Siempre llegamos tarde

Hemos construido una comunidad en la cual, no obstante la simpleza y gravedad de cualquier preocupación advertida, sólo una sucesión de hechos dramáticos es capaz de disparar la reacción responsable.

Ha vuelto a ocurrir. Hubo muertes terribles, e innecesarias, y sólo entonces se adoptó una elemental medida de precaución, reclamada por los vecinos hasta el hartazgo: instalar un semáforo.

Es triste, pero también necesario, interrogarse acerca de por qué pasan estas cosas entre nosotros.

Hay circunstancias cotidianas ante las cuales la inteligencia humana colectiva suele fracasar estrepitosamente. Pese a que enfrenta problemas de relativa sencillez, la razón queda bloqueada y ocurre lo que no debería ocurrir. La ciencia de la conducta, en su teoría más difundida, sugiere que, con frecuencia indeseable, el pensamiento racional es inhibido por formas innatas de acción y reacción propias de la especie.

O sea, ¿la culpa la tendría nuestro origen animal?

Según Konrad Lorenz, Premio Nobel de Medicina en 1973, hay mecanismos perturbadores del comportamiento social. En todo organismo que ha sido arrancado de su medio natural y llevado a un ambiente nuevo para él  como ha ocurrido con el hombre por la evolución-, surgen formas de conducta que carecen de sentido o resultan contraproducentes para la conservación de la especie. Ahora bien, la sociedad moderna necesita resolver esta cuestión para ser, en realidad, civilizada y responsable. Es por eso que el propio Lorenz, y otros científicos que se han especializado en la psicopatología, insisten en que, aún hoy y a cada paso, el hombre social necesita un estímulo adicional en forma de un categórico «debes hacerlo», o una inhibición adicional en forma de un «no debes hacerlo», también categórico. Sin embargo, ¿es tan sencillo? Los hechos, caprichosos, contundentes, parecen decirnos que no.

Veamos, lector, todas las irresponsabilidades u omisiones que han debido acumularse para hacer inevitable esta tragedia.

Hay un automovilista  aunque a diario son miles y por año muchos más- que conduce su vehículo a velocidad de locura. Seguramente, si se detuviese de pronto y alguien le interrogara, no hallaría razón que justificase su apuro demencial.

Hay unas autoridades municipales hace años advertidas de las características de ese cruce, sin que hasta ahora hayan hecho algo para reducir el riesgo que afrontan los transeúntes. No es habitual ver allí inspectores de tránsito, no se han colocado señales adecuadas y no se ha prestado atención a quienes reclaman un semáforo desde el primer accidente.

Hay unos medios de prensa, sobre todo los electrónicos, que amplifican los hechos cuando es posible desparramar morbo a diestra y siniestra, buscando conmover a su audiencia, y luego olvidan la anécdota hasta que otra igualmente trágica les impele a regresar al ruedo. Entre tanto, el problema de fondo sobrevive y crece.

Y hay una sociedad  incluido uno, que siempre escribe cuando ya es tarde- incapaz de responder orgánicamente y con celeridad a todas las señales de peligro que día a día se amontonan y hacen insalubre nuestra vida cotidiana. Para comprender cuánto tarda y en medio de qué desorden llega esta sociedad a resolver unas circunstancias de tal urgencia, baste recordar que el semáforo que ahora colocará la Intendencia fue donado, en una decisión excepcional, y también tomada a destiempo, por el Banco de Seguros.

¿Cuál es la solución a tamaña patología social?

Según Lorenz, las amenazas a la existencia social provienen de los trastornos de las relaciones que los seres humanos sostienen entre sí. Esos trastornos se deben a que aún hay muchas personas en las que predominan formas de comportamiento innatas poco accesibles a una regulación por el pensamiento racional.

¿Quienes? ¿Los automovilistas dementes? ¿Las autoridades municipales distraídas y olvidadizas? ¿Los medios oportunistas y sangrientos? ¿Acaso yo, que sigo llegando tarde? ¿O los directores del Banco de Seguros, que pudieron dar antes el paso que dieron y tal vez hubiesen salvado una vida joven?

Sólo sé que la sociedad está enferma de irresponsabilidad. Y de omisión expandida. Y también de lentitud de reacción. Siempre quedamos en off side por comodidad. Siempre empujamos al otro pretendiendo sacar ventaja. Siempre corremos cuando ya tiraron el centro. Siempre levantamos la cabeza cuando la pelota está del otro lado. Siempre hacemos gestos a la tribuna para que las fieras reaccionen como nos viene mejor.

El asunto es descubrir si estas patologías de nuestro comportamiento social pueden ser influidas por la educación.

Pensando en términos de domesticación, o sea educativos, y si uno se detiene en el aquí y el ahora  donde han quedado señalados el conductor criminal, la intendencia sorda, la prensa de la inmediatez, el escriba tardío y otros- tal vez no haya demasiado espacio para el optimismo.

No estoy seguro, pero intuyo que ahí no habrá salida sin alguna forma de castigo. En cambio, estoy persuadido de que la educación es imprescindible en perspectiva. Un comportamiento social neurótico será extinguido, más que curado, cuando la niñez, edad de oro en que la curiosidad late inocente y no ha sido manipulada, reciba la instrucción que la convertirá, a su madurez, en motor de una sociedad responsable y constructiva.

Bien, en este punto me detengo.

He querido apelar a mis escasas fuentes de saberes y dudas, para escribir dignamente sobre lo que ha ocurrido. Ha sido difícil y no sólo por mis ignorancias.

Es imposible alejar de mi mente la imagen de los padres de la chiquilina muerta, para quienes no hay palabras ni resignación posibles. *

*Periodista

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