El "muro de Washington" es cada vez más impermeable

 

En el traumático período transcurrido desde el atentado contra las Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York, la compasión incondicional del mundo por Estados Unidos se ha transformado en un intenso sentimiento antiestadounidense, no sólo entre distantes musulmanes sino también entre cercanos aliados europeos. Un ataque unilateral de Estados Unidos contra Irak amenazaría con encender este sentimiento en forma de castigo violento e indiscriminado.

Millones de manifestantes salieron a las calles de Roma, Londres, París y en docenas de otras ciudades para protestar contra la retórica belicosa del gobierno de George W. Bush y contra sus agresivos preparativos para la guerra.

Esas opiniones también son celebradas por muchos millones de estadounidenses que comparten esa sensación de alarma e indignación, pues entienden que el mundo no está tan amenazada hoy por terroristas o por tiranos de segunda fila sino por las políticas y acciones de su propio gobierno.

Muchos más estadounidenses de lo que suponen los observadores en el extranjero rechazan las políticas de Bush. Los principales medios de comunicación de este país subestiman la oposición a las políticas de Washington dentro y fuera de fronteras, a tal punto que incluso muchos estadounidenses creen ser disidentes solitarios. En realidad, es posible que estos ciudadanos constituyan la «mayoría silenciosa» de esta era. La derrota que le propinaron los republicanos en las elecciones legislativas del 5 de noviembre será interpretada por los fanáticos del régimen de Bush como un cheque en blanco para una jihad (guerra santa) dentro del país y en el extranjero. Pero, en realidad, el margen de ventaja en la mayoría de las votaciones fue bastante estrecho, lo que refleja una creciente división entre dos públicos estadounidenses iguales en magnitud pero muy diferentes.

Los republicanos ganaron no porque representen un punto de vista mayoritario, sino porque los políticos demócratas fracasaron consistentemente en expresar el sentimiento opositor de sus votantes tradicionales y porque una desanimada y distraída mayoría demócrata ni siquiera concurrió a las urnas.

Es sumamente alentador para millones de estadounidenses que sus opiniones sean compartidas por la abrumadora mayoría de los ciudadanos del mundo –alrededor de 94 por ciento de la humanidad– aunque no por sus gobiernos, cínicamente calculadores. Salvando la dramática distancia, muchos estadounidenses no se sienten diferentes de los negros y blancos sudafricanos opositores al apartheid que aplaudían las sanciones contra el régimen blanco como medio para poner fin a sus injusticias, aunque en el corto plazo éstas les ocasionaban grandes privaciones.

Es esencial que los defensores de la seguridad cooperativa, los derechos humanos, la justicia económica y social y la sustentabilidad ambiental unan fuerzas a través del cada vez más impermeable «Muro de Washington» que el gobierno de Bush erigió entre Estados Unidos y el resto del mundo. Como sucedió con el nazismo y el comunismo, las tiranías gemelas del siglo XX, el mundo entero deberá unirse para revertir la primera tiranía del siglo XXI desde el abismo de su exceso imperial.

Al mismo tiempo, es vital que la resistencia contra el imperio no se transforme en un espasmo antiestadounidense. La veneración acrítica que en el pasado recibía todo lo procedente de Estados Unidos (incluidas muchas cosas indignas de admiración) podría convertirse en el futuro, y con demasiada facilidad, en ira indiscriminada, en aborrecimiento de todo lo estadounidense, incluidos los valores humanos y las tradiciones liberales, las contribuciones más apreciadas de este país a la cultura política. Un reciente estudio de la Universidad de Boston entre 1.200 adolescentes de 12 países de Europa, Asia, Africa y América Latina detectó un consistente rechazo no solo hacia el gobierno de Estados Unidos sino también hacia el pueblo de este país. Ese rechazo podría convertirse en un repudio de los valores humanos liberales.

Es esencial distinguir con claridad entre aquellos que secuestraron el gobierno de Estados Unidos y la mayoría de los estadounidenses, que abominan de lo que Washington hace en su nombre o son personalmente inocentes (o, con más frecuencia, ignorantes) de lo que se ha hecho con sus recursos. En cierto modo, todos los estadounidenses debemos asumir parte de la responsabilidad por los crímenes que hemos permitido con nuestro consentimiento o con nuestra impotencia. *

 

(*) El escritor y columnista Mark Sommer dirige «A World of Possibilities», un programa semanal de radio de Estados Unidos. (Especial de IPS para LA REPUBLICA)

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