Escrito por: Por Fernando Butazzoni |*|
El espíritu corporativo, instalado como una mancha de egoísmo por la sociedad uruguaya, nos corrompe. Está detrás de muchos reclamos, ya sean públicos o privados, y se alimenta de una pérdida de valores que nos afecta a todos.
El individualismo parece ganar la pulseada una vez más. Es carroñero y velado el individualismo. Sabe disfrazarse. A veces nos engaña y arma discursos convincentes, aunque en el fondo siempre sean mentirosos. Esos valores de otro tiempo se van perdiendo sin que aparezcan sustituciones posibles: lo que hay allí es un hueco, un agujero donde la nada se han instalado. Y esa pérdida de valores amenaza cualquier conquista posible, cualquier sueño. El afán de consumo acrítico, la hipnosis televisiva, el aislamiento personal, la falta de espacios comunitarios, la violencia, son algunos de los síntomas que nos alertan de una sociedad que está enferma y adolorida.
Muchos expertos dicen que es un mal de nuestro tiempo y hablan del malestar de una presunta “sociedad contemporánea”, un conjunto sin límites precisos ni características propias. No estoy seguro de que eso sea así. Podemos refugiarnos en una visión panorámica que nos mostrará, con seguridad, problemas más o menos similares en distintas partes del mundo. Sin embargo, la sociedad uruguaya tiene su propia historia, sus códigos culturales, su idiosincrasia. Hay males comunes, pero hay formas de padecerlos que son propias. Y hay, habrá, remedios que sólo nosotros podremos formular. Así será nuestro lugar en el mundo.
Nos cuesta despojarnos del mambo consumista de los 90, que para algunos fue divertido y para muchos resultó un doloroso punto final. Ni siquiera el estruendo provocado por la estampida del 2002 parece habernos despejado lo suficiente. Es que aquellos años de shopping y halloween marcaron a fuego a varias generaciones. Los más pequeños, los educandos de esa época, ya son graduados de la fragmentación social y el retraimiento. Los mayores, algunos en trances jubilatorios, todavía respiran el aire envenenado de las promociones en inglés y los despidos en español. ¿Ya nos hemos olvidado de semejante orgía? ¿No recordamos las famosas consultoras que se dedicaban a la “reingeniería de empresas”, es decir a la ejecución sumaria de despidos en masa? ¿Y las fábricas compradas y cerradas en un solo suspiro por fantasmagóricas sociedades súper anónimas, casi todas domiciliadas en algunos edificios vecinos a la Plaza Independencia? ¿Y las desregulaciones salvajes?
Es verdad que la enfermedad que ahora aqueja a nuestra sociedad se cebó en un cuerpo muy golpeado por el miedo y por los discursos atrabiliarios de la dictadura. Y también por las vergüenzas que mostramos después, cuando la soberanía nos facultó para resolver entre la falsa tranquilidad del olvido y el angustioso discurso de la memoria, y resolvimos mal. En realidad debieron pasar treinta años para que la gente reaccionara y descubriera que todavía estaba viva. Al final lo hizo con el formidable aldabonazo electoral de 2004. Sin embargo, nuestras dolencias siguieron allí, en la imposibilidad de conciliar las aspiraciones de cada quien con las necesidades de las grandes mayorías. La solidaridad termina donde comienza la costura del bolsillo. El amor por el prójimo, como escribiera Ibero Gutiérrez, está todavía demasiado léjimo.
Esa sociedad hedonista, individualista y fuertemente marcada por el consumo superfluo, es la misma que asiste con un estupor algo hipócrita a los aberrantes casos de abuso y crimen contra niñas y niños, destapados por estos días. Tuvimos durante décadas miles y miles de chiquilines enterrados en la desnutrición, el desamparo y el olvido, y ahora nos escandalizamos por las consecuencias finales de aquellas políticas. ¿O es que pensamos que los autores de esos crímenes son extranjeros o extraterrestres? ¿No hay vinculación acaso entre el abandono en el que fue sumida la educación pública y estos episodios tan tristes? La pérdida de valores no es un fenómeno lineal, pero tampoco inmediato. Por el contrario, son procesos largos que involucran actores muy diversos de ámbitos culturales, económicos y sociales. Son procesos en los que se expresan, en el territorio, las injusticias acumuladas durante décadas.
Vivimos en un país desgarrado por una fractura social que apenas si comienza a soldarse. Y resulta que este país desgarrado resulta, además, fatigado para arriba y para abajo por feroces corporativismos. ¡Quiero más! Tal parece ser, cual reclamo infantil, el sonsonete de quienes poseen, por fortuna, la fortaleza para pedir y, por desgracia, el desconocimiento de los límites. Mientras hay muchos que, históricamente débiles y sin voz, recién ahora comienzan a articular sus justas demandas, hay otros que hacen gimnasia tirando de la piola para ver cuándo y cómo se rompe. Cruzados por debates ideológicos, en ocasiones acosados por las ambiciones políticas de grupos o personas, esos reclamadores profesionales suelen estar ubicados en posiciones verdaderamente poderosas en el funcionamiento social, de modo tal que el egoísmo es apuntalado por una conciencia de necesidad. Todos recordamos episodios, algunos recientes y otros recientísimos, en los que sectores o gremios o sindicatos hicieron prevalecer por encima del interés común sus intereses particulares, los que siempre estuvieron relacionados a las remuneraciones, es decir al dinero. Siempre la discusión fue por plata. He visto con mis propios ojos a honorables catedráticos pelear sin recato por algunas monedas.
Nos espantamos de los crímenes gestados en la miseria y el desamparo más absolutos, pero no parecemos muy dispuestos a financiar las políticas sociales destinadas a terminar para siempre con esa miseria y ese desamparo. Los jubilados con mejores ingresos fueron los primeros, pero no los únicos, en poner el grito en el cielo y el ojo en la Constitución. Actúan con la misma energía para exigir mano dura y para reclamar por sus sacrosantos dinerillos. Ahora están listos para luchar los que vieron aumentada su contribución inmobiliaria. Para ello cuentan con prestigiosos jurisconsultos, que por supuesto no tienen entre su distinguida clientela a ningún habitante de Cerro Norte, ni de Casabó, ni del Nuevo Colman, ni de Santa Catalina.
Son lugares en el mundo. La mayor de las libertades está ahí, en la posibilidad de colocarse en el lugar que cada quien considere más adecuado. Hay quienes se colocan siempre en la vereda del sol. Hay otros que, porfiados, se plantan vigilantes para salvaguardar sus reductos individuales aunque todo se desplome, acaso con la ilusión de que a ellos nunca les va a tocar. Y hay gente que comprende y asume una responsabilidad social que, en todos los casos, ha de pasar por construcciones colectivas.
Por cierto que hay algunas señales de mejoría en ese paciente que somos. De las cenizas renacen iniciativas formidables, esfuerzos de comunión que son sueños de dignidad compartida. Hace pocos días, en Cerro Norte, esa barriada llena de estigmas y problemas, un grupo de compañeros fuimos de visita y tuvimos el privilegio de ver por un instante el futuro posible. Allí se está haciendo ciudad. Montevideo empieza a instalarse definitivamente en esa zona con calles, casas, centros sociales, canchas de fútbol. No será un futuro de oropeles y facilidad el que allí habite, sino de trabajo y libertad para todo el vecindario.
No es la única señal, por supuesto. Hay muchas otras. Cada una de esas iniciativas, a todo lo largo y ancho del país, disputan su lugar en el mundo con pesadas rémoras de hipocresía e individualismo que pujan por permanecer. Apostemos al cambio. Comencemos por nosotros mismos. Cada uno tiene algo para hacer. Cada quien puede ocupar su lugar en el mundo que vendrá.
|*| Periodista y escritor
OTRAS NOTICIAS EN LARED21