"El Varón del Tango"
Y el martes se cumplirán 38 años. En una zurda madrugada porteña se piantó y dejó un dolor así de grandote. Vivió metiendo el gaucho a la mufa de la pobreza.
Con alma y vida cumplió sus sueños de humilde muchacho de Las Piedras. Con el duende compadrito del tango, su fiel compañero. El viejo guardador de nostalgias este domingo se pone sensiblero porque comparte recuerdos de un amigo de bohemia. Un botija, de nombre Julio Sosa, que allá por la década del 40 trillaba el pedrense bailongo «Los Rosales». Una noche el jockey Gualberto Pérez le presentó al cazador de talentos Agustín Pucciano un muchachito vestido más que humilde, enloquecido por cantar tangos.
Su tremenda personalidad encandiló a don Agustín y al toque lo invitó para que le diera a la gola en el «Café Ateneo» de la Plaza Cagancha. Peliagudos concursos de cantantes en el cuore montevideano. Los parroquianos votaban y el premio era mucho más que aquellos «postres caseros» de rechupete. Fue en ese mítico café donde Julio escuchó una noche a Carlitos Roldán cantar «Tengo miedo» y, como nos confiara muchos años después, lloró de emoción y decidió que dedicaría su vida al gotán. Por «El Ateneo» caían figuras de renombre como el director Hugo Di Carlo que andaba buscando un cantor. Escucharlo y elegirlo fue la misma cosa. Lo primero, mandarle hacer de apuro un traje, porque Julio en esos días no tenía más que un pantalón y un par de viejas camisas.
En esos tiempos utilizaba el nombre de Alberto Díaz porque había un político llamado Julio Sosa y nadie quería problemas con esos cajetillas. Guiado por Pucciano empezó a ligar y a nadie le extrañó que copara la fonoplatea de «El Espectador». Sus amigos del boliche «Continuado» de Las Piedras, con el Cacho Maggiolo a la cabeza, reventaban de orgullo con los triunfos de su amigazo del barrio.
Con la orquesta de Leopoldo Federico rompe todo y las luces de Corrientes ya tienen una nueva luminaria. Tiempos en que el tango no baja la guardia ante la arremetida de la llamada «nueva ola» y «El Club del Clan». La música del arrabal tiene a gente como Edmundo Rivero, Florial Ruiz, Susi Leiva y al mismo Julio, enfrentando a los nuevos ritmos. Retumba la letra de «El Firulete» en el decir canchero de «el varón del tango». No lo marea el éxito y cuando cruzaba el charco demostraba ser el mismo hombre fraterno de los días de mishiadura. Era Carnaval y ¡cómo lo querían en los bailes del Sud América! Antes de entrar a la sala, se quedaba un rato en la puerta charlando con los canillitas y lustradores de zapatos. Un flaco que laburaba de «animador» tenía que salir a llamarlo porque los bailarines coreaban su nombre. Ese pinta de bigotes finitos lo había conocido en el «Ambassador», en los altos del «Vaccaro». Ahora dicen que cuando garabatea sobre Julio, su cuore le late fuerte y la emoción está al mango. Jamás pudo olvidar a su hermano y camarada que tanto lo ayudó. Aquel Julio Sosa que en lo más alto de la fama jamás olvidó su origen. Cuando en el Ateneo tenía que cantar con un saco prestado. Luego, brilló tanto que se amasijó y las estrellas le hicieron un lugarcito a su lado. Celosas, como minas querendonas, quisieron que cantara sólo para ellas. Los esperamos sábados y domingos a las 19 en 1410 AM LIBRE. *
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