Adicción
Un individuo conduce su auto por una avenida. Al llegar a unos semáforos ignora con olímpica desaprensión la luz roja y cruza, cual si fuese el living de su casa, llevándose por delante a un taxi que pasaba correctamente habilitado. Repuesto de la sorpresa, blasfema a lo loco, sin entender qué pasó. El taxista lo emboca con un derechazo en la trompa.
Una mujer sale de un comercio, con tanta desatención y atropellamiento que embiste a una ancianita, la cual, con un bastón, transitaba a pasos cortitos tratando de no pisar alguna baldosa despareja. La mujer queda extática, con cara de «¿y ahora yo qué hice?», mientras observa a la ancianita que, en la inesperada caída, ha perdido la chismosa, el bastón, los lentes y la dentadura postiza.
Un adolescente entrega a su padre el carné de notas del liceo, al que no ha prestado la menor atención, y se da vuelta para seguir en lo que le importa, o sea en lo que está haciendo. Al cabo de unos segundos, siente que su culo es virtualmente atravesado por la patada que el padre le da, luego de leer el carné y de calcular con sublime exactitud el golpe a propinarle al jovencito.
Un niño es internado de urgencia a fin de practicarle una delicada cirugía en su oído y mano derechos, afectados por una extraña patología quedan pegados entre sí- que los médicos están viendo crecer a pasos acelerados en la población infantil. Por más anestesia que le encajan, no logran que deje de parlotear como un poseso, ajeno a todo cuanto ocurre a su alrededor y, por tanto, no imputable.
Una doméstica corre a los gritos, implorando por un bombero, luego que la plancha que enchufó, pensó usar y dejó sobre el pantalón del señor de la casa, provocó, al recalentarse, un incendio considerable. Contenida la ola de pánico, es despedida sin contemplaciones por emular a Nerón.
¿Qué cosa es común en todas estas circunstancias?
El uso compulsivo de un celular.
Ruedita ya preguntó en el boliche si no había vacuna.
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