El pozo de arena
Cuanto más se esforzaba en alcanzar la modernidad, tanto más se hundía en el pasado. Ahora, la efervescencia de la riqueza despierta en todos los rincones de la península. Las amenazas a su crecimiento, sin embargo, no son despreciables, el terrorismo vasco insiste en seguir dando palos de ciego. Pero la pasión de sus políticos por abrirse un lugar en la historia y la de sus empresarios por mantenerse a la altura de sus vecinos y socios de la Unión Europea ha convertido a España en uno de los países de crecimiento más visible.
En todos lados se construye, se abren nuevos centros industriales, se invierte y se discute con pasión el futuro. Como era inevitable, esa alza formidable en la calidad de vida es un imán para las masas empobrecidas del norte de Africa y de América Latina.
Las calles de las grandes ciudades están sembradas de técnicos y obreros calificados, sin trabajo en sus países -donde alguna vez conocieron un buen nivel de vida- e ilegales en cualquier parte.
La economía neoliberal los ha transformado en parias difíciles de redimir. Una de las historias más desoladoras de ese éxodo es la que vivió la argentina Angela Duhart, cuyo marido llegó a Barcelona en junio con pasaporte alemán, dejándola en su casa de Banfield, provincia de Buenos Aires, con cuatro hijos pequeños y un embarazo de tres meses. Angela había logrado salvar tres mil dólares del descalabro financiero cuando se dispuso a viajar a fines de octubre.
Tres días antes del viaje alguien que quizá tenía noticia de esos ahorros le desvalijó la casa. Le quitaron todo, salvo los pasajes para volar a España. Aun así, Angela emprendió el viaje, invencible.
Al llegar a Barcelona, Angela supo que la empresa de construcción donde trabaja su marido lo había enviado por tres meses a Lille, en Francia. Desvalida, sin dinero para alimentar a los hijos, encontró refugio en una iglesia de Sarriá. Allí la familia se alimenta de las sopas de caridad que sirven a los feligreses menesterosos y duerme con su familia en la sacristía, a cambio de limpiar las capillas y renovar las flores.
El parto puede sobrevenir de un momento a otro. En los pocos ratos que le quedan libres, averigua quién o quiénes, entre la muchedumbre de argentinos aventados por la desdicha, querrán hacerse cargo de los niños mientras ella esté en la maternidad de insolventes.
Durante algunos días tuvo la esperanza de que los patrones de Lille concedieran una licencia al marido. Casi de inmediato llegó la decepción: si él deja la obra en construcción, perderá el trabajo. Y en España, a pesar de la prosperidad, las cifras de desocupación son demasiado altas para el promedio europeo. Los recién llegados, aun los legales, pagan el precio de esa crisis.
Desde el Rey hasta los alcaldes de los municipios menores, no hay español con responsabilidades de gobierno que no sea consciente de ese infortunio global y haga lo que puede para remediarlo. Entre los empresarios se advierten más resistencias, y no falta quien habla de «las incomodidades» que crean los menesterosos. Pero hay que tener el corazón de piedra para no sentir compasión ante los desastres que han ido dejando la aplicación servil y ciega de las recetas del Fondo Monetario Internacional y la estela de corrupción que fermentó al amparo de esas políticas.
Pude oír algunas reflexiones sobre el tema en el Parador Nacional de Turismo de la milenaria ciudad de Toledo, donde se reunieron, durante los primeros días de noviembre, un conjunto de 50 empresarios, políticos e intelectuales en el tercer encuentro del Foro Iberoamérica. Algunos de ellos representaban las mayores fortunas de este continente y de España; otros eran ex presidentes y primeros ministros, como el portugués Antonio Manuel de Oliveira Guterres, que fue jefe de Estado hasta diciembre último.
Muchas de las ideas que se formularon hubieran sido vetadas como transgresoras hace cinco o seis años. Por ejemplo, las constantes críticas a los acuerdos de Washington, que impusieron programas de ajuste y austeridad en vez de programas de desarrollo. O la certeza de que los factores más imprevisibles de la política después de las agresiones del 11 de setiembre no están sólo en el terrorismo sino en las respuestas al terrorismo, basadas, según dijo Guterres, en un fanatismo casi religioso.
Ciertos puntos encontraron en el Foro un inmediato consenso: el respeto a las minorías -raciales, religiosas, sexuales, políticas- el rechazo a la intolerancia xenófoba y la conversión de Iberoamérica en una zona de paz y de certidumbres, en la que haya seguridad para los inversores y para los destinos turísticos.
«El Fondo Monetario Internacional también ha perdido credibilidad,» dijo uno de los mayores empresarios del continente, «y la noticia de que el Fondo Monetario concederá créditos a tal o cual país ya no garantiza nuevas inversiones, como en el pasado». Estos son «tiempos de tormenta con vientos esquivos,» como los definió el canciller brasileño Celso Lafer, citando un verso de Camoens. Algunos países pueden navegar con inteligencia y llegar a puertos plácidos.
Otros entregan a sus habitantes a la fiereza de la tempestad, y los condena a un pozo de arena donde, como el perro de Goya, el futuro se hunde más cuanto más se lucha para salir adelante. *
(*) Es periodista y escritor, acaba de ganar en España el premio Alfaguara de Novela.Especial para LA REPUBLICA.
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