Ojos, vigas y pajas: la "sabiduría" de los refranes

Como no soy especialista en economía, me abstendré de terciar en la disputa. Pero como sí me interesa la comunicación humana, quiero referirme a ciertas sentencias que todos tomamos irreflexivamente como palabra sagrada y de las que a menudo se abusa, como es el caso del refrán mencionado.

Yo pensaba que esa manía de exigir un mea culpa previo a la emisión de una opinión formaba parte de la idiosincrasia uruguaya, pero he advertido que tiene algunos siglos más que este país.

Sin ir más lejos, basta recordar la frase de Cristo cuando la gente bien se disponía a lapidar a una mujer de mala conducta: «el que esté libre de pecados que arroje la primera piedra», dicen que dijo el Maestro, con lo que salvó a la pecadora. No está mal haber dejado sin asunto a esa manga de hipócritas intolerantes, pero a partir de entonces la idea sirve para recordarnos que todos somos pecadores y que ello nos inhabilita a señalar errores e inconductas de otros. Una gran sabiduría y a la vez una gran trampa.

Y el espíritu de esta sentencia bíblica se ha visto consolidado en el refrán que lo popularizó con eso de que antes de mirar la paja en el ojo ajeno es preciso ver la viga en el suyo propio.

Dicho sea de paso, este asunto de los refranes es bastante curioso. Los hay de una lógica perfecta y de una claridad meridiana: todos estamos de acuerdo con que es imposible que una mosca entre en la boca si la mantenemos cerrada, o que más vale pájaro en mano que cien volando, o que los herreros suelen cortar el churrasco con cuchillo de palo. Su contundencia es indiscutible y parecen resumir toda la experiencia y la sabiduría del mundo; incluso los del Viejo Vizcacha resultan inobjetables, aun aquellos de más que dudosa moralidad, como el que aconseja hacerse amigo del juez, por ejemplo.

Pero hay otros, en cambio, que tienen un no sé qué surrealista. Hasta hace relativamente poco tiempo, aquel que sugiere poner las barbas en remojo cuando se vea arder las del vecino, me parecía bastante disparatado por cuanto jamás había visto que a alguien se le prendiera fuego la barba; comprendía el mensaje pero rechazaba la metáfora hasta que me desasné: no son las barbas las que han de ponerse a remojar para evitar que tomen fuego como las del vecino, sino las bardas. ¿Y eso qué carajo será? me pregunté, y acudí al diccionario. Las bardas son una protección de ramas, paja y hojarasca con que los campesinos cubren las tapias de corrales y huertas. Ahora sí se entiende: siendo un material especialmente inflamable, no es imposible que tomen fuego, con lo que el refrán adquiere una coherencia total.

Pero eso de tener una viga en el ojo es una licencia un poco forzada, porque cuesta imaginar que alguien pueda contener en uno de sus ojos un grueso trozo de madera, de hierro o de hormigón armado… ¿no?

En fin, dejando de lado esta digresión, vuelvo al tema para rechazar terminantemente el contenido de semejante refrán/mordaza al que se recurre con demasiada frecuencia para impedir que alguien nos critique o para exigirle que reconozca sus errores antes de hacerlo. Recuerdo que una vez tuve la mala idea de comentarle a un amigo que su automóvil no era tan veloz como yo suponía. ¡Para qué! «Y vos con tu cachilo no llegás ni a Las Piedras», me espetó sin más trámite.

Es un mecanismo similar al que suele emplearse cuando, por ejemplo, alguien cuestiona el funcionamiento de la democracia en Cuba y otro le retruca diciendo que en Cuba todos tienen acceso a la educación y a la salud; el argumento no vale porque no eran los logros sociales del régimen cubano lo que estaba en discusión, sino su sistema político.

Aunque es discutible, yo creo que un gordo tiene todo el derecho del mundo de decirle a otro «che, ¡qué gordo que estás!», siempre y cuando el juicio se ajuste a la verdad y sin que su adiposidad sea óbice para expresarlo. Sería incluso perfectamente admisible que alguno de los Rhöm manifestara su severa condena a las maniobras de los Peirano… Lo más seguro es que una aseveración de tal índole movería a risa porque ni unos ni otros tienen autoridad moral para juzgar a quien sea, pero el hecho de que unos sean tan delincuentes como otros no atenta contra la verdad del enunciado.

Así que ya sabe, amigo lector: nada de andar escatimando críticas al prójimo so pretexto de que uno no es perfecto. No se irrite los ojos buscando una improbable viga, ni vaya a confesarse y rezar unos padrenuestros para librarse de pecados para estar en condiciones de señalar a un pecador. *

*Periodista

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