Hoy Juceca

Terror en la nochecita

Escribe: Julio Cesar Castro

 

Ayer pasé a saludar a mi amigo El Pata, y me lo encontré con una gorra hasta las orejas.

Más que gorra era un pasamontaña. Si bien estaba cayendo la noche, el clima no ameritaba semejante protección contra el frío. Y se lo dije al Pata:

-Pata  le dije en tono de pregunta  me podés decir, a qué se debe esa protección de cabeza como si fueras a cruzar las nieves de alguna cumbre, y temieras sufrir congelamiento de orejas que luego no te permitiera apoyar, en una de ellas, el pucho apagado y conservado para fumarlo en otro momento.

– Vos  me dijo el Pata , carecés de todo conocimiento respecto a la necesaria protección de la cabellera en la caída de la noche veraniega, y media tormentosa, como la que podemos apreciar en este momento cabal y preciso en que tú y yo nos encontramos desamparados ante el proclive azar de la noche que se avecina inexorable.

Tuve la sensación de que su respuesta había sido un tanto larga, retórica e insuflada, pero recordé que mi planteo previo también había sido algo sinuoso y prolongado. Para ser breve y conciso, le dije: «Sacate eso de la cabeza». Me miró, el Pata, y me dijo que esa frase le recordaba una novia que tuvo en el barrio, cuando le propuso irse a pasear de nochecita por una zona solitaria del Prado porque tenía una idea, le dijo él, y ella, que le adivinó la intención, lo miró como para la humillante cachetada y le dijo precisamente esa frase: «Sacate eso de la cabeza». Me pareció que estaba dispuesto a continuar con la historia de la chica en el Prado, pero aproveché la pausa que hizo para ensayar una sonrisa recordatoria, y le insistí para que me diera una explicación del por qué de esa gorra hasta las orejas.

Estábamos en el fondito de su casa, la luna iba supliendo al sol que ya había cumplido su jornada de luz, y el mate hacía juego con el parral y una glicina que bajaba del tronco de un árbol. Todo era bellamente cursi, humilde y rico en aromas y colores.

Era un momento al borde del tango. Faltaba la tina de lavar la ropa, y la viejita trajinando mientras la hija se pinta y se sube a los zapatos rojos de taco alto, y gana la calle mientras el viejo se lamenta de que el varón le salió vago, y mirala a ésta cómo va cayendo en el fangal.

Pero no había viejita ni tina. Lo que vi fue que el Pata estaba en posición de alerta, como temeroso de ser atacado de a traición, como quien espera un golpe sin saber de dónde le vendrá.

-¿Qué te pasa, Pata, que se te ve nervioso y en guardia?

-Los murciélagos  me dijo.

-¿Qué murciélagos?

-Es la hora de los murciélagos. Son unos bichos repugnantes, como ratones pero con alas que tienen pinchos, y si te agarran dormido te chupan la sangre por la yugular.

-Dejate de macanas, Pata, que esos son los vampiros como Drácula, y además vos no estás dormido.

-No estoy dormido, pero estoy a la intemperie, y si les falla el radar, te chocan, y si te pechan, se te pueden enredar en la cabellera, y para sacarlo te lo tenés que matar en la cabeza. ¿Te das cuenta qué asco?

-¡Pero dale, Pata! ¿En qué cabellera si vos sos pelado?

Se sacó la gorra lentamente, la tiró a un costado, y me dijo más con lástima que con enojo:

-Sos un fulero, Flaco. ¿Qué te costaba seguirme la ilusión?

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