LA URUGUAYA QUE ESTUVO 75 DIAS PRESA EN ESTADOS UNIDOS POR INDOCUMENTADA CUENTA SU EXPERIENCIA

Ana Karen: No volvería a irme

La libertad es lo único que cuenta», le dice Morgan Freeman a Tim Robbins en el filme «Sueños de libertad». Lo que no parece ser sólo una simple frase en una película, se convirtió en el más fuerte sentimiento que Ana Karen Márquez sintió durante los 75 días que permaneció detenida en un correccional de mujeres en la ciudad de West Palm Beach, a 80 km al norte de Miami.

Es que esta uruguaya de 22 años se fue hace dos años junto a su pareja con el íntimo deseo de vivir dignamente, cosa que nuestro país le negaba. Con las valijas llenas de esperanzas y con un manejo elemental del inglés, partieron decididos a emprender una aventura que acabaría en forma inesperada.

En cuanto a los recuerdos sobre el día fatídico, ese en el que media docena de agentes del FBI entraron a su casa tirando abajo la puerta, con la clara intención de llevarla, imputada de un delito federal grave como es la falsificación de documentación, Karen dice que lo que sintió en ese momento fue mucho miedo. «Me sacaron de la cama y me gritaban todo el tiempo, hasta que les dije de mi embarazo, ahí como que se tranquilizaron».

Pasado el momento de la detención, el tema de todos los días era sobrellevar de alguna manera la soledad que no daba respiro. Karen asegura que «fue muy duro, principalmente en los primeros días», en los que trataba de acostumbrarse al ambiente, aunque con sus compañeras no tenía ningún tipo de relacionamiento. «Eran todas gringas, no se metían conmigo», dice.

Los días en el correccional solían comenzar a las 5 a.m., momento en el que llamaban a desayunar. Luego podía volver a acostarse, si así lo deseaba. Alrededor de las 11 de la mañana llegaba la hora del almuerzo, para luego salir a tomar aire al patio, hasta el momento del recuento y cambio de guardia, a las cinco de la tarde. Después venía la cena y hasta las 23 podían mirar televisión como única alternativa.

El caso de la uruguaya era atípico ya que hasta los oficiales de la guardia consideraban que era absurda su situación. «Las oficiales no podían creer lo que me estaba pasando», asegura, aunque es consciente de que estaba trabajando en la limpieza de un lugar que no brindaba todas las garantías de tranquilidad para un indocumentado, ya que el aeropuerto de Palm Beach bien podía estar en la mira de la «migra», aunque no fueron ellos los que la llevaron, ya que al tratarse de un asunto federal, fue el FBI que tomó cartas en el asunto. «Si yo hubiese creído que me podían acusar de un delito federal, habría salido antes de ahí», reconoce.

Una vez ocurridos los acontecimientos, buena parte de su suerte se jugaría en la esfera de la diplomacia. Sobre ello, Karen asegura que la actuación del consulado uruguayo en Miami «bárbaro y siempre me brindaron todo tipo de apoyo, lo mismo el grupo de uruguayos que seguía de cerca mi situación e incluso pagaron mi tique de regreso».

De paso por el infierno

Con la frustración marcada en el rostro, pero con la alegría que implica verse rodeada por sus cosas más queridas -su familia, su casa, su barrio-, Karen afirma que «no me iría nunca más, nunca más y si alguien me dice que se va para allá le diría que tenga mucho cuidado, que se prepare, porque allá se va a trabajar muy duro, de día y de noche, si se quiere vivir dignamente». Así es la tierra que se supone de las oportunidades. Sobre ese razonamiento, la joven insiste con que «no sé hasta qué punto hay oportunidades para un ilegal. Los únicos trabajos que se pueden conseguir sin papeles están relacionados a la limpieza, nada más». Sobre su vida de indocumentada, dice que «no tenía mucho que temer porque somos gente muy tranquila, sólo vivíamos para trabajar. Los miedos son los lógicos, cuidarse cuando manejás, tratar de no ir a lugares en los que te puedan ir a buscar, como los bailes y tratar de no llamar la atención, por ejemplo andar sin el mate por la calle».

Mientras ella habla, Santiago, su pequeño hijo, aún no sale de la sorpresa de estar con su madre de nuevo. Durante los dos meses y medio que duró la experiencia, al chico solían decirle que pronto mamá estaría en casa, pero la tarea de contención «era muy dura», acota Richard Tabeira, su compañero.

En tanto en ese barrio humilde en el que vive con su familia, cercano al Aeropuerto Internacional de Carrasco, de trabajadores que en su mayoría se encuentran desocupados, los aviones pasan a baja altura, como trazando una innecesaria ironía.

Ese barrio le brindó la bienvenida a Karen en el momento de la llegada. «Nadie puede imaginar cuánto se extraña tu lugar cuando estás lejos», pero reflexiona que «se extraña el hecho de estar libre. Hay momentos en los que tengo miedo de cómo voy a actuar porque la falta de libertad es terrible». A este barrio pertenezco, y «jamás me sentí parte de Florida». «Hoy todos me paraban para decirme que me habían visto en la televisión y yo me tapaba de todos, como que todavía lo estoy asimilando. Por ahora sólo necesito estar tranquila, sin pensar en nada que no sea mi hijo y el que viene en camino».

«No puedo pensar en lo que se viene, fueron muchos días de angustia, llorando. Siento como que salí del infierno para llegar al paraíso. Me siento libre y no lo puedo creer», asegura, mientras a su alrededor, la humildad del hogar genera el necesario calor humano. Una historia que no debió ocurrir, tuvo final feliz, como en algunas películas. *

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