Escrito por: Por ELEUTERIO FERNANDEZ HUIDOBRO |*|

Aunque no conocemos sus detalles, debemos saludar la decisión gubernamental de crear mediante Ley el fideicomiso para la transformación de la flota de taxímetros: de gasoil a nafta y por ende, cuando se pueda, a etanol o a gas. Es un gran paso concreto en la batalla por la energía porque, resumiendo mucho, de cada barril de petróleo refinado se obtiene forzosamente más del doble de nafta que de gasoil, por lo que si tenemos la “flota” de autos “en contra” de dicha proporción, “natural” e inevitablemente sucederá como sucede: nos sobrará nafta y nos faltará gasoil. Como es carísimo y hasta imposible almacenar nafta en tal proporción sobrante y acumulativa, debemos venderla en el exterior al precio que quieran pagarnos por ella y, encima, importar gasoil ya refinado, también al precio que por él nos pidan.
Es una trampa que construimos irresponsablemente a lo largo de años y en la que, además, nos metimos alegremente. Cuesta creerlo pero fue así. Como un chiste malísimo. Ir saliendo de ella y desmontándola dará trabajo.
A la flota de taxímetros tendrían que agregarse las del Estado, incluyendo a las intendencias.
Pero también el fomento, y aun el subsidio, de todas las demás formas del transporte colectivo desalentando por ese medio, y con buenos servicios, el uso y abuso del auto particular. Eso ya se viene practicando en muchos otros países, con nutrida gama de medidas y tanto por razones de eficiencia energética cuanto por la protección del medio ambiente y la justicia social.
Ya que andamos por el Ministerio de Transporte (actividad que consume un tercio del total de la energía), Uruguay debe reconstruir el ferrocarril a la brevedad. Este fue otro “chiste” de humor negro: es mucho más económico transportar cargas por ferrocarril que por camión. Tanto desde el punto de vista energético como desde el de los costos de mantenimiento de las infraestructuras viales necesarias cuanto desde el de varias otras “externalidades” costosas (incluso en vidas humanas) y contaminantes. Parece cosa de locos haber destruido el ferrocarril, que además (y por si lo anterior fuera poco) resulta imprescindible para cualquier sueño de Uruguay Productivo y ya hoy (en la realidad de cada día) su falta es un pesado escollo que, de no resolverse a tiempo, “taponará” el desarrollo colapsándolo.
La navegación fluvial y de cabotaje, la industria naval correspondiente y la construcción de canales y otras obras que faciliten ese tránsito interno y externo, es palanca también ineludible para la eficiencia energética y logística, porque como es sabido, ese es el medio de transporte más barato de todos y Uruguay tiene al respecto una ubicación geográfica envidiable en el mundo.
Dejamos por ahora varios temas de suma importancia: como el uso en el transporte de los biocombustibles, el hidrógeno, el aire comprimido y la electricidad. No habrá otro remedio nos guste o no. Y Uruguay muestra un atraso muy grande en esas materias.
Debemos saludar también la polémica que el país viene dando y de paso comprobar que felizmente no hay opiniones enfrentadas y “bloqueadas” en torno a nuestros problemas energéticos. Las diferencias radican en cuestiones de énfasis y velocidad. Tal vez la cuestión referida a la energía nuclear pueda llegar a generar posturas tajantes a favor y en contra. Pero antes habrá que debatirlo a fondo, sin prejuicios, con mentes abiertas.
Desde hace mucho temimos que los precios del petróleo mostraran una “tozuda” tendencia alcista. Pero se debe reconocer que los actuales, encaramados en un vertiginoso repecho, vienen preñados y a la vez impulsados por componentes especulativos que los exageran.
Sin embargo, los hidrocarburos tienen un piso y un techo que los encorseta fatalmente. El piso esta constituido por las reservas mundiales disponibles y la creciente escasez de petróleos livianos (los de más rentable extracción y refinación). El techo es medioambiental: si hubiera petróleo barato a discreción tampoco lo podríamos “quemar” al ritmo actual y, menos, al de la demanda creciente. Al planeta y su atmósfera no hace mucho que le conocimos, con alarma, sus vitales límites infranqueables.
Estamos pues, por donde queramos mirar el problema, ante una revolución que no es política: es cultural o civilizatoria. Hay una era que se acaba y otra que comienza.
El capitalismo con su caos inherente nos trajo hasta acá pero no sólo: también a la crisis demográfica, a la lucha despiadada por los cerebros (dos sangrías que nos afectan especialmente y acaban de generar una protesta unánime del Senado), la de los alimentos y la del agua potable de buena calidad.
Por ahí transitan los rumbos esenciales del futuro.
|*| Senador nacional, escritor
OTRAS NOTICIAS EN LARED21