparecencia de James Hansen ante el Congreso de EEUU para alertar sobre el calentamiento global. Hansen es un reputado científico, y en líneas generales sus terribles predicciones se han venido cumpliendo. Pese a ello, ni su gobierno, ni otros gobiernos, ni los medios de comunicación del país más poderoso del planeta han sabido o han querido oír lo que él tenía para decir.
El asunto es doblemente dramático porque las alarmas vienen de lejos. A principios del siglo pasado, en 1903, Svante Arrhenius, un científico sueco graduado en Upsala, ya había advertido sobre el efecto que causaría en la atmósfera terrestre la quema de combustibles fósiles. Fue galardonado con el Nobel de Química y se fue para su casa. Poco antes de la Segunda Guerra Mundial, un ingeniero británico llamado Guy Callendar, especializado en máquinas de vapor, llegó a calcular en 0,003 grados centígrados el incremento de la temperatura de los océanos por obra del dióxido de carbono, para la segunda mitad del siglo XX. Ahora se sabe que Callendar le erró, y que el incremento fue un poco superior (0,005 grados centígrados por año). No obstante el fallo en el cálculo, la información de base, la idea matriz acerca del problema, estaba planteada y difundida, tanto en ámbitos gubernamentales como científicos, en Europa y América.
Por supuesto que a Arrhenius y a Callendar le siguieron otros. No ha habido tal vez en la historia de la ciencia moderna asunto más debatido, manipulado y distorsionado que el referido a la teoría del calentamiento global. Aún hoy, muchos científicos y expertos de diferentes ámbitos plantean sus dudas o su rechazo a esa formulación. Se han elaborado otras hipótesis (variaciones orbitales, ciclos naturales, urbanización, etc.), pero todas se apoyan en un hecho incontrovertible: el planeta se está calentando. De aquellos dos arriesgados y valientes hombres de ciencia hoy casi nadie se acuerda.
Una de las claves para entender esa “mala posteridad” (Alsina Thevenet dixit) de Arrhenius, Callendar y otros, es la dificultad de las sociedades para imaginarse distintas. Hay profundas razones económicas, sociales y culturales para ello. Parece impensable hoy, en los albores del siglo XXI, un mundo sin combustibles fósiles. Para muchos científicos y pensadores, lo que resulta impensable es un futuro con combustibles fósiles. Debería, entonces, abrirse camino entre las dificultades un modelo de desarrollo humano que contemple esa variante, que no será solamente técnica o económica sino, sobre todo, ética.
Construir ideas sobre ese futuro es una obra tan importante como urgente, porque los desafíos son extraordinarios, y pasan por una revisión global del modelo civilizatorio triunfante. Las ciudades, su ubicación, su funcionamiento y tamaño; la forma, los tiempos y el uso del transporte; la vida doméstica, familiar y social; la industria, sus trabajadores, los productos, el consumo; la moratoria en el uso de los recursos naturales. Todo debería ser revisado.
Es, también, una oportunidad excepcional. De alto riesgo, sí, pero quizá única. Los terribles desequilibrios hoy existentes en el mundo pueden y deben ser revisados, atacados y resueltos. La acelerada pérdida de vida social comunitaria y el creciente autismo social de las personas, pueden y deben ser revisados y cuestionados. La creciente insuficiencia alimentaria, el canje de superficies de cultivo de alimentos por superficies de cultivo de combustibles y la consiguiente amenaza de grandes hambrunas, pueden y deben ser combatidas.
Todo eso solo se hará desde la construcción de ideas que permitan la promoción de nuevos paradigmas civilizatorios. Algunas de ellas sonarán disparatadas, peligrosas y utópicas, tal cual aconteció con Galileo Galilei o con Carlos Marx. Esta construcción deberá mostrarnos la realidad desde ángulos nunca vistos, con sinceridad y coraje. En referencia al tema del calentamiento global y el uso de combustibles fósiles, por ejemplo, hay quienes se preguntan si la solución pasa por encontrar nuevas fuentes alternativas de energía o por resignar la vida humana en el planeta a índices de disponibilidad energética menores, muy menores a los actuales. Dicho en criollo: habría que pensar en gastar menos energía. Chau avión, chau automóvil.
La idea es pensar una sociedad humana que viva y produzca, tal como lo hizo durante milenios, utilizando otras formas de energía disponibles como el agua, el viento y el sol, y que resigne el dispendio energético destinado a bienes superfluos, al confort extremo de pequeños grupos privilegiados, etc. Los principales impulsores de esa reformulación de nuestra civilización parten de una base extremadamente simple: por voluntad de los humanos o por imperio de las circunstancias esos cambios se van a producir, sí o sí, más temprano que tarde.
No hace falta abundar en las implicancias de semejante propuesta. Es claro que nada podrá concebirse siquiera con los esquemas mentales que hoy predominan en el mundo. La economía y el consumo sufrirían gravísimas modificaciones, lo que habría de repercutir en la forma de afrontar el futuro por parte de los gobiernos y sus poblaciones. La vida privada cambiaría también radicalmente, así como la relación humana con la naturaleza, con los recursos disponibles, con el agua y con los espacios públicos.
Los detractores de tales corrientes de pensamiento argumentan, en general, con una idea de “progreso” y de bienestar humano que ha sido puesta en cuestión reiteradamente desde la filosofía y las ciencias sociales. Para quienes así opinan, el abandonar la vida moderna tal y como la conocemos hoy, no solo sería impracticable sino además criminal, pues replegaría las fuerzas productivas que hoy emergen en el ámbito científico y tecnológico con gran empuje.
El debate es interesante, y además es de la mayor importancia, no ya para el futuro de los países y las sociedades, sino para el futuro de la especie humana. Un apunte final, que considero útil: todos los involucrados coinciden en que será de gran relevancia la incorporación a esta discusión de los estamentos políticos. Los líderes de las grandes naciones ya han demostrado la imposibilidad que tienen de terciar en estos asuntos. No ocurre lo mismo con los poderes locales, con los gobiernos regionales, provinciales y municipales.
Muchos de esos líderes locales se han planteado estos problemas. No importan por ahora sus posturas, su forma de mirar el asunto, sus razonamientos y perspectivas. Lo que importa es que se integren a la construcción de esas ideas que deben perfilar el mundo de las próximas décadas. La fragua debe alimentarse con el fuego de mil ideas. Solo así se puede salir adelante.
|*| Periodista y escritor
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